La perinola: El vicio arrogante

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La arrogancia es siempre trágica porque impide, como he dicho, que la persona acceda a ese estado de vitalidad sutil que yo denomino naturalidad y que tiene es una especie de placidez activa en la que el mundo es siempre una invitación a la participación constante. El arrogante no conoce esto. El arrogante asume que sabe cosas sin tener que pasar por el engorroso trámite del estudio, el trabajo disciplinado, el esfuerzo; deriva de sus saberes variados y superficiales la certeza de que es sabio entre los sabios. En algunos casos de megalomanía la persona supone que, por motivos nunca explicados con suficiencia, es especial, única, enviada por el destino a esta tierra a cumplir con una misión que nadie más podría comprender.

Creo que todos hemos tenido arranques de arrogancia alguna vez, por alguna situación que nos hizo sentir amenazados, por alguna flaqueza del espíritu o por lo que sea; el caso es que volvernos conscientes de sus mecanismos de destrucción es una excelente vacuna. Contra los riesgos que implica la petulancia es necesario enfilar las baterías de la razón. Somos frágiles, desprovistos de genio y nuestra vida es efímera; en mi opinión esto bastaría para ser más cautelosos en cuanto a la imagen que creamos de nosotros mismos. La prudencia aristotélica debería impulsarnos a la virtud del trabajo diario, la curiosidad y el disfrute de sabernos vivos por un instante.

Un arrogante renuncia a los demás, es decir, se desprende de uno de los tesoros más grandes que podemos poseer en esta tierra y que son los amigos. Una pena, una absoluta pena.

Separador - La Chicharra

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com

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