La perinola: Apología del pensamiento atópico

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Hablo, claro está, de un nuevo orden global, un orden definitivo que no admita cambio alguno que no sea retroceso. Este es el final de ruta para todo esfuerzo liberal; sin esa claridad de objetivos estaremos siempre perdidos en una dialéctica infernal, timorata y acomplejada que concede siempre en un afán de buscar, a despecho del sentido común, conciliaciones imposibles. El orden liberal busca ampliar su influencia de tal modo que su red de presupuestos ideológicos termine por envolverlo todo; y no lo hace por soberbia, antes bien al contrario, lo hace con la generosidad de quien sabe que la única alternativa posible para un mundo mejor es la libertad en sí misma, la libertad que permite el disenso dentro de un marco de regulaciones generales en el que hemos de desenvolvernos todos. Mientras no existan unas reglas de juego aceptadas por todos, penderá sobre el mundo la espada del caos y la destrucción.

La globalización es lo que yo he dado en llamar la “universalidad visible”. Se trata de la inserción material en la historia de un concepto o abstracción. La vocación del espíritu humano es la expansión, el cruce de la siguiente frontera, la consecución de una meta siempre algo más alta que la anterior; todo peregrino porfiado habrá de llegar siempre al punto de partida, entonces se dará cuenta de que ha cubierto con su marcha esa distancia que lo separaba del más lejanos de los hombres. Este momento es éticamente insuperable: tarde o temprano nos daremos cuenta de que estamos solos, a la deriva en la infinita noche del cosmos, flotando en nuestra balsa de piedra, en nuestra milagrosa esfera de agua y vida.

En todo lo que hago, digo y escribo se mece siempre un mismo afán: la apología del pensamiento atópico. Es un deber asumido desde la pasión intelectual, ciertamente, pero sobre todo desde la ética: un mundo parcelado no es una casa común, es una tragedia. El resurgimiento de los nacionalismos (de cualquier signo) no puede ser saludado como una alternativa más, por el contrario, debe ser recibido desde el horror que nos produce el retorno de un monstruo que creíamos muerto y sepultado. Siempre vuelvo a los cínicos para justificar mi posición moral: somos humanos en lo que somos de cuerpo y presencia. Somos con todo lo que ahora somos, en la concreción orgánica de nuestro cuerpo vivo y nuestro lenguaje para expresar, a gritos si es preciso, lo que pensamos y sentimos; no necesitamos ser más que humanos. Hemos llegado a la cumbre de toda posibilidad: la conciencia de la libertad encarnada en la persona.

Mi ser es mi pasaporte. Mis palabras son mis caminos. Mis actos son las escaleras que me llevan de un nivel a otro, de un promontorio al siguiente, de la visión imperfecta del ahora al día después, donde la panorámica muestra ahora con detalles lo que antes ocultaba avariciosa. La movilidad es el gozo de los cínicos, el afán insaciable de abandonar las leyes de la polis para hacer del espacio inmediato una representación radical del universo: todo cínico es síntesis perfecta del todo. La conciencia de la totalidad se expresa por el deseo caprichoso y siniestro de los cínicos que además de serlo saben muy bien que lo son: la libertad es auténtica libertad cuando se ejerce.

Estas expresiones de expansión personal han de llevarnos por fuerza al único destino posible: el mestizaje. Hablo de vínculos genéticos, pero sobre todo de fusiones interminables de posiciones, lecturas y manifestaciones que resisten el conservadurismo nacional y se expanden casi con desesperación, buscando encontrar analogías, puntos de vinculación con otras expresiones que siendo hijas de contextos distintos son siempre posibilidad de feliz encuentro. No hay nada que nos sea radicalmente ajeno. Estamos felizmente condenados a ser el eco de una voz que alguien lejano ha lanzado desde su ignorada urgencia de contacto.

La unión reduce el dolor. El encuentro reduce el dolor. Los cuerpos que se unen para trabajar o amarse también reducen el dolor. ¿Por qué? Porque solamente el otro puede proveernos de un sentido radical de vida. ¿Qué sería un mundo vacío para el último de los humanos? Una isla desierta, la materialización más profunda y oscura de las pesadillas de la especie. San Agustín encuentra descanso en la entrega mística; yo me pregunto si no es posible alcanzar la misma beatitud en la entrega al otro, al que me ayuda con su presencia a ser y caminar. Se trata, por supuesto, de una pregunta retórica.

