Imágenes urbanas: Cada quien su vida

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
El ruletero se deslizaba por Solidaridad de Sur a Norte, eran las 6:30 de la mañana y mientras que algunas gentes bostezaban, otras se quejaban de que los lunes las corridas en el servicio público empezaban tarde:

“Es que si los lunes ni las gallinas ponen, cuantimás los choferes, andan desvelados los señores, por la cruda o lo que sea”. “Pues sí pero uno qué culpa tiene, uno tiene que llegar temprano al trabajo”. “Entran tarde y luego quieren recuperar el tiempo perdido, por eso luego chocan o matan a un cristiano”.

El chofer permanecía callado, inmune a todo.

Había una pareja de jóvenes adolescentes con uniformes preparatorianos, la muchacha con la cabeza recargada en la ventana y él recargando su mejilla sobre de ella, ambos con los ojos cerrados, las mochilas repletas de libros y cuadernos sobre sus piernas, de vez en cuando abrían los ojos suavemente y los volvían a cerrar cual becerros enamorados, en verdad que eran la viva imagen del amor espontáneo, natural.

En otro asiento, dos jóvenes mujeres de entre 23 y 26 años, platicaban quedamente, llevaban puestas sus batas de la maquiladora y el cabello recogido, una de ellas se quejaba: “La verdad que ya no sé ni qué hacer, dos chamacos es mucha carga para mí sola”. “Tú también que en cuanto empezaste a trabajar te embarazaste y no supiste ni de quién, ya ves, el segundo niño tiene ojos de coreano, que dizque el supervisor aquel te iba a sacar de apuros y al final se fue a las Filipinas”. “Bueno y qué, tú dizque te casaste y estás en las mismas que yo, que dizque el Tiburcio Colunga estaba muy carita y ya ves, luego luego te cambió por otra y te dejó con las dos niñas, no en vano se dice que los caritas resultan ser una desgracia”.

De pronto una de ellas interrumpió la plática señalando un bar de enfrente por donde iban pasando: “Shhh espérate, espérate, allí está ese negocio, el Maxnificentz, dicen que allí pagan bien tan sólo por bailar alrededor del tubo en paños menores y a media luz… ¿qué tal si nos damos una vuelta y nos quitamos de andar batallando?”. “¿Serías capaz?”. “¿Por qué no?, anda, la Nicandra ya está viniendo y dice que le va muy bien, además está prohibido que alguien te toque y a lo mejor hasta encuentras alguien que te guste y ya es cuestión de cómo se arreglen; anda, ya ves que nos fue como en feria cuando nos entregamos dizque por amor, bueno, pues ahora que brille… y de paso nos divertimos”. “¿Si nos sale algún conocido?”. “Pues vámonos a Guaymas, a Obregón o a Nogales, donde nadie nos juzgue ni nos diga que hacemos mal, pero yo de plano sí le voy a entrar, porque con lo de la maquila no me alcanza para nada y luego hay muchos acomedidos para las mujeres solas, y nos vamos a estar llenando de chamacos y chamacos y puro pa’ trás y pa’ trás y el tiempo se nos está pasando, yo sí le voy a entrar, piénsale”.

Había dos mujeres de entre 35 y 40 años que iban de pie, agarrándose de donde fuera mientras que el camión hacía sus piruetas, la que iba más polveada de la cara dijo: “A mí lo que me preocupa es que venimos muy emperifolladas, acuérdate que es una manifestación de gente pobre”. “No te fijes en eso, lo importante es que nos den las despensas, cartón y tablas para nuestras casas por ir a grillar al municipio”. “Claro que nos van a cumplir, lo que me preocupa es que venimos con ropa de vestir, vamos a una manifestación no a una fiesta”.

En eso un señor con la cara abotagada gritó: “¡Hey, chofer!, ¿ya mero llegamos a Las Amapolas?”. La carcajada fue general ya que dicha colonia queda al otro lado de la ciudad, alguien anónimo contestó: “¡Aquí por fuera de la tintorería toma un Multirrutas, él te llevará hasta el Lourdes, allí abren temprano pa’ que te la cures!”.

El ruletero siguió su camino echando humo por el escape, mientras que adentro cada quien se preocupaba por su vida.

 

 

*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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