El disco que no sabías que necesitabas: Night Ranger – Dawn Patrol
Cuando el rock ochentero tenía más drama que una telenovela de horario estelar

Juan Pablo Feria
Hay una época en la historia del rock en la que las guitarras tenían que sonar enormes, los teclados debían brillar como escaparate de joyería y los vocalistas parecían estar permanentemente al borde de una ruptura amorosa. Bienvenidos a los años ochenta, donde hasta para terminar una relación había que meter un solo de guitarra de dos minutos.
De esa efervescencia musical surgió el AOR (Adult Oriented Rock), un subgénero que tomó elementos del hard rock, el pop rock y el rock progresivo para construir canciones de sonido elaborado, melodías accesibles y estribillos diseñados para quedarse dando vueltas en la cabeza. Una fórmula que encontró su lugar en la radio y que, para principios de los ochenta, ya tenía suficientes representantes como para llenar varias cuadras del Tianguis del Chopo.
En medio de aquel mercado bastante competido apareció Night Ranger, banda originaria de San Francisco, California, que en 1982 publicó su álbum debut, Dawn Patrol. Y debo decir que, aunque no estamos ante una revolución musical ni ante un disco que vaya a cambiarte la manera de entender la existencia, sí estamos frente a un trabajo bastante disfrutable, con una combinación de hard rock melódico, buenos arreglos y guitarras que tienen mucho más que ofrecer que acompañar al cantante mientras sufre por alguna mujer.
La experiencia previa de sus integrantes en bandas como Rubicon parece haberles dado cierta ventaja a la hora de construir canciones con arreglos ingeniosos y una producción bastante pulida. Encontramos guitarras dobles, buenos intercambios entre riffs y teclados, voces melódicas y una instrumentación que sabe cuándo ponerse musculosa y cuándo dejar espacio para la melodía.
El disco abre con “Don’t Tell Me You Love Me”, una declaración bastante peculiar para cualquier relación sentimental: no me digas que me amas, pero tampoco te me vayas. Una especie de contrato de amigos con derechos redactado por alguien que escuchaba demasiado rock. Musicalmente es una excelente carta de presentación, con una introducción efectiva, un gran trabajo de guitarras y un estribillo pegajoso que deja claro por dónde irá buena parte del álbum.
“Sing Me Away” mantiene esa fórmula melódica, aunque con un tono un poco más ligero. Es de esas canciones que parecen diseñadas para viajar en carretera con el estéreo a todo volumen y el cabello ondeando al viento, suponiendo que todavía tengas suficiente cabello para semejante actividad.
En “At Night She Sleeps” entramos de lleno al melodrama. El protagonista descubre que la mujer que ama está con otro, pero en lugar de aceptar la realidad y buscarse una actividad productiva, se dedica a imaginar que ella todavía piensa en él cuando está sola por las noches. Incluso llora mientras contempla su fotografía. Estamos ante un romántico de tiempo completo, de esos que hoy tendrían tres cuentas alternas para revisar las historias de su ex. La canción, por fortuna, es bastante más atractiva musicalmente que las decisiones sentimentales de su protagonista.
Con “Call My Name” el drama continúa. Aquí tenemos a un sujeto que escucha la voz de su antigua pareja por todas partes, hasta que la realidad urbana parece confundirse con sus recuerdos. Una especie de telenovela protagonizada por alguien que no distingue entre un llamado de amor y el claxon de un camión. La canción tiene un arranque con piano, algunos elementos ambientales y una estructura que se acerca a la power ballad. Muy ochentera, muy sentimental y con suficientes motivos para que alguien termine mirando por la ventana mientra
Pero no todo es sufrimiento amoroso. “Eddie’s Comin’ Out Tonight” nos lleva a las calles nocturnas, los zapatos italianos, la ropa ajustada y esas decisiones cuestionables que suelen tomarse cuando uno quiere aparentar más dinero del que realmente tiene. Es una canción energética, con guitarras gemelas intercambiando protagonismo con los teclados y estribillos que prácticamente exigen ser gritados. Aquí Night Ranger demuestra que puede rockear con bastante contundencia sin perder su vocación melódica.
En “Can’t Find Me a Thrill” aparece otro de los grandes temas de la época: el exceso. Fama, mujeres, placeres y una vida aparentemente emocionante que termina convertida en una colección de momentos vacíos. El protagonista busca recuperar aquella sensación de felicidad que parece haber perdido en el camino. Musicalmente destaca por un riff distorsionado que se acerca bastante al heavy metal, una agradable sorpresa dentro de un disco predominantemente melódico.
