jueves, septiembre 3, 2026
ColaboraciónEl disco que no sabías que necesitabas

El disco que no sabías que necesitabas: Javier Solís En Nueva York

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Juan Pablo Feria¿Qué pasa cuando una de las grandes voces de la música ranchera decide dejar por un momento el mariachi y rodearse de una orquesta?

La respuesta está en En Nueva York, un álbum de Javier Solís publicado en 1961 que, pese a encontrarse entre los trabajos menos recordados de su discografía, resulta particularmente interesante porque permite escuchar a un artista que todavía estaba explorando hasta dónde podía llevar su voz.

Y quizá lo primero que llama la atención sea precisamente la portada.

Estamos acostumbrados a imaginar a Javier Solís como el charro impecable, enfundado en su traje y acompañado por un mariachi. Pero aquí la imagen es completamente distinta: traje gris, cigarro en la mano y un sombrero de ala ancha que parece sacado de una película de detectives de los años cuarenta. Por un momento uno podría preguntarse si estamos viendo a Javier Solís o al protagonista de alguna aventura de Dick Tracy.

Pero detrás de esa imagen había también una intención musical.

 

Javier Solís fuera del mariachi

Gabriel Siria Levario, conocido artísticamente como Javier Solís, había construido buena parte de su popularidad gracias a una combinación que parecía perfecta: una voz extraordinaria, el repertorio ranchero y el acompañamiento del mariachi.

Después de firmar con Columbia y realizar presentaciones tanto en México como en Estados Unidos, comenzó a explorar otros territorios. La intención era demostrar que aquella voz podía funcionar también fuera del terreno ranchero.

Así nació En Nueva York, un álbum de boleros y canciones románticas con arreglos orquestales, grabado con una orquesta dirigida por Chuck Anderson.

El resultado es un Javier Solís mucho más elegante, contenido y sofisticado.

El problema fue que el público ya tenía perfectamente identificado al cantante.

Mientras Javier triunfaba con sus canciones rancheras, este nuevo sonido tuvo menos exposición y el álbum terminó pasando relativamente desapercibido. Y quizá por eso hoy resulta tan interesante: estamos ante un disco que muestra una faceta de Javier Solís que no siempre aparece cuando se habla de su legado.

 

Una colección de grandes boleros

El álbum abre con “Solamente una vez”, uno de los grandes boleros de Agustín Lara.

La canción había sido escrita para José Mojica, quien después de una profunda crisis personal decidió abandonar su carrera artística y dedicarse a la vida religiosa. Con los años, la composición tendría una vida larguísima: Dora Luz la interpretó en inglés para Los tres caballeros de Disney y décadas después Luis Miguel la llevaría nuevamente a las nuevas generaciones en Segundo romance.

Pero en la versión de Javier Solís lo que inmediatamente sobresale es el tratamiento orquestal.

Los trombones parecen colocarse en un extremo del escenario mientras las cuerdas, las flautas y el arpa construyen el otro lado. Es un arreglo amplio, elegante y profundamente romántico que permite que la voz sea el centro absoluto.

Después llega “Vereda tropical”, de Gonzalo Curiel, otro clásico del repertorio romántico mexicano. La canción tiene una historia ligada a Acapulco y a una mujer cuya ausencia habría inspirado al compositor. Javier la interpreta con una voz cálida, mientras el arreglo aporta un carácter más luminoso y alegre.

Con “Noche y día”, Javier se mete directamente en el repertorio internacional. Se trata de la adaptación al español de Night and Day, de Cole Porter, una composición que ya había sido interpretada por figuras como Frank Sinatra.

La versión comienza prácticamente en susurros, con el arpa abriendo el camino para que aparezcan las cuerdas y posteriormente los metales. Es uno de esos momentos en los que resulta evidente que Solís no necesitaba un mariachi para demostrar la dimensión de su voz.

“Cuando vuelva a tu lado”, de María Grever, continúa con esa línea de amor, arrepentimiento y reconciliación. La canción habla de regresar con la persona amada y dejar atrás aquello que provocó la separación. Eydie Gormé y Los Panchos también hicieron una versión muy conocida, mientras que Luis Miguel la recuperó años después.

En “Tres palabras”, de Osvaldo Farrés, encontramos uno de los momentos más íntimos del álbum.

La canción nació a partir de una frase que, según la historia más difundida, la cantante Chela Campos habría dicho al compositor: “con tres palabras se hace una canción”. De ahí surgió una de las declaraciones de amor más sencillas y efectivas del repertorio latinoamericano.

Javier la convierte en un bolero de carácter casi bohemio, con una introducción discreta, violines y un interludio de flautas.

Y sí, muchos años después Lorenzo Antonio convertiría esas mismas tres palabras en un exito que cantabamos en la primaria… “Cómo me gustas”.

 

“Bésame mucho” y el peso de los clásicos

Llegamos entonces a “Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez, probablemente la canción más internacional de todo el álbum.

Es difícil encontrar otra composición mexicana que haya recorrido tantos estilos, idiomas y generaciones. Cecilia Toussaint, Emilio Tuero, Édith Piaf, Frank Sinatra, Plácido Domingo, The Coasters y hasta The Beatles estuvieron entre quienes la llevaron a sus propios territorios musicales.

La historia de su creación también se ha convertido en parte de la leyenda. Consuelo Velázquez contó que cuando escribió la canción todavía no había sido besada, algo que en la sociedad de la época podía considerarse prácticamente escandaloso.

Musicalmente, la versión de Javier vuelve a alejarse del mariachi. Los trombones le dan un sabor cercano al jazz y a las grandes orquestas, mientras la voz mantiene ese tono aterciopelado que sería una de sus principales señas de identidad.

