Die Woestyn: No soy hipócrita, soy cínico

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Por Alí Zamora
Yo sé que hay aquellos quienes pueden pensar que las cosas que digo las digo con un derroche de magnanimidad, o que, como dicen en ciertas partes cercanas al Topahue, “me la ando madreando”.

Según esto, decimos que cada uno de nosotros somos únicos, un resultado de nuestras experiencias y vivencias, y con base en la gente de la que nos rodeamos, nuestros sentimientos, intereses y gustos, es que le daremos un entendimiento a las anteriormente mencionadas experiencias y vivencias para formar así nuestra personalidad.

Es una manera alargada de decir, en mi caso, “yo viví lo que me tocó vivir y nada más”.

Yo no viví la vida como un joven de apariencia chola viviendo en Las Quintas, ni viví la vida como la vivió un tal “Narquito” que estudiaba en le grand champ (por allá donde terminaba el boulevard Colosio), ni como un tal “Manro”, bien conocido y bien querido por muchos (y muchas también, no hay que olvidarlo, luego se ofenden).

Y debido a que yo viví mi vida y no la de otros, es por eso que cuestionaba las cosas y a las personas, a veces sin decirlo en voz alta, ya que uno no necesita alzar la voz para tener ideas. Muy a pesar de lo que digan al respecto personas que no conocen las mismas y luego te dicen al escucharlas: “¡Ay!, qué mamón, ¿desde cuándo?”.

Sé que ciertas cosas que pienso pueden, aparentemente, estar en conflicto con la manera en que “vivo mi vida” (léase: como piensan que vivo mi vida).

Algo que siempre me viene a la mente (siendo éste de los pocos ejemplos que puedo mencionar sin quebrantar leyes estatales, federales o migratorias) es el hecho de que yo no protesto.

Bueno, para ser más claros. Yo puedo alzar la voz e indignarme, enojarme, hacer corajes y/o berrinches, cuando me sucede algo que pienso que no está correcto, como por ejemplo un viejito carcamán que me dice “asshole” porque piensa que lo estoy haciendo perder el tiempo en corte, no obstante yo me encontraba como primera persona para archivar documentos, y sin importar el hecho de que la espera es de todos y se llama burocracia; o si, por ejemplo, veo algo que sucede o sucedió y pienso que está mal, sin importar que no me haya ocurrido a mí; por supuesto que me voy a sentir mal y voy a sentir que el mundo es un lugar oscuro y frío donde la justicia no existe, no existe la igualdad y las emociones positivas no son recompensadas sino castigadas.

Puedo hacer o sentir muchas cosas, pero lo que no hago es protestar.

No me uno a marchas que salen desde las faldas de Griffith Park o desde la intersección Hollywood/Western con rumbo a City Hall en el centro de Los Angeles o algún consulado perteneciente a dado país que en dicho momento el consenso sea: “se ‘ta portando mal”.

Y podrían apuntarme con el dedo las personas y acusar que el hecho de que me ponga en mis laureles a criticar las cosas que veo y enunciar como deberían ser es hipocresía.

Pero ahí habría dos errores:

En primera, lo que yo hablo y doy son opiniones, no axiomas; y, en segunda, es cinismo, no hipocresía.

Yo sé que en mi familia hubo miembros tanto paternos como maternos que se vieron involucrados en “cosas políticas” (como decían cuando era niño), y hasta la fecha sé que mis padres, con las fuerzas que el cansancio de los años les permiten guardar, se unen junto a desconocidos a marchar contra ciertas injusticias que ellos perciben y que como padres se imaginan “¿si le hubiera pasado eso a uno de nuestros hijos…?”.

Con ánimos y optimismo mayor a los míos, es que ese hombre y esa mujer salen a las calles a marchar, a gritar, a reclamar, por un futuro mejor o debido al entendimiento del dolor familiar que la creación de nueva vida les ha regalado.

Yo no.

Ni tantito. Ni de chiripa.

Yo puedo apuntar con el dedo índice al momento exacto en el que perdí todo interés o toda futura pasión que pude haber tenido por las protestas, las marchas y la actividad política colectiva de la libre expresión de ideas.

Recuerdo la preparatoria: en aquél entonces rodeada de ocotillos en un lote de tierra sin compactar, que por aquello de la causa y efecto hacía que tanto preparatoria como secundaria se hundieran centímetro a centímetro una sobre la otra, porque ya sabemos que es más importante ahorrarnos unos cuantos pesos a hacer las cosas como se debe.

Quizás fue ese mismo afán del ahorro que hizo que todo el suceso se suscitase como se suscitó, o quizás simplemente fue la experiencia de un mal maestro y un grupo antipático de alumnos. Chance y la combinación de ambas.