El rumbo sigue siendo el mismo. Estamos destinados a colaborar y crecer o, de lo contrario, morir juntos como auténticos idiotas; estoy convencido de que nuestra estupidez no es tanta que nos impida entender esta regla tan urgente y sencilla. Hay algo que comprueba esto que digo. Los medios de comunicación insisten en alertarnos día y noche sobre la fractura, la radicalización, la irrupción de líderes de carácter perturbador amenazando con prenderle fuego a la civilización entera: la distopía como escenario posible en los medios de información del main stream. ¿Por qué la insistencia? Porque saben que pinchando el nervio de la destrucción consiguen la atención de las audiencias; los seres humanos buscamos de modo consciente o inconsciente la perduración de un estado de estabilidad donde el encuentro o la colaboración sean posibles. La división y el sectarismos son claros agentes virales que aturden y hacen crecer la ansiedad donde cosechan los empresarios de los medios.

Recuperaremos la sensatez. A todos nos conviene, a nuestra salud, al mercado, a la historia, a esta excepcionalidad esferoide que somos en la galaxia. En el mundo de la academia tenemos una deuda pendiente con este paradigma analógico: disenso dentro del acuerdo. La efervescencia de las reflexiones parcelarias no ha producido sino verbosidad en lo material y encono en lo actitudinal; no puede lucharse por la justicia desde la negación del otro, es decir, desde el resentimiento que no quiere avanzar hacia el futuro porque vive anclado en los dolores padecidos en carne propia en algún momento del pasado (o presente). Solo desde la nobleza de espíritu es posible comprender el poder de la reconciliación que es siempre justicia afirmativa, vocación de construcción y puente al desarrollo estable.

El suelo común, pues, ha de partir del núcleo de construcción social: la persona. No digo esto desde una mirada funcionalista, sino desde mi perspectiva analógica, que no renuncia a las funciones y estructuras, pero que tampoco menoscaba el carácter ontológico del ser humano: libertad y libertad para la acción. Trabajar por un futuro mejor ha de ser recuperar la noción metafísica sobre la que hemos construido el concepto de dignidad personal sin el cual no somos más que piezas de un tablero en el que otros, más poderosos que nosotros, juegan una partida de intereses insaciables. El poder de la transformación del mundo radica en la más luminosa y frágil de sus criaturas: el ser humano.

La conciencia activa de nuestra condición humana habrá de construir comunidades saludables, potentes, ajenas al sentimentalismo culposo y cobarde que campea hoy por todos lados y que ha sido el pasto seco en el que ha cundido la llama enferma de los populismos. Es un proceso lento que implica sobre todo la educación de la persona más allá de la formación tecno-cientítica, que nunca es suficiente cuando se trata de comprender el carácter eminentemente teleológico de la modernidad en la que vamos todos. ¿Qué es un hombre sin un destino? Protoplasma que se divida y muere, nada más. Reconocer desde la razón y la pasión nuestra excepcionalidad humana nos impulsa a hacer de nuestra experiencia del mundo un esfuerzo personal y colectivo con objetivos claros, con destinos que se muestran a la vista de todos.

Es trabajo de las élites insistir en la recuperación de una noción: rumbo. Es trabajo de los intelectuales explicar con las armas del sentido la inevitabilidad del esfuerzo de conjunto en la preservación y perfeccionamiento constante de nuestro hogar común. No hay más historia que esta, la nuestra; no hay más esperanza que este, el trabajo; no hay más alternativa que la lucha sostenida en torno al eje de un progreso ingrato y doloroso a veces al que debemos todas nuestras capacidades humanas. La modernidad es ubicua y cambiante, adquiere apariencias distintas, incluso contradictorias, con tal de preservarse a sí misma, es decir, con tal de llevar la estafeta de su proyecto un palmo más allá siempre, un poco más allá de nuestras fuerzas.

Los enemigos de la modernidad son los enemigos de la especie.

Separador - La Chicharra

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com

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