“Young Girl in Love” nos devuelve al terreno de las relaciones complicadas. Tenemos a un hombre dispuesto a convertirse en refugio emocional de una mujer que todavía no supera a su anterior pareja. Él está listo para ofrecerle cariño, comprensión y probablemente hasta pagarle el Uber, mientras ella sigue sin decidirse. Un auténtico rogon migajero, pero con sintetizadores y guitarras de 1982.
En “Play Rough” las cosas se ponen un poco más atrevidas. La canción utiliza imágenes de apuestas, juegos de azar y encuentros nocturnos para hablar del deseo, la seducción y los riesgos de involucrarse en situaciones que uno cree tener bajo control. Tiene buenos riffs, un sonido comercial y suficiente energía para recordarnos que divertirse está muy bien, pero que los excesos siempre terminan pasando factura. Como diría cualquier madre mexicana: tú sabrás lo que haces, pero luego no vengas llorando.
“Penny” es otro de esos retratos femeninos tan característicos del rock ochentero: una mujer encantadora, impredecible y experta en tener al protagonista completamente desconcertado. Él cree que ya entendió su personalidad, que tiene su número y que sabe cómo funciona el juego, pero en realidad sigue atrapado en sus encantos. La canción tiene un excelente trabajo de guitarra, especialmente alrededor del minuto 2:40, donde la lira se suelta y nos recuerda que estos músicos también saben hablar sin necesidad de letras cursis.
Finalmente, el álbum cierra con “Night Ranger”, una canción que funciona como una especie de declaración de principios sobre la vida nocturna: conciertos, romances fugaces, cuero, rebeldía y esa sensación de invencibilidad que solamente parece durar hasta que amanece. Comienza con una estructura bastante reconocible dentro del rock de la época, pero va ganando intensidad hasta desembocar en un solo de guitarra que levanta considerablemente la temperatura. Una buena manera de despedir el disco.
Un debut que merece una vuelta al reproductor
Dawn Patrol es un debut bastante sólido y, probablemente, uno de los trabajos más interesantes de Night Ranger dentro de su etapa inicial. Su principal virtud está en encontrar un equilibrio entre la accesibilidad del AOR y la fuerza del hard rock, sin caer constantemente en la tentación de convertir cada canción en una balada interminable de esas que parecen durar lo mismo que una fila para pagar en el SAT.
No hay aquí una reinvención del género, pero sí composiciones bien construidas, guitarras con personalidad, teclados utilizados con inteligencia y melodías que funcionan. Es un disco que representa bastante bien aquella época dorada del hard rock comercial de principios y mediados de los ochenta.
Curiosamente, Night Ranger fue una de esas bandas que durante mucho tiempo pasaron prácticamente desapercibidas para mí. Recuerdo haber visto sus discos en los aparadores de las tiendas, pero, salvo por “Don’t Tell Me You Love Me”, no tenía demasiado contacto con su música. Quizá no tuvieron tanta difusión en mi entorno o simplemente no coincidieron con mi momento musical.
Esta reseña, además, tiene un motivo especial: fue una petición de mi primo Javier, quien sí es fan de hueso colorado de la banda. Así que va con cariño para él, porque nunca es tarde para descubrir un buen disco, aunque sea por recomendación familiar.
Y si algo me deja Dawn Patrol es la impresión de haber encontrado una banda que tenía bastante claro cómo hacer rock melódico, entretenido y con suficiente músculo para no quedarse solamente en los coros pegajosos.
Ahora cuéntame: ¿qué opinas de Night Ranger?, ¿eres de los que crecieron escuchando sus discos o también los tenías pendientes como yo? Déjame tus comentarios y comparte esta reseña. Ayudarás a que más gente descubra música que merece salir del aparador y volver a sonar en los reproductores.

Juan Pablo Feria Gómez es ingeniero en tecnologías de la información y consultor con amplia experiencia en redes, Linux e infraestructura tecnológica. Cuando no está resolviendo problemas inexplicables en equipos de red, está explorando la historia de la música, desempolvando discos y encontrando las historias que se esconden detrás de cada álbum. En esta columna combina sus dos grandes pasiones: la precisión de la tecnología y la emoción de la música.
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