Luces y sombras: Como bolsa de palomitas en el microondas

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Por: Armando Zamora
Armando ZamoraHace unos cuantos años, un tremendo amigo que tengo, que además es dramaturgo, me recibió en su oficina con estas aladas palabras: «Si vieras, Armando, cómo tengo ganas de escribir, me siento como vieja panzona a punto de parir».

Yo nomás lo vi así como medio extraño y le dije: «Pues qué interesante, ¿no?, yo cuando traigo la necesidad de escribir, me siento como bolsa de palomitas Act II después de 2.5 minutos adentro del microondas: a punto de reventar, pero nunca he tenido el gusto de sentirme preñado sabrá dios por quién o por qué animal de la poesía —le señalé, y agregué—: ¿será cuestión de gustos o desviaciones?»

Después, la plática degeneró en cuestiones literarias que no vienen al caso. Lo verdaderamente importante fue ese intercambio de metáforas nada felices sobre el momento creativo, el soplo divino que hace que los hombres simples y mortales se conviertan en el dedo de dios y escriban historias sacadas quién sabe de dónde, jirones de vida que se dejan en la página, golpe a golpe verso a verso, como si en ello se jugara uno el destino de la humanidad.

Hasta hoy, quienes se han atrevido a investigar acerca del momento creativo han topado con hueso; es decir, se han quedado en las mismas: sin avance, sin llegar a nada claro sobre ese particular fenómeno.

Podría, como se puede todo, verse desde mil perspectivas y tener respuestas simplistas que al fin de cuentas nada esclarecen: “Escribir es una necesidad”, dicen algunos; “Escribir es un acto guiado por la inspiración”, dicen otros; incluso hay quienes se atreven a asegurar que los escritores, los artistas en general, son seres tocados por dios para que los incrédulos entiendan que a veces, en momentos de suma melancolía divina, el todopoderoso se avienta sus cheves y recita El brindis del bohemio de punta a punta, con lagrimita, suspiro y todo, y que es cuando se desatan esas tempestades terribles que pueden borrar una ciudad del mapa, o abrirse la temporada de huracanes en el Pacífico, con nombres que nada tienen que ver con la literatura o las demás manifestaciones artísticas.

Y ya como colofón de la química metabólica, hay científicos que aseguran que la inspiración es sólo una reacción química propia de los seres vivos con sus cadenas de ADN debidamente conformadas y retratadas por la química hermosillense Gloria Paz León.

Como sea, el momento creativo tiene que ver más con el ser humano que con la presencia de dios; es decir, es parte de una habilidad particular que se va desarrollando en la medida que se practica.

Aunque en algunos zoológicos de Japón y Estados Unidos, los elefantes han demostrado aptitudes artísticas y se han echado en tropel a pintar cuadros y más cuadros que los directivos han vendido —sin importar mucho ni la calidad de la pintura ni su propuesta estética— en verdaderas fortunas que uno no alcanza ni vendiendo todas las ediciones juntas de sus libros.

Así que podemos ampliar lo dicho anteriormente y decir que el momento creativo tiene más que ver con la esencia animal que con la presencia de dios. En fin: cosas de la zoología.

Y en esto, como en la práctica de la política, no hay edad fija para empezar o terminar de ejercer el oficio: ahí tienen ustedes a las juventudes revolucionarias de todos los partidos políticos y a los personajes dinosáuricos que juegan a dominar a las masas con demagógicos trucos, sino verdadero abanderado del ejercicio liberador de la sociedad y que, con el transcurso del tiempo. Lo interesante del asunto es que en el arte sucede lo mismo: hay quienes a los 12 años son ya unos verdaderos e insoportables genios como Mozart, y otros, como José Saramago, uno de los más recientes Premio Nobel de Literatura, que ha confesado que empezó a escribir sus novelas a los 60 años.

Octavio Paz, a sus ochenta años, ya era un ícono en la literatura mundial, el caudillo de las letras mexicanas, enamorado de la gloria y del poder sin medida y bendecido por los gobiernos como la máxima figura de la intelectualidad náhuatl, gracias a su invaluable obra.

En palabras irreverentes, Octavio Paz era el Fidel Velásquez de la literatura mexicana, tanto por su edad como por su influencia en los medios, en el pensamiento de los gobernantes y en la tradicional conferencia de prensa de los lunes (Paz la hacía los jueves, hubiera o no representantes de la prensa).

Yo sigo pensando que el momento creativo tiene que ver más con el ser humano que con la presencia de dios; tiene que ver con esa parte del ser que muestra una habilidad particular que se va desarrollando en la medida que se practica.

A ver, una pregunta de opción múltiple: en su tiempo, ¿por qué Barry Bonds bateaba tantos jonrones en las Ligas Mayores?:

a) ¿Porque estaba fortachón y tenía una excelente vista?
b) ¿Porque consumía esteroides como si fueran chochitos de homeópata?
c) ¿Porque conocía a los lanzadores contrarios y, en consecuencia, sabía cuál sería la siguiente pitcheada?

