De mente abierta y lengua grande: La mariposa de la luz

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Chef Juan Angel | @chefjuanangel

Alrededor de la lámpara con luz amarillenta que iluminaba la angosta calle de banqueta alta, revoloteaban decenas de insectos atraídos por los destellos de calor que emitía el gran foco. Muy cerca, junto a la ventana de la Lola de Beto, aguardaba una polilla, mejor conocida como mariposa de la luz.

Cada noche, cuando Lola terminaba de hornear, abría un poco la ventana para que se enfriaran los panes, y encendía la luz de la campana instalada justo encima de la estufa, ordenaba los utensilios e ingredientes, de tal forma que al día siguiente iniciaba la jornada barriendo y trapeando para posteriormente armar los pasteles que le habían ordenado. Aquella mariposa volaba cada tarde al marco de la ventana y aguardaba hasta que la Lola ya se había dormido; entraba por la esquina de la alambrera que Beto había levantado un vez que se les cerró la puerta y necesitaron jalar la llave que estaba cerca de la estufa. La mariposa conocía el camino perfectamente, así como la ubicación de ingredientes y utensilios, aunque ella sólo necesitaba uno: azúcar.

Inmediatamente después de entrar a la cocina iba directo al baldecito azul con tapa transparente donde Lola guardaba el azúcar morena. Alrededor del recipiente había cientos de cristalitos que caían cada vez que Lola sacaba un cucharón para ponerlo en la preparación de la masa. La mariposa los tomaba con sus patas y los trasladaba a uno de los quemadores negros de la estufa que le servían de templete y escenario junto a la luz que caía de la campana. Impulsada por sus alas tomaba los cristales de azúcar y los apilaba uno tras otro, a la vuelta de una hora aquello era una obra de arte; desde fuera de la ventana, dos grillos, una polilla y dos moscas la veían trabajar con admiración.

Poco a poco la mariposa escultora fue cobrando fama y aun con lluvia, frío o calor intenso, el público aumentaba con el paso de las noches. Los insectos se pasaban la voz y llegaban acompañados a disfrutar las diferentes creaciones de azúcar que la mariposa construía sobre la estufa, jamás repetía un modelo, y el grado de dificultad era cada vez mayor.

El talento de la mariposa vaciaba por completo las lámparas amarillas de los alrededores, concentrando a todos los insectos afuera de la ventana, y otros más aventurados que entraban, tomaban asiento en las parrillas de la estufa y apreciaban de cerca el trabajo de la mariposa.

Lo que todos ignoraban era el motivo que inspiraba a la mariposa.

– Oh, gran mariposa escultora, su grupo de admiradores tenemos una gran duda- exclamó el grillo
– ¿De dónde emana tanta inspiración para sus bellas creaciones? – dijo la chinche

La mariposa suspiró, y mientras colocaba los últimos fragmentos de azúcar contestó -Siempre me han gustado mucho los colores y creo que la única manera de aportar color al mundo es con la gran variedad que genera la reflexión de la luz en los cristales de azúcar.

La noche siguiente, la chinche invitó a la oruga pintora al show escultórico de la mariposa de la luz. La oruga observó impresionada el gran trabajo que hacía sobre el quemador de la estufa. Durante más de un mes, la oruga asistió diariamente a disfrutar las obras de la mariposa, al grado de asegurar un asiento permanente en las parrillas. Miraba con atención el gran placer que causaban los colores a la artista escultora. Así que una noche, la oruga llegó primero, incluso antes que la mariposa. Acomodó sus pinturas, escogió el mejor pincel y colocó un tapón de refresco sobre el quemador de la estufa.

Cuando la mariposa entró, miró asombrada –Pero, ¿Qué está pasando?, ese es mi lugar de trabajo e inspiración- a lo que la oruga respondió -Hemos decidido que hoy nos toca consentirte a ti, toda la comunidad de insectos me pidió que llenara de más colores tu vida, así que toma asiento en el tapón y abre tus alas-

Durante más de dos horas la oruga pinceló sin descanso; rojo, amarillo, violeta, anaranjado, azul. Todos veían boquiabiertos lo que estaba pasando. De pronto, los grillos giraron el papel aluminio y la mariposa vio su reflejo, los colores no solo estaban en las partículas de azúcar iluminadas, los colores estaban en sus alas, de arriba a abajo, de extremo a extremo. Todos los insectos aplaudieron, la mariposa lloró de alegría.

Al igual que la mariposa escultora, en la cocina, quien tiene la gran tarea de preparar la comida genera comunidad, hace grandes amigos y tarde que temprano encuentra la gran satisfacción de pintar su vida de muchas alegrías a través del placer de los demás. Nunca olvidemos reconocer su trabajo; empecemos en casa, por nuestras mamás.

Cada vez que iba con mi tía Concha y miraba la casa de la Lola de Beto, quien hacía los mejores pasteles de la Capital del Mundo, imaginaba las muchas cosas que pasaban en su cocina, por ejemplo: el caso de la mariposa escultora.

Chef Juan Angel – Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

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