De mente abierta y lengua grande: Los hot dogs de El Tamaño

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Chef Juan Angel | @chefjuanangel

– ¡Amaaá, ya me voy!
– ¡Mucho cuidado mijito, Dios te bendiga! ¡Viejo, despídete, ya se va!
– ¡Que te vaya bien, mucho cuidado con los dedos!

Faltaban 10 para las 4 de la tarde…

Caminé emocionado, con mucho gel en el cabello para evitar cayera un pelo en la comida -¿A qué horas van a abrir el changarro?- gritó Chuma desde la Conasupo -Vamos a ver si están mejor que los de “El Tamaño”- refunfuñó la Adelina de Macachi.

Al llegar a la cocina de mi nana, en la mesa de madera cubierta con mantel de plástico verde había: 1 bolsa grande con jitomates, otra con cebollas blancas, una olla con frijoles en remojo, 3 lechugas, 1 lata grande de jalapeños y 5 aguacates -¡Qué bueno que llegaste, Juan Angel, hay que entrarle, se hace tarde!- ordenó mi tío Pancho. Lo primero que hice fue poner a cocer los frijoles; mientras, piqué los jitomates en cubitos, la cebolla en rodajas y la lechuga en tiras, coloqué cada cosa en su recipiente y licué los jalapeños; al último dejé el guacamole, era mi actividad favorita en el nuevo trabajo, tenía apenas 10 años; tomaba la licuadora y cada día le agregaba nuevos ingredientes al aguacate para darle toques “interesantes”: un pedazo de chile verde fresco, algunas cucharadas de mayonesa, un chorro de crema, bastantes limones, chile colorado o un poco de consomé de tomate que lo dejaba oscuro, lo cual era motivo de regaño.

Mientras, en el corral, mi tío lavaba a detalle y con paciencia el recién llegado carrito de hot dogs, tema del momento en la Capital del Mundo; por todas partes se hablaba del nuevo negocio de Panchito de la Teresa de Ángel (mis abuelos paternos), y es que justo a menos de 20 metros, estaba la competencia que tenía décadas vendiendo hot dogs a un costado de la plaza del pueblo; mientras que mi tío, había colocado su carrito frente a la plaza, en la mera puerta de la casa de mis abuelos.

– Mira Juan Angel, nosotros vamos a ponerle frijoles como lo hacen en Hermosillo, vamos a freír un poco de chorizo para que la gente le eche al gusto, y también mucha cebolla guisada-

En esta esquina…

Y como si se tratara de un duelo a muerte en película del viejo oeste, a las 7:30 de la tarde salió la carreta de Pancho por el zaguán de la izquierda, mientras “El Tamaño” empujaba el suyo hasta el sitio de siempre… A la cuenta de tres, como si se tratara de un concurso, se escucharon ambas planchas calientes al unísono, cuando caían las winis enrolladas en tocino. Desde el otro extremo de la plaza estaba Manuelito Cruz viendo qué iba a pasar, y frente a él, el profesor Moisés ajustándose los lentes y lamiéndose los bigotes ante la competencia jamás nunca vista. De pronto, pasadas las ocho de la noche, cuando ya había acarreado la verdura, salsas y todo se encontraba dispuesto sobre la carreta, llegó la primera clienta a la plaza, se paró en medio de la calle y volteó a ambos lados, con mucha pena y las mejillas sonrojadas, Dinora se acercó a la nueva carreta – A ver Panchito, vamos a probarlos, dame uno con todo – Mi tío, que era el encargado de servirlos, tomó las pinzas con habilidades de hotdoquero hermosillense, y lo armó en dos segundos (en ese momento lo imaginé ensayando a solas durante varios días para hacer el show completo). Con el paso de los minutos, llegaron más comensales que se empezaron a distribuir en ambas carretas. Después de varios meses, Pancho y “El Tamaño” se saludaban justo antes de empezar a vender, como un signo de solidaridad y deseos de éxito. Ya habían entendido que la competencia los hacía más fuertes y los motivaba a crecer, a mejorar… Así que, si eres de las personas que se queja porque doña Futiflais puso un negocio igual al tuyo justo en la misma cuadra, mejor pregúntate qué puedes hacer para mejorar y vivir una competencia sana; a final de cuentas, el sol sale para todos.

Chef Juan Angel – Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

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