Pero a final de cuentas, el producto fue lo que fue, sin importar el orden de los factores.

Resulta que nos regaló la escuela preparatoria a la que atendí en Hermosillo, Sonora, una clase llamada “Ética y Realidad”. Y era de esas clases que en la escuela de Letras de la Unison, o Universidad de Sonora, Campus Hermosillo, le llaman “barco”: todos se suben y todos pasan.

Pero más que barco, se asemejaba a una panga agujerada haciendo agua.

Entraba un señor que no era maestro al salón de clase, a darnos una clase que no era clase. La dinámica era la siguiente:

El Profesor (vamos a llamarle “Señor Quijanitas”) entraba al aula escolar y comenzaba a recitarnos una de tres historias.

Historia Uno: su amigo una vez en Bahía de Kino (aunque en posteriores recapitulaciones fue Guaymas y San Carlos) se estaba ahogando, y en esos momentos de desesperación, su amigo le rezó a Dios y simple y sencillamente debido al hecho de que su amigo rezó fue que a final de cuentas salió con vida de tal tragedia.

Historia Dos: Quijanitas nos decía que (sin consultar cuaderno de apuntes, libro de texto o darnos la referencia bibliográfica de donde sacó tales datos), los jóvenes que se alejan del camino de Dios y que mienten a sus padres terminan, de manera inequívoca, en el alcohol y las drogas.

Historia Tres: esta más que historia era una advertencia a todas las mujeres de no sentarse en el piso porque se les “infecta la cosita”, ya que es bien sabido que “las mujeres usan falda y les puede entrar suciedad si se sientan en el piso, ya que no traen pantalón”.

Hay que decir las cosas como son, esas no son (ni eran) tres historias que nos repetía Míster Quijanitas para darnos una visión universal de lo que es ser un adulto en el mundo (que es lo que le dijo el director general de aquel entonces a mis padres era el propósito de la clase), esas eran: una historia sin fundamentos empíricos sobre el beneficio de aceptar al dios católico en la vida de un hombre desconocido; una opinión disfrazada de hecho empírico sobre cómo le gustaría a él se desenvolviera la juventud, y una idea retrograda, pendeja e insultante sobre lo que creía él era la vida de la mujer en México.

¿Qué cómo es que tal clase y tal señor me llevaron a no protestar? Que bueno que me hace esa pregunta, querido lector, porque a eso es a lo que voy.

No solamente éramos asaltados con ideas imbéciles durante una hora, donde se nos aseguraba “sí tengo plan de estudios”, si no que hasta se nos ponían exámenes al respecto. Pero el colmo de los colmos era que los exámenes consistían en preguntas abiertas, donde la apertura de cada una de las 5 preguntas era: En su opinión…

Obviamente no era nuestra opinión lo que se nos pedía, ya que alrededor de media clase fue reprobada en el primer examen, y si mal no recuerdo, de los pasantes solamente tres individuos obtuvieron una calificación arriba del 80.

Se nos estaba haciendo perder el tiempo y encima de eso reprobándonos al no recitar la opinión del señor Quijanitas como NUESTRA opinión.

Yo alcé la voz al respecto. Más de una vez: ¿Está al tanto de que las mujeres pueden usar pantalones? ¿Si sabe que no todos creen en el mismo dios? ¿Si sabe que nunca nos ha dictado un solo apunte? ¿Se da cuenta que algunos ya sabemos que no es maestro y antes trabajaba en publicidad?

Nunca me respondió. Pero al parecer yo no era el único molesto, ya que aquellos quienes eran populares, quienes eran los líderes del aula, quienes no eran yo, hablaron entre sí y acordaron tres de los “cabecillas” (les llamaremos “Lorenza Kitten”, “Hilario Luis” y “Marina Cerecita”) que no estaban de acuerdo con el profe y la clase, significando que, por inclusión, unas dos terceras partes del salón (mínimo) no estaban conformes. Siendo que en aquél entonces yo tomaba asiento cerca de Lorenza Kitten erróneamente le confié el hecho de que ya había confrontado a Quijanitas en los pasillos y tenido una conversación con el director de la preparatoria, un tal Othón, quien se emborrachaba de regla en los juegos de los Naranjeros, pero dios guarde llegabas tarde a clase, porque te gritaba con aliento a crudo que tenías que guardar responsabilidad.

En mi mente, después del intercambio de información, hubo un acuerdo, y el acuerdo era el siguiente: Si Quijanitas salía con las mismas chingaderas y no escuchaba la voz de los alumnos, el grupo entero se levantaría de sus asientos y desalojaría la clase en protesta.

