martes, junio 25, 2024
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Espejo desenterrado: Que el futuro no nos sea indiferente

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Por Karla Valenzuela
Lo acepto: En mis tiempos había clubes, como pequeñas fraternidades, que formábamos para jugar en grupo. Le asignábamos un nombre a nuestro club, definíamos días para reunirnos y, cuando estábamos juntas (porque éramos puras niñas), cantábamos y bailábamos comiendo papitas y bebiendo soda, o comiendo nieve. No había mayor requisito para permanecer a dicha congregación que la de traer lo que comeríamos ese día.

Hoy, unos treinta años después, las cosas han cambiado, ¡Vaya que lo han hecho!

Pero lo que es claro es que la violencia, y las agresiones escolares, siempre han existido, en menor medida, quizás, peo siempre han sido. Sólo que ahora tenemos –todos- un aliado que, de buenas a primeras puede convertirse en nuestro peor enemigo: las redes sociales.

A través de internet, nuestra vida y la de los nuestros es más fácil actualmente. Ya casi nadie se acuerda de las enciclopedias, para eso esta Google. Ya no tiene uno que adivinar de qué se trata una película, para eso está IMDB. Ya no tiene uno que estar comprando estampitas para hacer trabajos escolares, ahora todo es en línea, y así sucesivamente, todo, absolutamente todo lo podemos encontrar en la web, y eso es positivo, claro, pero también en ese “todo” va lo negativo.

Nuestros hijos ahora pueden tener amigos en línea que no conocen –ni conocerán- personalmente. Pueden fabricarse historias sobre sí mismos y los demás y subir su vida, ficticia o no, a una red social sin que nada de lo que se diga capte la atención hasta que pasa algo conmovedor, emocionante o fatal que acapara el reino de lo viral.

En esa rapidez de la información, todo puede ser falso y todo puede ser verdadero. Al final, eso deja de importar, porque lo verdaderamente relevante para muchos es hacerse notar.

En mis tiempos, eso de hacerse notar era más sencillo y a la vez más difícil, y por lo mismo, más valorado. Una elegía ser el personaje que quisiera en el devenir de esta sociedad y, con valores o sin ellos, nuestra historia se iba forjando, para bien o para mal, en una realidad concreta. Si te caías de la bici, no había otra más que levantarse y sacudirse la tierrita; si perdías jugando al elástico, a la roña, al bote robado y a cualquier cosa que quisiéramos, mañana habría otra oportunidad para ganar, y si no, no pasaba nada, nomás había que aguantar la pérdida.

Ahora, todos ganan y todos pierden todo el tiempo y al mismo tiempo, y hay que saber inculcarles a los nuestros una buena dosis de realidad diaria, pero para eso, como padres, tenemos que tener los ojos bien abiertos. En mi caso, gracias al cielo, tengo también los ojos de mi madre sobre su nieto, y mi familia entonces es de esas “extendidas”, como las de antes, en las que también se incluía a los abuelos. Pero si no fuera así, tendría que estar más atenta, porque la alienación es un cáncer, y es fácil ahora que nuestros pequeños o grandes hijos se enajenen y caigan en actividades de consecuencias fatales.

Por el momento, yo, como León Gieco, sólo pe pido a Dios que el futuro no me sea indiferente, porque e ahí, en la indiferencia vil, donde todo lo malo comienza.

 

 

*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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