De mente abierta y lengua grande: La hierba multifacética

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Chef Juan Angel | @chefjuanangel

-¡Panchaaaa, agárrame las faldías, se me van a iiir!
-¡Ay Jesucristo, no las alcancé! ¡Aídaaaa, ahí van las faldías de la Águeda, agárralas!
– ¡Ya las pepené, aquí las tengooo!
A las 8 de la mañana, las señoritas Pancha, Aída y Águeda tenían una cita semanal en la cañada del Cajón, que kilómetros más adelante desemboca en el río Moctezuma. Cada una llevaba consigo una tina grande de lámina galvanizada llena de ropa sucia, junto a una lata gigante del mismo material (donde llegaba la manteca de res a los abarrotes de la capital del mundo), la cual colocaban encima de unos tinamastes de “piedras de malpaís”, atizaban, llenaban de agua y caminaban a la orilla del río a cortar unas ramas prodigiosas que le otorgaban olor a pantalones, camisas y chambras.

Cada señorita tenía su propio lavadero, asignado por la misma naturaleza: una piedra plana con declive, sumergida en el agua fresca a la orilla de la corriente.

El primer paso era meter la ropa al agua, colocarla encima del “lavadero”, darle una fregada con jabón Corona y después a enjuagarla con la misma corriente. Para ese momento, la infusión herbácea estaba en su punto, extraían la rama de la lata y metían la ropa a hervir; minutos después sacaban cada trapo con un palo, lo enjuagaban, exprimían y ponían a secar sobre piedras calentadas por el sol que estaban fuera del agua.

Una vez retirada la lata del fuego, aprovechaban las brasas para colar café: tomaban agua del venero, la hervían en una lata de leche en polvo acondicionada como jarrilla y después la vaciaban en la talega dispuesta sobre la cafetera azul de peltre. Y cuando estaba listo el café, calentaban los burritos paseados de frijol y los tamales elaborados con los mismos parrales, sobre las brasas restantes.

De regreso a casa, Águeda llevaba junto a la ropa limpia y la panza llena, unas hojas de la hierba multifacética, la ponía a hervir con agua sobre la estufa, y una vez fría la usaba para enjuagar el cabello y mantenerlo libre de orzuela.

Veinte años después, Águeda seguía llevando la hierba a casa, ahora para quitar la peste a patas de los dos chamacos que tenía por hijos – ¡Échenle 4 hojas de batamote a cada zapato antes de ponérselos!- El batamote era suavizante, acondicionador y talco; además, en las comunidades yaquis es utilizado por las matronas para aliviar el dolor de parto en mujeres primerizas, curar el salpullido y algo que no puede faltar: sanar el estómago ante los excesos, infecciones y dolencias varias, para ello, la receta es:

Ir a tu río más cercano.
Arrancar unas ramas de batamote.
Cortarle las hojas y hervir la mitad en agua.
Restregar la otra mitad de hojas en la panza.
Beber el té y esperar con fe.

Chef Juan Angel – Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

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