sábado, julio 13, 2024
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Espejo desenterrado: Qué bello enero

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Todavía yo no sé por qué pero este mes me parece uno de los más lindos del año, con todos sus fríos y calores, con todas sus realidades y fantasmas, con todas soledades tan azules y su blanca felicidad

 

Por Karla Valenzuela
Enero para mí es especial, mágico. No sé si sea el frío o el interminable olor a nuevo, pero este mes hace que sucedan cosas a veces sorprendentes. Al menos eso me dijo la Bartola con sus ojitos repletos de amor por el Alex, un tipo muy guapo, delgado, de fina figura y caminar tipo Brad Pitt (con aquella seguridad con la que sólo caminan los que se saben guapos de verdad). Y en ese momento (como hoy) no tuve (y no tengo) manera de contrariarle su incipiente tesis, porque es en Enero cuando pasan cosas realmente extraordinarias, maravillosas.

Francisco Grijalva, doctor en Psicología y experto en estas cosas de los estados de ánimo, asegura en su libro “La delgada línea de la estabilidad emocional” que todo depende verdaderamente de los acontecimientos que al paso del tiempo hemos vivido en tal o cual mes. Es  decir, si una vez tuvimos un gran dolor en el tercer mes del año, jamás querremos llegar a los amarillos abriles y, de llegar a ellos, estaremos predispuestos a la amargura desde antes, incluso, de que el mes comience. Del lado contrario pasa exactamente lo mismo; si es que nos sucede lo más excelso que nos ha podido pasar en nuestra miserable vida en un mes como junio, por ejemplo, siempre añoraremos las horas de junio, tal cual Carlos Pellicer, y no habrá nada en el mundo que haga desistirnos de que el sexto mes del año es el mejor de todos.

Así pasaba precisamente con la Bartola, quien en ese entonces vivía un tórrido romance con el Alex bajo los portales del colonial Álamos. Ahí sí que no importaban los 3 grados centígrados que había en esos días, pues ellos se la pasaron acalorados todo el tiempo, enamorados pues, como quien pierde el juicio de buenas a primeras, así nomás, por una mirada que de poquito en poquito se va convirtiendo en amor. Él decía que nunca había amado a nadie como a ella; ella auguraba un bendito futuro para los dos; y yo, que veía todo desde fuera, con una perspectiva más científica y con un tanto de amargura pensaba: ¡patrañas!

Los meses -que digo los meses- los días me dieron la razón, porque apenas acabó enero y comenzó el mes de la bandera de México con todo el estoicismo que esto implica, el amor entre la Bartola y el Alex terminó, aún no sé bien quién acabó con quién, ni por qué se separaron si estos dos tórtolos parecían como nacidos para ser uno solo, pero el caso es que desde ese febrero hasta hoy mi amiga vive desolada; ha tenido otros quereres, claro, pero nadie como aquel ingeniero tan apegado a la formalidad, con  la vida tan llena de fórmulas y poesía. Ellos en sí mismo eran un poema sobre el amor más allá de todo, un poema de amor brujo. Pero de una sola vez y para siempre una noche de febrero se rompió el encanto y todo quedó ahí, en sueños guajiros, en literatura, en una fórmula de química jamás acabada, que nunca se pudo comprobar.

Desde entonces, la Bartola piensa que febrero es el peor de los meses y que enero, dibujado con portales, con olor a historia y hasta alguno que otro fantasma, es el más fabulosa de las treintenas.

Dicho esto, creo que no es necesario decir que el señor Grijalva tiene razón, por lo menos en lo que a éste y otros ejemplos respecta. Y es que para mí enero también tiene algo de magia. Todavía yo no sé por qué pero este mes me parece uno de los más lindos del año, con todos sus fríos y calores, con todas sus realidades y fantasmas, con todas soledades tan azules y su blanca felicidad.

A mí me gusta enero por el olor de la vainilla, por el olor del amor recién horneado, por la espontaneidad de los versos y los besos y porque es enero el mes de mis mejores recuerdos. No digo que el destino no me haya hecho un desagravio en los primeros días del año, pero como dice mi amigo Juan una noche fatal, todo en esta vida es cuestión de actitud, y yo de las contrariedades de un mes como éste jamás me acuerdo, menos teniendo tanto qué festejar. En enero resucité de entre los melancólicos y desde ese día parece que llevo una eternidad entre los simples mortales enamorados de la vida. ¡Dios santo, qué bello enero!

 

 

*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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