La Perinola: Lo público y lo privado

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Por Álex Ramírez-Arballo
Todos sabemos lo que dijo Taibo. No voy a defenderlo, no voy a atacarlo: voy a tomar como pretexto lo sucedido para reflexionar en voz alta, que es lo que más me gusta hacer desde que era niño. Voy.

Tenemos que entender que existe una esfera pública y una esfera privada (García Márquez incluso hablaba de alguna más: la esfera secreta). No podemos actuar fuera de los límites que nos imponen dichos escenarios sin provocar un estropicio; por poner un ejemplo exagerado: uno no va a un templo a emborracharse y a una cantina a rezar; hacerlo implicaría quebrantar un orden establecido por el contexto social. Solo los ineptos son unidimensionales. Son esa clase de personas que suelen abochornar a los demás con sus impertinencias y majaderías, los maestros en infundir en los demás eso que se ha dado en llamar “pena ajena”.




Todo lo anterior me sirve para señalar el desvío de Taibo, que consistió en expresarse públicamente como le correspondería haberlo hecho en el mundo de la intimidad. Si esto es importante para todos, resulta particularmente fundamental para los servidores públicos, cuyo trabajo consiste en representar y gestionar una sociedad que, como bien sabemos, está conformada por personas que piensan, viven y actúan de maneras diferentes. Es una enorme torpeza que en nombre de la “frescura” o la “autenticidad” algún funcionario se despoje de las formas que debe imponer la sensatez. Lejos de ser baladí, este protocolo es esencial para la democracia porque impone seriedad, uniformidad, respeto y profesionalismo a sus actores principales, los oficiales del aparato de estado. Si no me cree, observe lo que sucede con los mercados cuando a alguno de los que manda le da por proferir o realizar absurdidades. No es de extrañar, el mercado es el termómetro que nos alerta cuando se ha roto, así fuera mínimamente, la estabilidad social que debería procurar a rajatabla la administración pública.




El caso de Taibo no es dramático, es más bien sintomático. No es dramático porque no ha tenido mayor repercusión que la airada y algo histriónica reacción de sus adversarios; pero sí que es sintomático desde un punto de vista ético. Al decir lo que dijo, el escritor hispano-mexicano se muestra de cuerpo entero como un espíritu mezquino, alguien incapacitado para establecer vínculos de respeto con sus oponentes a quienes, por lo visto, quiere humillar y someter por la fuerza que le ha dado un ejercicio democrático legítimo. Estás conmigo o estás contra mí, o como dijera Siqueiros, ese otro exaltado: “No hay más ruta que la nuestra”. No me extraña: actúa motivado por los resortes de la ideología. Está convencido de que el mundo se divide en dos mitades precisas y antagónicas: un nosotros esencialmente bueno y un ellos fundamentalmente malo. Su lucha política ostenta la reivindicación radical por bandera, por eso aspira a esa entelequia denominada la tabula rasa, que consiste en quemar hasta la raíz el mundo anterior para crear un mundo nuevo. Es el ideal marxista, un ideal, como bien sabemos, condenado al fracaso.

Gobernar debe ser un ejercicio noble y, por tanto, reclama más que un ánimo furibundo; es preciso que en el espíritu de los gobernantes anide ante todo la prudencia. Ya ganaron en las urnas y nadie va a quitarles jamás esa victoria. Queda por ver si en esa otra contienda, más trascendente y significativa para todos, la de la historia, sabrán también salir airosos. No lo creo, lo digo honestamente, aunque deseo de todo corazón equivocarme.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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