Tuercas y tornillos: Las Marchas y los sitios públicos, a propósito de la marcha feminista del 8M

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Dr. Mario Alberto Velázquez García | Academia Mexicana de Ciencias
La marcha del 8 de marzo (8M) por el día internacional de la Mujer marca el regreso del movimiento feminista en México después de la pandemia por Covid19. Esto, por sí mismo, es una buena noticia; los niveles de delitos y muertes violentas contra mujeres en nuestro país requieren de una respuesta decidida por parte de la sociedad. Las marchas del 8M en todo México significan la existencia de grupos organizados de mujeres que han decidido levantar la voz contra esta situación de violencia, donde el estado mexicano ha sido omiso en su labor principal de proteger la integridad de las mujeres.

Una marcha es, entre otras cosas, un acto organizado por un grupo de personas que buscan ser escuchados tanto por las autoridades como por la población general. En una democracia, este tipo de actos colectivos permite a los gobiernos conocer cuáles son los temas que requieren su urgente atención. Las protestas permiten que determinadas demandas sean integradas o sean tomadas en cuenta en las instituciones oficiales, así como las organizaciones o movimientos que las realizan. En este sentido, podemos decir que una marcha, particularmente una tan concurrida como la del 8M, es, metafóricamente hablando, como el foco rojo de un carro que avisa que existe un problema en el motor que necesita ser corregido. Cuando no hacemos caso a estas señales de alarma de nuestros carros, todos sabemos cuales pueden ser las consecuencias.

Por otro lado, las marchas son una interacción simbólica entre al menos tres protagonistas: el grupo que marcha, el oponente (en este caso el gobierno que no protege suficientemente a las mujeres y la violencia machista) y la población que contempla la marcha. En este acto organizado existen formas ya muy conocidas para llevar a cabo la manifestación, como conformar columnas de personas, gritar consignas, bailes, cánticos, pero también realizar “intervenciones” en edificios públicos y privados tales como pintas, romper cristales, entre otros. El daño a los edificios y monumentos públicos es una de las principales críticas del gobierno federal y de la ciudad de México contra las marchas del 8M. ¿Cuál es el sentido simbólico que tienen estas intervenciones de los espacios públicos? En primer lugar, demostrar una contradicción, entre la capacidad y recursos que despliega y demuestra tener la fuerza pública para proteger algo inerte como una estatua o un edificio, frente a la falta de capacidad o recursos para salvaguardar la vida de algo vivo como una mujer. Las pintas a los edificios u otras formas de intervenirlos no son un invento de este movimiento, pero el ataque que las autoridades hicieron a las marchas del 8M por “vandalizar” los edificios convirtió a este en un acto que caracterizaba a estas protestas desde el punto de vista de la misma autoridad. Algunos grupos, simplemente han tomado el intento de estigmatización del gobierno como uno de sus distintivos.

Fueron notorios los comentarios del presidente y funcionarios de la Ciudad de México respecto a la violencia que se esperaba tuviera lugar durante la marcha del 8M. Esta expectativa gubernamental que, posiblemente puede entenderse como un intento, bastante preocupante, por criminalizar esta protesta, fue, afortunadamente fallido. La marcha transcurrió de una manera aceptablemente pacífica y caracterizada por gestos, como mujeres policías subiendo el puño y por momentos mostrando su solidaridad con la marcha, y en reciprocidad, manifestantes aplaudiendo y entregando flores a las fuerzas de seguridad. Este es uno de los mensajes simbólicos más trascendentes de esta movilización: la unión y la solidaridad como vía para resolver el más grave problema de México: la violencia contra las mujeres.

En el mismo sentido, otro símbolo que el mismo gobierno ha otorgado a la marcha es la “defensa del castillo”: Palacio Nacional. Con el pretexto de defender un inmueble “patrimonio”, las autoridades federales han hecho un creciente despliegue de recursos físicos, equipo, armas disuasorias (como el gas lacrimógeno) y personal para impedir que las manifestantes logren llegar a este edificio. Es necesario mencionar que prohibir el acceso a un edificio, que es propiedad de la nación, constituye por sí una forma de represión. Pero también puede ser visto como un acto de provocación gubernamental que desafía a las manifestantes para ver si son capaces, o no, de tomar el castillo. En los dos casos, manda una señal de falta de entendimiento de cuál es el sentido de los movimientos sociales dentro de una democracia y en este caso específico, de cerrazón ante las manifestaciones del 8M, convirtiendo a la “intervención” de este edificio en una meta simbólica para estas marchas.Separador - La Chicharra

MARIO ALBERTO VELÁZQUEZ GARCÍA
Profesor- Investigador de El Colegio del Estado de Hidalgo.
Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) nivel 1. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC). Doctorado en Ciencias Sociales con Especialidad en Sociología, El Colegio de México. Maestría en Ciencias Sociales con Especialidad en Desarrollo Municipal en El Colegio Mexiquense. Licenciatura en Sociología, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Director de la Revista: “Revista Científica de Estudios Urbano Regionales Hatsö-Hnini”, www.revistahatsohnini.com.mx.

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