La Policía Energética: Episodio 2
Por Ana Sotomayor
¡Hola de nuevo! Después de un tiempo de ausencia, vuelvo a encontrarme con ustedes, mis queridos lectores de La Chicharra. Y qué mejor manera de hacerlo que retomando el nombre que le da vida a esta columna: La Policía Energética.
Hoy quiero contarles el origen de este nombre, porque, aunque han pasado ya 6 años desde aquella primera columna, la historia sigue siendo parte de mí y, más importante aún, sigue vigente.
Corría el año 2017 cuando, como parte de mi proyecto de tesis de maestría, diseñé e implementé un programa de supervisión energética en un edificio gubernamental. La premisa era sencilla, pero ambiciosa: lograr ahorros significativos con poco o nada de presupuesto, únicamente a través de mejores prácticas en el uso de la energía.
¿Qué implicaba esto? Básicamente, se trataba de poner orden en la casa antes de pensar en grandes inversiones. Entre las acciones que realizamos estaban:
- Escalonamiento de encendidos de aires acondicionados, evitando que todos arrancaran al mismo tiempo en la mañana y generaran picos de demanda.
- Incremento del set point de los aires acondicionados, ajustándolos a las recomendaciones de confort térmico de la ASHRAE (entre 22 y 24°C), porque no necesitamos tener una oficina a 16° para estar cómodos.
- Priorizar el mantenimiento para cubrir “fugas” de energía en plafones rotos, ventanas sin vidrio, puertas caídas que no cerraban bien, y los mil etcéteras pequeños que en conjunto suman.
- Letreros recordatorios en lugares estratégicos: “Mantén puertas y ventanas cerradas”, “Apaga tu equipo al final del día”.
- Cambio de algunas luminarias a LED donde el presupuesto lo permitía, priorizando aquellas zonas de mayor uso.
- Mediciones constantes y, sobre todo, recordatorios persistentes: apagar luces, cerrar llaves de agua, desconectar equipos que no se estuvieran utilizando.
Y aquí viene lo divertido. Mi labor implicaba recorrer las oficinas, tomar nota, medir, observar y, cuando algo no estaba alineado con las mejores prácticas, dejar el recordatorio correspondiente. Con el tiempo, cada vez que yo entraba a un área, los compañeros de trabajo, usuarios del edificio, soltaban entre risas y complicidad: “Ya llegó la Policía Energética”.
Y así nació el nombre. Con cariño, medio en broma, pero también con un propósito muy claro: hacernos responsables del uso que le damos a la energía, porque cada kilowatt que no se gasta es un recurso que se libera para otras prioridades.
Seis años después, les confieso algo: mi pasión por este trabajo no ha disminuido ni un ápice. Al contrario, con mayor experiencia, con más kilómetros recorridos en consultoría y con un conocimiento más profundo de los sistemas energéticos, sigo amando cada aspecto de lo que hago. Tal vez antes tenía la curiosidad, hoy tengo la certeza de que la eficiencia energética aplicada es una de las herramientas más poderosas que tenemos para transformar realidades.
Y es que una vez que adoptas los lentes de “Policía Energética”, ya no ves el mundo de la misma manera. Cada acción cotidiana, cada proceso productivo, cada experiencia se vuelve una oportunidad para preguntarte: ¿se está haciendo de la manera más eficiente? ¿podemos hacerlo mejor sin gastar más? ¿dónde está la fuga que estamos normalizando?
Hoy sé que lo que aplicamos en aquel edificio gubernamental no era solo un ejercicio académico: era la demostración de que la eficiencia energética no requiere siempre de grandes inversiones tecnológicas, sino de cambio de hábitos, monitoreo constante y, sobre todo, voluntad para hacer las cosas bien.
¿Y los resultados? Beneficios que trascienden. Desde el bolsillo de los usuarios domésticos que ven reflejado su esfuerzo en un recibo de luz más bajo, hasta el bolsillo del gobierno que, al reducir su propio consumo, puede destinar esos fondos públicos a otros rubros igualmente necesarios: salud, educación, infraestructura, sin afectar la productividad.
Porque esa es la clave que aprendí en aquella tesis y que he llevado a cada proyecto en Talaso: ser eficientes no significa hacer menos, significa hacer mejor con lo que tenemos. Y eso, queridos lectores, es una victoria colectiva.
Así que hoy, al retomar esta columna, lo hago con el mismo espíritu de hace 6 años, pero con una mochila mucho más llena de aprendizajes, anécdotas y, sobre todo, de certezas. La Policía Energética vuelve a las calles, vuelve a las oficinas y vuelve a estas páginas para seguir poniendo su granito de arena en esa ola verde que entre todas y todos estamos construyendo.
Nos toca informarnos, cuestionar, exigir, pero también actuar desde nuestra trinchera. Porque al final del día, la energía que no usamos es la más limpia, la más barata y, en un país como el nuestro, también la más justa.
Bienvenidos de nuevo. Nos vemos la próxima semana.
Si tienen alguna duda, comentario o quieren compartir sus propias historias de “policías energéticos” en acción, mi correo sigue siendo Sotomayor.anam@gmail.com. Nos leemos pronto.
Gracias a La Chicharra y hasta la próxima

Ana Sotomayor es graduada en Administración de empresa y candidata a maestría en Sustentabilidad (si todo sale bien). Su experiencia profesional incluye proyectos de eficiencia energética y energías renovables, y es una hábil profesional en el sector de la administración de la energía. Sus habilidades incluyen el identificar, evaluar y presentar de una manera entendible las oportunidades en el uso eficiente de la energía y sus aplicaciones. Tiene experiencia en servicios de consultoría de sustentabilidad y ha presentado soluciones y programas eficaces de manejo eficiente de la energía para distintos clientes incluyendo el sector privado, y gobiernos estatales y municipales. Actualmente tiene su propia firma de consultoría dedicada a la realización de auditorías energéticas, perfiles de consumo de energía, capacitación y trámites para la participación en el Mercado Eléctrico Mayorista. Su experiencia anterior incluye puestos administrativos y financieros en industrias medianas.

