jueves, agosto 6, 2026
ColumnaLa Policía Energética

La Policía Energética: Los invisibles, La eficiencia y la seguridad no se ven, pero se sienten

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Por Ana Sotomayor
Ana SotomayorEn días pasados, Elsa González, la “Morra de los Cargadores”, compartió en sus redes sociales una fotografía que me heló la sangre, no por lo que mostraba, sino por lo que revelaba: un “diablito” improvisado en un parque de Hermosillo, alimentando la carga de un vehículo eléctrico. Sí, leyeron bien. Un auto del futuro, enchufado a una instalación peligrosa e improvisada.

Elsa reflexionaba en su publicación sobre cómo la infraestructura pública ya convive con la electromovilidad, pero la cultura eléctrica (y la seguridad del sistema) aún no han llegado a ese mismo lugar. Y tiene toda la razón.

 

El monumento a la ignominia

Ustedes creen que la persona que hizo esa conexión verificó la capacidad del transformador del que se alimenta. ¿Creen que el cable con el que “bajó” la energía para cargar su auto cumple con la normativa de instalaciones eléctricas? ¿creen que comprobó que la instalación cuenta con una tierra física para evitar descargas parásitas? ¿creen que pensó en lo inseguro que puede ser para cualquier humano, mascota o ser vivió cercano a esa instalación? Claro que no. Esa imagen es un monumento a la ignominia. Y también es una prueba de que el problema muchas veces no es la tecnología, es la falta de cultura eléctrica.

La eficiencia energética y el mantenimiento de un sistema eléctrico tienen mucho en común: cuando funcionan bien, nadie los ve. No hay un premio por un transformador que no explota. No hay un reconocimiento por una instalación que no da toques. No hay un aplauso por un sistema que no se sobrecalienta, ni se incendia. Pero cuando fallan, son muy visibles. Y las consecuencias no son solo económicas: son peligrosas.

Un diablito como el de la foto no es un “detalle menor”. Es una fuga de energía. Es un riesgo de incendio. Es una sobrecarga que puede dañar el transformador de toda la cuadra. Y cuando el transformador truena, no solo se queda sin luz quien hizo la conexión: se quedan todos. Pero aquí, le debemos sumar el riesgo de incendio de un auto eléctrico en una zona muy pública.

 

El eslabón perdido: la cultura eléctrica

Hemos hablado en esta columna del “efecto rebote solar”: la tendencia a consumir más energía después de instalar paneles, bajo la falsa percepción de que ahora es “gratis”. Este una variante de ese mismo fenómeno, pero en otra presentación: la emoción por la electromovilidad sin entender que la electricidad no es un juguete.

Un vehículo eléctrico no es un celular que conectas a cualquier puerto USB. Es una carga que demanda mucha energía, durante mucho tiempo, en un punto específico. Y si ese punto no está diseñado para soportar esa demanda, el sistema sufre, pero también el auto.

La eficiencia energética no es solo cambiar focos o poner paneles solares. La eficiencia energética depende del mantenimiento continuo y de la seguridad de los sistemas. Un sistema bien dimensionado, con las protecciones adecuadas y bien mantenido, es lo más eficiente que existe.Y eso requiere cultura eléctrica. Eso requiere entender que cada conexión tiene un límite. Que cada cable tiene un calibre. Que cada instalación necesita una tierra física. Que cada transformador tiene una capacidad. Eso requiere saber que no se puede improvisar con algo tan peligroso como la electricidad.

 

La paradoja de la electromovilidad

La electromovilidad es necesaria. Es el futuro. Es una herramienta para reducir emisiones y mejorar la calidad del aire. Pero no puede ser un salto al vacío.

Cuando conectas un auto eléctrico a un cargador, por ese cable no solo circula energía, también viaja un protocolo de comunicación que permite que el vehículo y la infraestructura de carga “dialoguen” para que la transferencia de electricidad sea segura, controlada y eficiente.

Este diálogo no es opcional: es parte de estándares internacionales como ISO 15118 o el protocolo OCPP (Open Charge Point Protocol), que coordinan desde la autenticación del usuario y el inicio de la carga hasta la medición del consumo y el fin de la transacción. Antes de que fluya un solo ampere, el cargador debe verificar la identidad del vehículo, negocia la potencia y establece parámetros de seguridad mediante intercambios de mensajes cifrados .

Y esto no es un detalle menor. Si ese diálogo se cancela, interrumpe o se manipula, el sistema puede volverse vulnerable. Por eso la comunicación no es un lujo tecnológico: es una capa de seguridad que protege tanto al auto como a la red eléctrica y al bolsillo del usuario.

Por eso duele ver un “diablito” para cargar un auto eléctrico. Porque esa conexión, además de ser una violación a la normativa eléctrica, ignora por completo el protocolo de comunicación que hace segura la carga. No hay diálogo, no hay autenticación, no hay control. Solo un cable que lleva energía bruta, sin inteligencia, sin seguridad, sin responsabilidad. Esa es la diferencia entre cargar un auto y jugar a la ruleta con la electricidad y la seguridad de los vecinos. Si queremos que los autos eléctricos sean parte de la solución, también tenemos que construir la cultura eléctrica que los acompañe, porque de nada sirve un auto que no contamina si la energía que lo alimenta viene de un diablito que pone en riesgo a toda una colonia.

La foto de Elsa es un recordatorio de que la eficiencia energética y la seguridad eléctrica son dos caras de la misma moneda: un sistema bien hecho es un sistema que ahorra energía, que protege a las personas y que dura más tiempo.

Los invisibles, el cumplimiento de las normas, el calibre de los cables, las tierras físicas, los mantenimientos, son los verdaderos héroes del sistema eléctrico. Y cuando los ignoramos, cuando los improvisamos, cuando los tratamos como un detalle menor, estamos atentando contra nuestro propio bienestar.

La Policía Energética sigue patrullando. Hoy, con los ojos bien abiertos para ver lo que otros prefieren ignorar.

Si han visto diablitos en su colonia o en su trabajo, si han notado instalaciones eléctricas que no cumplen la normativa, o si quieren saber cómo revisar su propia instalación, mi correo sigue abierto: Sotomayor.anam@gmail.com

Gracias a La Chicharra y hasta la próxima semana.

 

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Separador - La Chicharra

Ana Sotomayor es graduada en Administración de empresa y candidata a maestría en Sustentabilidad (si todo sale bien). Su experiencia profesional incluye proyectos de eficiencia energética y energías renovables, y es una hábil profesional en el sector de la administración de la energía. Sus habilidades incluyen el identificar, evaluar y presentar de una manera entendible las oportunidades en el uso eficiente de la energía y sus aplicaciones. Tiene experiencia en servicios de consultoría de sustentabilidad y ha presentado soluciones y programas eficaces de manejo eficiente de la energía para distintos clientes incluyendo el sector privado, y gobiernos estatales y municipales. Actualmente tiene su propia firma de consultoría dedicada a la realización de auditorías energéticas, perfiles de consumo de energía, capacitación y trámites para la participación en el Mercado Eléctrico Mayorista. Su experiencia anterior incluye puestos administrativos y financieros en industrias medianas.

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