De mente abierta y lengua grande: El altar a la comida

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Chef Juan Angel | @chefjuanangel

-¡Bendito, bendiiito, bendito sea Diooos!-
-Los ángeles cantan y alaaaaban a Dios-
– ¡Ya viste, como siempre, la Tina de Andrés se lució!-
– Pobrecita la Lety de Tomás, este año casi le ganaba a la Tina, tantas ganas que le echó…
– Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado…

A las 4 de la tarde en punto salían, cual hormiguitas de sus hormigueros, un grupo de señoras caminando hacia la plaza de la iglesia, con el sol a sus espaldas acarreaban mesas, sábanas, floreros, cientos de seguros para ropa y un alma llena de fe.

-¡Ay Lucía, apúrate, el aire se va a llevar la sábana, ponle los seguros, apúrate se está ensuciando de abajo!- Sobre la reja de la ventana colocaban, de manera minuciosa, una sábana blanca, almidonada y planchada para que cubriera todo el marco, como si fuese una pared recién encalada, y al centro, un crucifijo que había traído Águeda de su recámara.

Con exactitud simétrica colocaban debajo una mesa de madera, cubierta con otra sábana del mismo color y encima, al centro junto a la ventana, un banquito de 40 centímetros cubierto con otro trozo de tela.

Mientras, en la ventana de la Julia de Lázaro, afanosa corría de un lado a otro la Lety de Tomás, cargaba decenas de rosas recién cortadas para poner sobre la mesa que ya había terminado de instalar. Las malas, y no tan beatas lenguas, murmuraban que hacía trampa y llevaba flores de Hermosillo para que luciera mejor la composición.

A dos casas, la Rebeca de Fortino acomodaba apenas la sábana sobre la ventana de la Concha de Manuel, con mucha paciencia y esmero hacía lo mejor que podía para recibir a la invitada.

Y exactamente enfrente, cruzando la explanada de la iglesia, estaban por terminar el altar ganador de cada año.

Mientras se acomodaba los lentes, la Martha de Lencho acarreaba frutas, verduras, baldes con agua y muchas flores.

Se trataba del altar de la Tina de Andrés, cantora, celadora y lectora consagrada que se desvivía por los quehaceres parroquiales. Al igual que los demás altares, tenía una sábana junto a la reja de la ventana, una mesa y encima una caja o banco para levantar el segundo nivel; el altar era digno de fotografía: colorido, repleto de melones blancos, sandías rebanadas, ejotes, pitahayas, chúcatas y algunos racimos de espigas de trigo, todo lo que se cosechaba en el pueblo. Ese, era el altar dedicado al “buen temporal”; el siguiente, de Lucía, era para los enfermos; la Lety ponía uno para los pescadores y al final, Rebeca lo hacía para la lluvia. Era la celebración del Jueves de Corpus, la fiesta de Corpus Christi, un acto solemne donde los fieles celebran el cuerpo de Cristo como uno de los ejes fundamentales del culto católico, cuya invitada principal era una hostia consagrada dentro de una custodia de oro que viajaba en procesión por cada uno de los altares preparados por las creyentes de la Capital del Mundo y de esta manera, oraban por las necesidades principales del pueblo. El más abundante y significativo era el altar del “buen temporal”, que abrazaba el mundo de los alimentos: su siembra, cosecha y preparación, ya que de ello dependía no solo saciar el hambre, sino tener trabajo, salud y dinero para las necesidades diarias.

La fiesta de Corpus Christi acoge, en muchos rincones de México y el mundo, los alimentos como parte fundamental de la expresión cultural, las necesidades básicas y un motivo más para celebrar, unir y ser parte de una fiesta, que como todas, necesita de la comida

Chef Juan Angel – Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

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