La Policía Energética: El Mar y la Energía
Por Ana Sotomayor
Queridos lectores de La Chicharra, qué gusto reencontrarme con ustedes en esta nueva entrega de La Policía Energética. Hoy quiero invitarlos a mirar hacia el mar, ese inmenso territorio azul que cubre la mayor parte de nuestro planeta y que, sin que muchas veces lo notemos, sostiene una parte fundamental de nuestra vida cotidiana.
Y es que el mar y la energía tienen una relación mucho más estrecha de lo que parece. Por un lado, una porción importante del petróleo y el gas natural que consumimos se extrae de plataformas marinas, esas estructuras imponentes que vemos en fotografías o documentales, enclavadas en medio del océano. Pero la conexión no termina ahí: el mar es también la principal arteria por donde circula la energía que mueve al mundo. Buques tanqueros, metaneros y embarcaciones especializadas recorren rutas interminables para llevar petróleo sin refinar, gasolinas, gas natural licuado y gas LP desde los países productores hasta los países consumidores. Sin el mar, el comercio energético global sencillamente no existiría como hoy lo conocemos.
Esta semana, dos noticias nos recuerdan con crudeza lo dependientes que somos de ese vínculo.
La primera viene del otro lado del mundo, pero nos toca de cerca. Irán declaró como “cerrado” el estrecho de Ormuz, una angosta franja de agua por donde transita aproximadamente el 20% de la energía que se demanda globalmente. Esa declaración, más allá de su retórica, pone a temblar los mercados porque implica que una parte considerable del suministro energético mundial podría quedar bloqueada.
¿Y qué tiene que ver esto con nosotros, con los mexicanos y mexicanas que cada mes revisamos el recibo de la luz o el costo del gas en nuestra colonia? Mucho. Cuando el petróleo, uno de los principales energéticos que cruzan ese estrecho, no puede llegar a donde se requiere, su precio se dispara. Y no solo eso: las guerras, como bien sabemos, son voraces consumidoras de energía. Pero hay otro efecto más sutil y que merece nuestra atención: Europa depende en gran medida del gas natural licuado. Si no puede obtenerlo de esa zona, lo demandará de Estados Unidos.
Y aquí está el punto clave. Estados Unidos tiene gas natural en abundancia, pero no cuenta con la capacidad suficiente para licuarlo (convertirlo en líquido) de inmediato para atender un incremento repentino de la demanda. Esto mantendrá, por ahora, los precios del gas natural en niveles relativamente estables. Sin embargo, ya se están haciendo inversiones para ampliar esa capacidad de licuefacción. En cuanto entren en operación, la demanda de gas para licuar se multiplicará. Y ahí, mi queridos lectores, es donde México puede estar en problemas. Por si no lo sabían, el 60% del gas natural que usamos en nuestro país proviene de Estados Unidos. Cualquier tensión en esa cadena se refleja tarde o temprano en nuestra economía y en nuestra seguridad energética. Así que si de por sí no nos gusta la guerra esta es otra razón por la que hay que rezar para que se termine lo antes posible.
La segunda noticia nos duele más de cerca, en nuestras propias aguas. En el golfo de México se registró un derrame de hidrocarburo que, al parecer, ha estado fuera de control. Mientras Pemex y algunos de sus contratistas se echan la bolita sobre responsabilidades, la mancha ya se extiende por varios kilómetros. Se han realizado trabajos de recuperación y remediación, sí, pero los impactos ecológicos ya son enormes.
Un derrame de hidrocarburo no es solo una mancha oscura en el agua. Es un asfixiante silencioso. La flora y fauna marina no pueden sobrevivir en un ambiente donde el petróleo agota el oxígeno disponible. Los ecosistemas que tardaron décadas en consolidarse se ven afectados en cuestión de días. Y detrás de ellos, hay familias enteras que dependen del mar para su sustento: pescadores, prestadores de servicios turísticos, pequeñas cooperativas que hoy ven amenazada su economía. No se trata solo de un desastre ambiental; es también un desastre social.
Así las cosas, el mar nos sigue mostrando su doble rostro: es la vía que nos conecta con la energía que necesitamos, pero también el espacio frágil donde nuestros descuidos y nuestras disputas dejan heridas profundas.
Nos toca, como siempre, informarnos, cuestionar, exigir transparencia, pero también entender que la energía no empieza ni termina en el enchufe de nuestra casa. Tiene rutas, tiene actores, tiene vulnerabilidades. Y nosotros, como ciudadanos, tenemos el derecho y la responsabilidad de preguntarnos: ¿quién responde cuando un derrame contamina nuestro golfo? ¿cómo nos preparamos como país ante las tensiones geopolíticas que afectan el precio de la energía que consumimos?. Como ciudadanos y como policías energéticos nos corresponde pedir rendición de cuentas y sobre todo soluciones que restauren lo antes posible el equilibro en la zona.
Desde nuestra trinchera, podemos seguir sumando a esa ola verde que entre todas y todos estamos construyendo. Con conciencia, con exigencia, con acciones concretas.
Nos vemos la próxima semana.
Si tienen dudas, comentarios o quieren compartir sus propias historias, mi correo sigue siendo Sotomayor.anam@gmail.com.
Gracias a La Chicharra y hasta pronto.

Ana Sotomayor es graduada en Administración de empresa y candidata a maestría en Sustentabilidad (si todo sale bien). Su experiencia profesional incluye proyectos de eficiencia energética y energías renovables, y es una hábil profesional en el sector de la administración de la energía. Sus habilidades incluyen el identificar, evaluar y presentar de una manera entendible las oportunidades en el uso eficiente de la energía y sus aplicaciones. Tiene experiencia en servicios de consultoría de sustentabilidad y ha presentado soluciones y programas eficaces de manejo eficiente de la energía para distintos clientes incluyendo el sector privado, y gobiernos estatales y municipales. Actualmente tiene su propia firma de consultoría dedicada a la realización de auditorías energéticas, perfiles de consumo de energía, capacitación y trámites para la participación en el Mercado Eléctrico Mayorista. Su experiencia anterior incluye puestos administrativos y financieros en industrias medianas.

