Celuloide: La era cinematográfica del recalentado
Por Jesús Ricardo Félix
El 2026 apenas vive sus primeros días, el recalentado, las culpas, la cruda, se mezclan con la rosca de reyes y dan paso a los típicos buenos propósitos de ir más seguido al gimnasio, viajar, encontrar la media toronja, etcétera. La llamada cuesta de enero también trae consigo una suerte de ritual introspectivo donde nos detenemos a analizar existencial, espiritual y filosóficamente el mundo que nos rodea. Dentro de esa serie de preguntas cabe cuestionarse sobre el rumbo que ha tomado el séptimo arte. Cabe aclarar que las reflexiones, opiniones que a continuación me atrevo a compartir pueden o no coincidir con el punto de vista del lector, y eso es completamente sano y válido en una comunidad democrática, cristiana y diversa, después de la sutil intro político diplomática comencemos a soltar algunas ideas.
No cabe duda de que la forma de ver y hacer el cine ha cambiado drásticamente con el paso del tiempo, no solo por la tecnología, el CGI o la asesoría de la IA para evaluar y apoyar los diversos procesos de producción. También hay que reconocer el dominio que tienen las plataformas de streaming por encima de las salas de cine, ahora la experiencia cinematográfica se consume, y por lo tanto se vive o experimenta a través de pantallas de 75 pulgadas, Laptops, Tablets o hasta en teléfonos inteligentes. Por lo mismo los productores le intentan imprimir más dinamismo a una audiencia sedienta de acción y efectos especiales. Hagamos una pausa, cierren los ojos e intenten recordar la última vez que fueron al cine y traten de analizar cómo se comportaba el público a su alrededor. ¿Ya? ¿Que observan? “I see dead people”.
No, ya en serio, seguro vieron gente usando su celular, platicando, levantándose a ponerle más salsa a sus palomitas o que se yo. Es un público disperso que atiende las escenas a pedacitos, como experiencias fragmentadas en medio de un mundo saturado de información. Pareciera que en esta era de tik tokers los periodos de atención se han hecho cada vez más cortos, y no existen más los Kurosawa o los Tarkovski plasmando en una imagen sin dialogo y sin aparente acción la experiencia simbiótica del cine. Ya pasaron a la historia esos planos en silencio donde la naturaleza o el lenguaje no verbal comunicaban sin necesidad de diálogos o subtítulos que ayuden a mantener la atención de una audiencia con rasgos TDA (con y sin hiperactividad). Bueno por ahí sobreviven como animales en extinción los Apichatpong, los Jim Jarmusch, los Wong Kar Wai, y de pronto en un tono un poco más comercial los Nolan, los Bong Joon-ho, los Thomas Anderson y los Guillermo del Toro. Tal vez el cine independiente se ha transformado en el espacio seguro a donde se han mudado los nuevos directores de arte, como un oso polar apoyado sobre un pedazo de iceberg.
Luego Hollywood, Disney, Netflix y quien sabe cuántos más han decidido apostarle a la nostalgia de un público anclado emocionalmente al pasado. Ya no se le apuesta a ideas originales, todo tiene que ser remake, secuela, reboot, precuela, spin off, vivimos en una era cinematográfica del recalentado, el eterno retorno, el déjà vu, la repetición constante de ideas que permiten a los productores invertir a lo seguro. Es decir ¿Para qué arriesgarse con ideas novedosas si puedo apelar a lo ya establecido como “taquillero” y hacer un spin off de la abuelita de Darth Vader? Que si la adolescencia del Joker, que si la infancia de Súper chica, o el tatarabuelo del Hombre Araña. Pero esto no es culpa de los productores, la audiencia parece estar muy cómoda con su raquítico IQ cinéfilo y cada vez se rehúsan más a ejercitar cualquier proceso cognitivo dentro de la sala de cine. ¿Para que una trama compleja que me haga pensar? ¿Para que una historia que cuestione la certeza de mis propias creencias? Y es que lo que me resulta familiar requiere menos esfuerzo cognitivo en medio de un mundo real de por si confuso que me genera angustia. ¿Entonces el cine se convierte en válvula de escape? ¿Una zona segura para sentir alivio? Puede ser que este siendo algo pesimista pero pareciera que la audiencia se ha quedado en la zona de confort apelando a la nostalgia de un final predecible que le permite aterrizar en blandito. Permite decirnos: esta historia ya la he visto antes y sé que después del clímax la cosa va terminar bien para los protagonistas, el bien vencerá sobre el mal. ¿Ustedes que opinan? ¿Se puede decir que vivimos una infantilización/adolentización de la industria cinematográfica?


