martes, julio 14, 2026
Colaboración

Polarización: el negocio de hacerte creer que tu vecino es tu enemigo

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Por Marco Mendoza
La polarización, esa maravillosa idea de dividir el mundo en dos polos o equipos, como si la vida fuera un partido de fútbol eterno donde el árbitro siempre es un vendido, tiene su raíz en la física de los polos opuestos. Pero hoy, en lugar de atraerse, los polos se lanzan memes o insultos cargados de odio, convirtiendo a nuestro vecino en una amenaza existencial al nivel de una invasión alienígena solo porque votó por el otro color.

Si bien el ser humano siempre ha tenido esa vena tribal (y ahora somos una especie de cavernícolas con smartphone), hoy el desastre está vitaminado por algoritmos que son básicamente unos “psicópatas obsesivos del engagement”: nos dan exactamente lo que queremos oír para que no soltemos la pantalla, dejándonos atrapados en una cámara de eco donde nuestros propios prejuicios nos aplauden por ser “tan inteligentes”. En México, esta película de terror estrenó temporada estelar en 2006, marcando el inicio de nuestra propia “guerra civil de twitter” (ahora X), donde el debate de ideas fue sustituido por el deporte nacional de deslegitimar o cancelar al adversario hasta “derrotarlo” simbólicamente, todo mientras los políticos aplauden porque el miedo es el pegamento electoral más barato y efectivo.

Para no terminar todos con úlceras y bloqueados por nuestros propios tíos en Facebook, necesitamos con urgencia una “dieta de realidad”. Hay que salir del automatismo digital, apagar el celular y recordar que el mundo no se acaba si alguien piensa distinto, aunque el algoritmo jure y perjure que esa persona es el fin de la civilización tal como la conocemos. La solución no es que todos pensemos igual, eso sería al menos aburridísimo, sino dejar de actuar como soldados rasos de causas digitales que solo sirven para que las plataformas sigan facturando con nuestro odio o indignación. Habría que recuperar el encuentro habitual cara a cara, recuperar esa plaza pública donde no hay botón de “bloquear” y donde, milagrosamente, la empatía humana todavía puede ganarles la partida a los famosos bots. Entender que esta polarización es, mayormente, un producto de diseño y no el destino manifiesto de la humanidad es el primer paso para dejar de deshilachar el tejido social y, quizás, empezar a conversar sin querer aventarnos el café en la cara.

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