Espejo desenterrado: Te celebro con melancolía

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Hace un año que te fuiste, Gabriel García Márquez, pero Macondo sigue aquí.

Por Karla Valenzuela*
Karla ValenzuelaSiempre pensé que nadie podía vivir cien años, menos, si esos cien años son de soledad. Desde niña imaginaba cuánto sería una centena de años y no me alcanzaba el pensamiento para saberlo a ciencia cierta. Ahora sé que sí hay gente que vive hasta más de cien, mas no sé si esa gente podría vivirlos sola.

Y es que hubo una época, en un mundo muy lejano, que Macondo existió, y sus habitantes –pese a sus trágicas historias repletas de melancolía- eran felices, felices y solos como únicamente una mariposa amarilla puede serlo. Y hubo alguien que puso a ese pueblo en evidencia. Su nombre: Gabriel García Márquez, el escritor que estaba consciente de que la labor de quien se dedica a esto es elementalmente así, una labor en comunión con la soledad y, a su vez, que entabla una comunicación inasible en otros menesteres.

Así era el Gabo: un hombre sonrientemente solo y, paradójicamente, hay quienes aseguran que fue el primer escritor global.

Él podía hablar de historia como quien no cuenta un episodio tedioso del pasado. Se refería al General, como si él nunca hubiera caído en un laberinto y puntualizaba en Simón Bolívar como si fuera cualquier personaje de una novela, la que sea, y no el magnífico personaje de esta gran historia latinoamericana que nos rodea.

Gabriel García Marquez

García Márquez habló muchas veces de América Latina, pero no tanto como en sus novelas; hizo tanto por la tierra latinoamericana, pero no tanta como por las letras hispanoamericanas.

Por él, muchos nos enviciamos con la muerte desde el principio anunciada de Santiago Nasar y supimos los usos y costumbres de otra época no muy añeja.

He de decir que con La hojarasca me encontré con Gabriel García Márquez

Por otro lado, ningún médico fue tan enigmático nunca hasta que leí La hojarasca; el compromiso con su vocación es paralelamente obsesivo como el de un escritor. He de decir que con La hojarasca me encontré con Gabriel García Márquez; luego, con toda la maraña de palabras que descubrí más tarde, me reencontré para quedármelo siempre.

Y es que ese ser tan solo, tan rodeado de amores, de desamores y de familia contenta y descontenta representó en algún momento todo lo que una, también sola y alocada por las letras, hubiera soñado ser.

Ahora, a un año de su partida, sé que Gabriel García Márquez son enseñó a todos un mundo mágico, un realismo mágico donde pervive siempre un coronel que no tiene quién le escriba, alguien que ama aún en tiempos del cólera, alguien que tenía la virtud de olvidar sus proyectos con tanto entusiasmo como necesitaba para concebirlos y que hablaba de los funerales de mamá grande como si fueran una cosa de nada.

Y es que al final ¿qué es la muerte? Hoy que ya no está, Gabriel García Márquez está más vivo que nunca y, gracias a Dios que nos dejó sus libros, porque después de ver lo que hay en esta época, de no existir sus letras, la tristeza nos invadiría por completo. De sólo existir aquí y ahora la política, los desastres, los sinsabores de esta historia que nos rodea, de no existir todavía tú, a un año de tu muerte, Gabriel García Márquez, tendríamos sólo una cosa para subsistir: ¡Mierda!

*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.

 

 

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