Después aparece “Quiéreme mucho”, también conocida como “Tuyo”, un bolero cubano de Gonzalo Roig. La canción habla de la necesidad del amor y del deseo de permanecer junto a la persona amada. La percusión y el requinto le dan un carácter más latino, mientras Javier mantiene esa mezcla de fuerza y suavidad que atraviesa todo el disco.

“Duerme”, de Miguel Prado, es otra canción que seguramente muchos reconocerán por la interpretación de Pedro Infante en Ángelitos negros. Aquí el arreglo vuelve a cambiar de textura: cuerdas, guitarra y marimba crean una atmósfera cercana a una canción de cuna, convirtiendo la pieza en uno de los momentos más dulces del álbum.

 

México, Cuba y una orquesta internacional

Con “María Elena”, de Lorenzo Barcelata, aparece otro clásico que ha tenido numerosas historias alrededor de su origen.

La canción fue registrada con el nombre de María Elena y existen distintas versiones sobre la mujer que habría inspirado la composición. Lo interesante es que Javier no la lleva hacia el mariachi, sino hacia un terreno mucho más folclórico gracias a las marimbas, que le dan una textura particularmente dulce.

Luego llega “Siboney”, de Ernesto Lecuona.

El título hace referencia a los siboneyes, uno de los pueblos indígenas de Cuba, pero la canción de Lecuona está construida desde la nostalgia y el amor por la isla.

La pieza tuvo una enorme vida internacional, con versiones de Olga Guillot, Dizzy Gillespie, Nana Mouskouri, Percy Faith y Connie Francis, entre muchos otros.

Aquí Javier Solís hace algo especialmente interesante: utiliza su voz con una flexibilidad que quizá no asociamos inmediatamente con sus interpretaciones rancheras. Hay menos peso y más movimiento; canta con una soltura que demuestra que podía adaptarse perfectamente a otro tipo de repertorio.

“Te quiero, dijiste”, también conocida como “Muñequita linda”, de María Grever, es quizá uno de los momentos emocionalmente más fuertes del álbum.

Aunque suele entenderse simplemente como una canción romántica, existe una historia mucho más dolorosa alrededor de su creación: la pérdida de una hija de María Grever, que murió cuando apenas tenía unos meses de edad. Desde esa perspectiva, la canción puede escucharse como un arrullo marcado por el duelo y por el deseo de mantener un vínculo con alguien que ya no está, Y quizá por eso esta canción siempre me ha parecido especial: pues solían cantársela a mi hijo para dormirlo.

Y el álbum se acerca al final con “Perfidia”, de Alberto Domínguez.

La propia palabra significa “deslealtad” o “traición”, y eso resume perfectamente el espíritu de la canción: amor, abandono y despecho.

Perfidia tuvo una enorme trayectoria internacional, incluyendo versiones en inglés y apariciones vinculadas al cine de Hollywood. También fue interpretada por Nat King Cole, Los Panchos con Eydie Gormé, Luis Miguel y Plácido Domingo.

La versión de Javier comienza de manera contenida, con marimba y requinto, antes de permitir que la orquesta y su voz hagan crecer el drama.

 

El Javier Solís que pudo haber sido

Escuchar En Nueva York hoy permite entender algo que quizá en 1961 no resultaba tan evidente.

Javier Solís no era solamente un cantante ranchero.

Su voz podía funcionar perfectamente con una orquesta, con arreglos de jazz, con cuerdas, metales, marimbas, flautas y grandes introducciones instrumentales. Tenía el rango y, sobre todo, tenía algo mucho más difícil de conseguir: una personalidad vocal inconfundible.

Esa voz que después sería llamada “voz de terciopelo” y que ayudaría a definir lo que conocemos como el bolero ranchero.

Se ha contado incluso que Luciano Pavarotti admiraba a Javier Solís, mientras que Juan Gabriel lo recordó años después en “Obertura mexicana”, donde aparece aquella frase: “Y Javier cantó más lindo ese día”.

Más allá de las anécdotas y las leyendas, basta con escuchar este álbum para entender por qué Solís sigue siendo una figura fundamental de la música mexicana.

En Nueva York quizá no sea el disco que primero viene a la mente cuando pensamos en Javier Solís. No tiene el mismo peso popular que sus grandes trabajos rancheros y durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano.

Pero precisamente por eso merece ser recuperado.

Es el documento de un artista que, en pleno ascenso, decidió probar algo distinto. Un Javier Solís elegante, romántico y cosmopolita, acompañado por una gran orquesta y cantando algunos de los boleros más importantes de la música latinoamericana.

Un disco que demuestra que detrás del charro del sombrero y del mariachi había mucho más.

Y quizá esa sea la verdadera sorpresa de En Nueva York: descubrir que el rey del bolero ranchero también podía quitarse el traje de charro y, sin perder un poco de su esencia, convertirse en un cantante de orquesta.

Y vaya que le quedaba bien.

Gracias a La Chicharra por el espacio,

Ahora te toca a ti: ¿conocías este lado de Javier Solís? Si tienes algún dato, anécdota o historia sobre En Nueva York que se nos haya escapado, compártela en los comentarios. Y si tienes un disco que quieras que escuchemos y reseñemos, también déjanos tu petición. Porque entre todos también se arma la historia de la música.Separador - La Chicharra

Juan Pablo Feria Gómez es ingeniero en tecnologías de la información y consultor con amplia experiencia en redes, Linux e infraestructura tecnológica. Cuando no está resolviendo problemas inexplicables en equipos de red, está explorando la historia de la música, desempolvando discos y encontrando las historias que se esconden detrás de cada álbum. En esta columna combina sus dos grandes pasiones: la precisión de la tecnología y la emoción de la música.

@ionycash

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