Espejo desenterrado: Elegía por un amigo

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A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.
– José Gorostiza

 

Por Karla Valenzuela
Dice un texto de Ana María Rabatté que las flores se dan en vida. Mi madre también predica ese mismo pensamiento. Sin embargo, esta semana que falleció Humberto, amigo de peripecias, música y del alma, no hubo más que llevarle flores. Eso y la tertulia con una taza de café en mano, justo como él quería que lo despidiéramos.

Yo hubiera querido que él me regalara más tiempo y yo poder darle salud entera, pero lo cierto es que la muerte no espera, llega justo cuando le da la gana y sin avisar, tal y como toda mal educada que es.

Humberto era, como pocas personas hoy en día, ejemplo de un hombre servicial, entregado a su trabajo, a su familia y a sus amigos.

De voz baja y apariencia casi siempre serena, la luz de sus ojos lo decía todo: estaba feliz con la vida que le tocó vivir y agradecía a cada paso, con una sonrisa, por las bondades de este mundo.

Ya no recuerdo bien cuándo fue el primer día que le dirigí una palabra, pero algo es seguro: el cariño se lo ganó a pulso porque una vez que uno lo conocía no había nada más que hacer sino quererlo.




Hay quienes aseguran que uno nunca habla mal de un muerto, que la nostalgia de la ausencia es tan inaudita que no nos deja ver los defectos de los idos, pero no. La verdad es que Humberto era un ser humano tan normal como todos, y tan especial como pocos. Se lo dije alguna vez en vida, se lo diré siempre ahora que ya no está. De hecho, se lo debí decir más veces porque – si algo era seguro- es que alguna vez uno de nosotros se iría.

Por eso, desde ahora, me he hecho una promesa: no pasará un día sin el abrazo a la gente que quiero; no pasará una hora sin el pensamiento lleno de la gente positiva que está al lado; no pasará un día en que no te recuerde, Humberto querido, que te atreviste ya a entrar a la lista de mis amados muertos.

Le di flores a Humberto en su muerte, pero desde hoy iré tirando flores al mundo cada vez que hable de él.

“Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo”, dice el poeta Miguel Hernández, y yo, que lo lloro sin llorarle, hoy le dedico mis letras y en medio del dolor le digo que más tarde –cuando quiera la parca- nos veremos.

¡Hasta luego, amigo mío!




*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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