Ludibria: Por el camellón del viejo puente, de Alejandro Campos Oliver

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Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraEl poeta a través del tamiz de sus sentidos, fraseologías, pensares y pesares, se apropia experiencias que no son son sólo suyas sino también de los hombres que antes o después de él han pisado la tierra. Como dijera Ralph Waldo Emerson: “El poeta es representativo. En medio de los hombres parciales es el hombre completo, y no nos pone al tanto de su riqueza, sino de la riqueza común. El joven reverencia a los hombres de genio porque, a decir verdad, ellos lo representan mejor, son más él que él mismo.”

Esta idea del poeta como ente representativo de la humanidad se manifiesta en el poemario Por el camellón del viejo puente, de Alejandro Campos Oliver, donde a través de un imaginario conceptual se vuelve sobre el tema de las ciudades, ese producto de la modernidad. La ciudad, que es una y que es todas, y que admite variados registros lingüísticos y es inabarcable de tan inmensa y, a la vez, tan humana y tan miserable.

El poeta como hijo maldito de la modernidad, de la revolución Industrial, es expulsado de la cadena productiva como un inútil, según analiza Octavio Paz en La otra voz. Poesía y fin de siglo. El poeta se siente ajeno, extraño, a la ciudad que pretende prescindir de él, y es al mismo tiempo la “voz otra” que dice lo que otros quisieran y no saben ni pueden hacerlo.

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Caminar hasta el cansancio
perderse si es necesario,
aunque exhausto se llegue
al terreno verdadero
donde se es uno mismo.

 El poeta es un noctámbulo que llega a las regiones más oscuras, y cuya salvación es perderse para solamente así encontrarse a sí mismo. Y al encontrarse a sí mismo es Virgilio que desciende al infierno de la ciudad y nos guía con su imaginería. La intuición poética en breves postales vistas en sendos poemas cortos.

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Cables y tuberías sacuden
las vértebras de los postes,
con sus venas y raíces
reclaman en mutismos
por los ríos de basura
que en su pulso llevan.

 La ciudad antropomorfizada, hecha un ser humano (y al mismo tiempo, inhumano) que sufre en el reflejo de quienes la habitan y la llenan de basura, de esa basura externa que es reflejo de otra interna, donde el infierno son los otros, al mismo tiempo que “yo” es “otro”. Un realismo sucio que no deja de llamarnos con la más incitante de las voces para decirnos que también en la ciudad monstrua hay poesía, en imágenes que tienen por momentos resabios estridentistas.

xxxiv

La jaula del consumo
es una lóbrega sonrisa
expelida por el guiño
de un cadáver afanoso.

En un eterno deseo se chamusca.
Laberinto de orines que germinan
en flores de amargos ojos.

 ¿De quién es ese “cadáver afanoso”? Puede ser de mí, de cualquiera, del otro. Pues ya lo dijo Abigael Bohórquez en su Memoria en la Alta Milpa: “Todos estamos muertos de antemano”. Hecha de “ronquidos de motores” y “caminos fragmentados de ceniza”, la poesía de Campos Oliver tiene la inquietante virtud de sernos una invitación al espejo, a mirarnos con más calma en la sucia vorágine de los días.

 

Alejandro Campos OliverPor el camellón del viejo puente, Universidad Autónoma del Estado de Morelos-Ediciones Eternos Malabares-Mester de Junglaría, 2013, 58 p.

 

*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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