martes, junio 25, 2024
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Celuloide: Macario

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Por Jesús Ricardo Félix
Jesús Ricardo FélixLa relación del mexicano con la muerte es muy particular, lo que en otros países sería considerado como un tema tabú en el nuestro forma parte del imaginario, la tradición, las creencias. En el arte mexicano la huesuda aparece como protagonista de manera frecuente los muralistas, literatos, cineastas, cantantes abordan el tema de una manera chusca, cotidiana o como si se tratase de una musa inspiradora. Las icónicas catrinas de José Guadalupe Posada pasaron a formar parte de la historia del simbolismo nacional, la calavera garbancera de Diego Rivera en la Alameda, las calacas de Francisco Toledo y muchos ejemplos más.

Luego está el tema del día de muertos, que parece ser resultado de una fusión de tradiciones indígenas con el cristianismo importado por los españoles. La tradición, descrita de manera simple, implica el retorno o la visita de las almas de los difuntos al mundo de los vivos para recibir ofrendas. Dichas ofrendas se colocan en un altar que representa los siete niveles que debe atravesar el alma para alcanzar el descanso eterno o la paz. Usualmente se coloca una fotografía del difunto con varios alimentos, bebidas o artículos con los cuales recordarlo, tampoco deben faltar las calaveritas de azúcar, el pan de muerto, flores, etcétera. Es por eso que en esta semana que celebramos la conclusión de las fiestas patrias hablaremos de una película icónica en la historia del cine mexicano: Macario.

Macario es una película mexicana de 1960 dirigida por Roberto Gavaldón en colaboración con el célebre fotógrafo Gabriel Figueroa. Roberto Gavaldón se ubica entre el periodo del cine de oro y su etapa posterior, colaboraría con artistas como Gunther Gerzso, José Revueltas, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, etcétera. En el caso de Macario el guion de la película está basada en un cuento corto del escritor B. Traven.

Macario, interpretado por Ignacio López Tarso, es un leñador muy humilde que trata de mantener a su familia vendiendo madera en los tiempos de la santa inquisición. Su familia numerosa se ve limitada a alimentarse de frijoles casi a diario, el campesino, quien a veces se queda con hambre con tal de alimentar a sus hijos, se obsesiona con la idea de comerse un guajolote el solo. La esposa de Macario, interpretada por Pina Pellicer, va ahorrando a escondidas para materializar su sueño. El día que Macario logra ver hecho su sueño realidad recibe la visita de tres misteriosos personajes. El leñador solo le convida de su pollo a uno de ellos quien lo premia con un don especial que le cambiara la vida. El humilde campesino sale del anonimato llegándose a convertir en un reconocido curandero, pero el capricho del destino que lo elevó a las nubes ahora pretende hacerlo caer para volver a ser uno más.

Definitivamente recomendable, es una de mis películas mexicanas favoritas a pesar de no ocupar los primeros sitios en el ranking de mejores películas nacionales. La calidad estética que le brinda Figueroa, con la fluidez narrativa de Gavaldón y la actuación de López Tarso la convierten en un clásico que se puede ver una y otra vez sin llegar al enfado. Algunos dirán que trata sobre la muerte, otros sobre la fragilidad de la vida o hasta una crítica social. Lo cierto es que Macario es un filme que impresiona a todo el que lo ve y sin estar producido en la época del cine de oro conserva la calidad de los mejores tiempos del cine nacional. Sería además la primera película mexicana en ser nominada a un Oscar como mejor película extranjera llegando a ser exhibida en festivales internacionales como Cannes.

 

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