Acto seguido, en la siguiente clase con Quijanitas, Lorenza, Hilario y Marina tomaron la iniciativa de hablar con el expublicista que para nada quería escucharlos, y yo vi con mis dos ojos de ser humano cómo se hacían chiquitos esos tres, cómo se desinflaban, así que irrumpí en la conversación, haciéndole frente también al mal maestro. Y ahí fue que sucedió:

“¡Si no le gusta la clase, ahí está la puerta!”

Curiosamente me lo dijo a mí solamente, no a los tres anteriores. Y sí, ahí estaba la puerta. Me levanté del viejo mesabanco, pensando que el acuerdo seguía en pie, pero al acercarme al umbral me di cuenta de los sonidos, o más bien, la ausencia de los mismos: volví la mirada y el grupo entero se estaba haciendo pendejo, unos con la cabeza refundida en un cuaderno que estaba de sobra, ya que no había notas que tomar, y otros simplemente viéndome con esa mirada acusatoria donde yo era el que estaba mal, yo era el pinche mamón rebelde que quería hacérsela de pedo al maestro. A huevo (ut ovum, decían los romanos).

¿Y ellos? ¿Una bola de antipáticos pusilánimes sin los huevos suficientes para hacer frente físico ante lo que ya habían acordado estaba mal? No sé, ya que no me quedé a averiguarlo.

Caminé por los pasillos y fui directamente a la oficina de ese Othón, quien primero trató de “hacerme el favor” diciendo que no fuera tan “así” con el maestro y que no iba a poner el reporte de que “me sacaron del salón”. A lo que le dije: “No sé si no me escuchó, pero a mí no me sacaron del salón, ya he hablado con usted al respecto y le dije que yo decidí salirme del salón por mi propia voluntad”.

La situación nunca fue resuelta. Sí, mis padres tuvieron una reunión con Quijanitas, Othón y el director general, Jorgito, el más chiquitito. Donde, me confiaron mis progenitores, mi padre le dijo a Quijanitas: “¿Es que usted está pendejo o se hace? Ya le dijimos tres veces que estamos aquí respecto a nuestro hijo”; al parecer Quijanitas les hablaba a mis padres respecto a “su hija” (y en honor a la verdad, sí tengo una hermana quién asistió a la misma preparatoria, pero quien no había “protestado” esa clase).

Entendí entonces que la preocupación de los demás no era el bien común, ni el bienestar como alumno dentro de una institución de paga (pa’cabarla de chingar), ni el hecho de que se nos decían cosas chovinistas y misóginas cuando estábamos “a un paso de ser adultos” (como se nos repetía, curiosamente en esa clase, ad absurdum).

Al parecer los demás, ya que descubrí después esa era la preocupación de Lorenza Kitten, Hilario Luis y Marina Cerecita, se preocupaban solamente por su calificación individual, y el impacto que esa pinche clase balazo de “Ética y Realidad” tendría en sus boletas y su inscripción a la UVM (en aquel entonces UNO), Tecnológico de Monterrey y la UNO (hoy UVM), respectivamente.

A ellos les valía madre si alguien en realidad estaba incómodo por lo que se decía o si yo era suspendido o sufría consecuencias adversas al protestar lo que ellos mismos habían dicho protestarían. El interés de ellos y, nuevamente por inclusión, el del resto del grupo escolar era su propio beneficio.

No es una queja, es universal. De igual manera he tenido conversaciones con personas afroamericanas que me reclaman por supuestamente demeritar el sufrimiento de sus ancestros, que me reclaman el no estar lado a lado con ellos y gritar y reclamar que sus vidas importan. Nunca he dicho que no importan.

Lo que sí he escuchado, y de parte de ellos tambor, es una demeritación respecto a mi vida y la vida de mis padres, porque al parecer no importa que se nos haya insultado diciéndonos “wetbacks”, “illegals”, “beaners”, “spicks” y otros adjetivos negativos raciales. Eso no importa, ya que: your parents were never slaves, it doesn’t even compare! (“tus padres nunca fueron esclavos, no hay comparación) (como nota aparte, debo recalcar que los padres de personas afroamericanas contemporáneas técnicamente tampoco fueron esclavos, la emancipación ocurrió antes del año 1900).

Yo no voy a hacer de menos el sufrimiento de otros, pero no me pidas que esté lado a lado junto a ti peleando por lo que piensas sea tuyo. No lo haré.

¿Por qué? Porque nadie ha visto por mi beneficio más que yo mismo. No demeritaré tu lucha, pero tampoco participaré en ella, y no te pido que participes en la mía. Sé que no lo harás.

Eso, damas y caballeros, es cinismo. No hipocresía.

 

 

El Alí. No soy de donde vivo, ni vivo de donde soy; pero si pienso lo que digo, puedo decir lo que pienso.


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