De mente abierta y lengua grande: Hasta con boñiga es buena

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Chef Juan Angel | @chefjuanangel

El frío llegaba hasta lo más profundo de las rodillas, pies, orejas y manos, hacía que temblara la voz, congelaba el aire que respirábamos, y enfriaba en cuestión de segundos la bebida más caliente. A pesar de ser octubre, el aire movía fuertemente las ramas de los mezquites, sangrengados y palo verdes.

El aroma a campo nos indicaba, en medio de la oscuridad, que estábamos en un corral, con lámparas de mano y luces de algunos vehículos colocamos los tendidos sobre la paja con tierra y estiércol seco, totalmente a la intemperie.

Jamás imaginamos lo que nos esperaba esa noche, así que nunca nos preocupamos por comida o alguna casa de campaña. Esa noche decidimos dormir con el estómago vacío, para podernos meter rápido a las cobijas y mejor calmar el frío antes que cualquier otra necesidad fisiológica.

Nos acostamos con ropa, zapatos, chamarras y trapos, mantas o telas que nos ayudaran a calentarnos. El reloj marcaba las 3 de la mañana y mi mandíbula no dejaba de temblar, hacía tanto ruido que el “Chiquilín” salió de su “sleeping bag, se despojó de una cobija y me cubrió con ella.

Tres horas después, el cielo comenzó a aclarar. A nuestro alrededor ya había gente que traía leña, ollas y mesas, atizaron y comenzaron a preparar café, bebimos unos sorbos que llegaron casi fríos a la garganta y así inició nuestra jornada. Estábamos trabajando en una cabalgata del entonces gobernador de Sonora.

Mientras preparábamos todo para la celebración de una misa en medio del corral, los vaqueros tomaron su desayuno, un grupo de cocineros prepararon platos de machaca con verdura, unos frijoles muy puercos y tortillas de harina. Estaba resignado a que, a pesar de no haber cenado una noche anterior, desayunaría al terminar mi trabajo, pero una vez que este concluyó, la comida se había terminado, solo había platos vacíos tirados por doquier y unas cacerolas que parecían haber limpiado con la lengua; no éramos los únicos hambrientos aquella mañana.

De repente, junto a la llanta de un tráiler vi brillar, cual olla de oro al final del arcoíris, un plato de machaca, volteé a mi alrededor y corrí desesperadamente pensando que alguien más podría estar haciendo lo mismo y me lo podría ganar, cuando lo tuve en mis manos vi que tenía paja y polvo, le soplé y volaron la mayoría de los residuos, pero cuando exploré la machaca, tenía fragmentos de boñiga; sin pensarlo, retiré la mayor parte de ella, me hice dos tacos con machaca y frijoles.

Fue un desayuno delicioso, me sentía mal por estar escondido y no compartir, aunque la comida estaba sazonada con estiércol. El plato quedó limpio, pasé el dedo y la lengua hasta el cansancio.

Tres días después estuve hospitalizado durante 48 horas debido a una rara bacteria que se había alojado cómodamente en el intestino.

En México, 54 millones de mexicanos sufren hambre todos los días, to-dos-los-dí-as, no desayuna, ni comen, ni cenan. Contradictoriamente, se desperdician 38 toneladas de alimento por minuto en nuestro país, y seguramente pensaremos que la mayoría es arrojado a la basura por grandes empresas; pero no es así, la mayor parte del problema sucede diariamente en casa, cuando cocinamos más de lo que consumiremos y después tiramos las “sobras”, o cuando hacemos el súper sin planear y se nos pudren ingredientes que compramos en exceso – “Voy a echar unos tomates por si se antoja una salsa”- pero nunca nos acordamos de llevar, chile, ajo y cebolla; de esta manera terminan en la basura.

Y a propósito de lo anterior, en México sobran más de 250 mil toneladas de jitomate al año, los suficientes para construir 10 veces la torre Latino. Pero, ¿cómo podemos ser parte de la solución? Si planeamos lo que comeremos, seguramente nos sobrarán algunos pesos, la suma de ellos pueden significar el alimento para una persona durante 30 días. ¿Cómo? Apoyando lo que hacen instituciones como el Banco de Alimentos cuyos programas llevan comida a un abuelito por tan solo 380 pesos al mes.

P.D. Está prohibido echarle la culpa al gobierno, cada uno debemos fajarnos los pantalones, enaguas o lo que sea, y devolverle a la vida algo de lo mucho que nos da. ¡Ah! y si quieres ayudar, pregunta, con gusto te digo cómo.

Chef Juan Angel – Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

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