En rigor, cualquiera de estas preguntas pudiera ser la clave de los jonrones de Bonds, pero en el fondo sabemos que eso no es cierto, porque en su tiempo hubo y hoy hay más de un centenar de jugadores en las Ligas Mayores tanto o más fortachones que el susodicho.

Igualmente, hay una cantidad desconocida, pero enorme, de beisbolistas que consumen andropina, e inevitablemente, con el transcurrir del tiempo, los jugadores llegan a conocerse tanto que saben cuál será la siguiente pitechada; sin embargo, pocos son los beisbolistas que conectan un número significativo de cuadrangulares, pero que no se acercan ni remotamente a los números de Bonds.

Así que para descifrar el misterio de los jonrones de este señor, hay que buscar en otros lados, en lugares que ni siquiera se perciben porque no están a la vista: acaso sea una habilidad innata que se va perfeccionando con la práctica, el estudio de la mecánica corporal y de la fisiología humana, y el consumo de esteroides, claro, con el solo fin de conectar más y más cuadrangulares, lo que envilece a la ciencia.

Pero finalmente, para eso le pagaban a Barry Bonds: para sacarle jugo a su habilidad y pegar jonrones como si fueran promesas de políticos en campaña.

Otra pregunta: ¿Por qué Abigael Bohórquez es uno de los mejores poetas, acaso el mejor, que ha nacido en estas tierras?
¿Porque nació en Caborca? ¿Porque fue hijo único? ¿Porque vivió muchos años en el DF? ¿Porque convivió con importantes escritores?

Más que todo eso, porque venía marcado con una habilidad, no con un destino, y la desarrolló en un ambiente propicio y le dio vuelo a su imaginación y a su disciplina poética para dejarnos una obra que, pese a la muerte del poeta, durará acaso para siempre.

La misma pregunta y la misma reflexión son, por supuesto, válidas para cualquier manifestación artística, para cualquier artista, cualquiera que sea su disciplina, su trayectoria, su procedencia, su dirección, su ambiente, sus referentes culturales.

En el caso de Barry Bonds el lanzador que se le enfrentaba importaba tanto que sin el pítcher, Bonds jamás podría haber conectado un jonrón, ni siquiera un rodadito de foul por la tercera.

La ecuación «lanzador contra jonronero» es la base de cualquier cuadrangular que se conecte por éste u otro beisbolista en cualquier parque del mundo.

De igual manera, la relación «artista-realidad que lo rodea» es tremendamente importante para que el uno (es decir, el artista) intente seducir y transformar a la segunda (la realidad) y ofrecer una visión personal sobre los sucesos que nos transforman a diario, ya sea el amor, la vida o la muerte.

Pero volvemos a lo mismo: ¿qué hace que un artista se convierta en el pincel de “la inspiración” y nos pinte realidades paralelas a las que vivimos y nos interprete de manera diferente, no mejor o peor, los fenómenos que nos conforman como seres humanos?

No lo sé, sólo sé que el momento creativo es como el resfriado: no respeta edad, sexo, religión, nacionalidad o color de piel. Uno está propenso, en cualquier momento a adquirirlo, y de ese catarro puede surgir un nuevo Quijote de la Mancha o un poema que antes de terminar de escribirlo ya es un sólido candidato al olvido universal.

Uno puede nacer con un brazo potente, pero si no tiene una buena técnica y una buena pitcheada, jamás sacará outs.

Igual, alguien puede traer esa habilidad para escribir el mejor poema del mundo, pero si jamás lo redacta, o si lo redacta mal, quedamos en las mismas.

En esto no hay magia: el momento creativo surge en cualquier lado, y los temas no son tantos como para quebrarse la cabeza.

Lo difícil es el tratamiento, el desarrollo de la historia, y para hacerlo bien habrá que practicar y aprender las técnicas adecuadas para dar a conocer lo que uno quiere decir. Lo demás es lo de menos.

Finalmente, déjenme confesarles que sentirse embarazado, como mi amigo teatrero, o como bolsa de palomitas después de 2.5 minutos en el microondas, porque uno quiere ponerse a darle rienda suelta a la creatividad, es un placer sólo comparado con el clímax sexual, con el primer trago —largo y sin respirar— a una cerveza bien fría o con recibir el cheque quincenal con el triple de lo que uno esperaba. Sobre todo de esto último…

 

 

Armando Zamora. Periodista, músico, editor y poeta.
Tiene más de 16 libros publicados, 12 de ellos de poesía. Ha obtenido más de 35 premios literarios a nivel local, estatal y nacional. Ha ganado el Premio Estatal de Periodismo en dos ocasiones.  Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS). Una calle de Hermosillo lleva su nombre.


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