Imágenes urbanas: Vigilante nocturno

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Por los hijos hay que hacer lo que sea; pero a veces pensaba que había sido grande el sacrificio emigrar del pueblo a la ciudad para terminar allí, parado o sentado en la banqueta toda la noche, cuidando aquella bodega por fuera.

Porque ni las llaves de la cortina le dejaban para pasearse por dentro y estirar las piernas, guarecerse del agua cuando llovía o del frío, para sus necesidades fisiológicas utilizaba un baldío cercano.

El único paisaje que tenía enfrente era el Periférico Sur con la pasadera de carros. Ah tiempos aquellos del pueblo cuando niño que junto con otros niños jugaban a ver quién sabía más de marcas de carros que pasaban por la carretera: “¡Ése es un Valiant!”, “¡Ése es un Ford 200!”, “¡Ése es un Studebaker!”.




Pero había crecido, se había casado, tenido hijos y como otros había tenido que emigrar para ganarse la vida y que sus hijos estudiaran, había llegado con un hermano por la calle Volcanes en el cerro Akiwiki al Sur de la ciudad, un lugar con excelente vista hacia la Nuevo Hermosillo, aunque a últimas fechas había visto muy seria a la cuñada y había que ir pensando en cambiarse a alguna invasión allí cerca para estar cerca de la chamba, tendría que hacer milagros con los ochocientos pesos que ganaba a la semana pero ni modo.

Su mujer le lleva el lonche como a las diez de la noche y allí, sentados en la banqueta cenan y platican y aunque ambos piensan en lo mismo no lo dicen, recuerdos de cuando le llevaba comida allá en la parcela y comían debajo de un árbol, disfrutando del viento fresco o que bajaban al río para tener el agua cerca.

Ya le ha dicho que no vaya, que el lonche se lo puede llevar él, que le puede pasar algo cuando vaya de regreso al Akiwiki a la media noche pero la mujer no quiere, menos desde que lo agarró una vez platicando con una damisela pintarrajeada de las que se van de raite con los camioneros.




Ahora las noches se le hacen eternas cuando allá en su pueblo las dormía de un jalón, hasta que los gallos lo despertaban, ahora, de vez en cuando, trata de echarse una pestañeada sentado en la banqueta y poniendo la cabeza entre sus piernas pero los motores de los carros no duermen nunca.

Ah el pueblo, cuando en la madrugada que iniciaba el camino a la parcela y que escuchaba las canciones de los radios de las casas: “Ya viene amaneciendo, el sol ya nos alumbra”, y ahora el astro rey que le da puros corajes cuando llega a casa, que quiere dormir y la cuñada que hace mucho ruido porque al parecer ya quiere que ahueque el ala: “El muerto y el arrimado…”.

La diferencia entre el allá y acá: allá con el olor y los sonidos del campo, sentarse en el surco blando y el horizonte infinito, y acá con el olor a aceite, el ruido de los motores y la dura banqueta, aunque su doña ya le dijo que le está haciendo un cojín.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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