Imágenes urbanas: El mejor de los perfumes

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
De compras en el centro de la ciudad pasé por una botica-perfumería, olía muy bien, así que me detuve y entré, grande fue mi sorpresa al ver un frasco en cuya etiqueta se leía “Loción Siete Machos”, abrí la botella, olí y recuerdos de mi niñez vinieron a mi mente:

Era famoso el “Pelaquinientos” allá en mi pueblo Cuauhtémoc, Colima, 1,500 kilómetros al Sur de Hermosillo, ubicado en una de las faldas del Volcán de Fuego.

José (a) “Pelaquinientos”, era el peluquero de los pobres, de los abajeños y cobraba a peso el corte, el apodo le venía porque, según la imaginación popular, podía hacer hasta quinientas peluquiadas ¡En un solo día! Don Isaac era el peluquero de los ricos, de los alteños y cobraba a 10 pesos el corte, así que entre broma y no se escuchaba entre los abajeños que 10 cabezas de los pobres equivalían a una cabeza de los ricos.




A José, el “Pelaquinientos”, le enseñaron a cortar el pelo los soldados cuando prestó el servicio militar allí en el pueblo, don Isaac había aprendido en la ciudad de Colima, a quince kilómetros de Cuauhtémoc, en la famosa peluquería “Los Portales”, contra esquina de catedral (por cierto siempre se dijo que en esa casa había nacido quien posteriormente llegaría a ser Presidente de la República de 1982 a 1988, Miguel de la Madrid Hurtado).

A finales de los años 50s y principios de los 60s del siglo pasado, ir con José el “Pelaquinientos” constituía una de mis más grandes y bellas experiencias de la infancia, cómo no, allí acostumbró cortarse el pelo mi padre, quien perdiera la vida teniendo yo apenas 4 años y allí, con el “Pelaquinientos”, escuchaba las pláticas de quienes fueron sus amigos y me hablaban de él, cómo era, qué pensaba.




Más seguridad me daba el “Pelaquinientos” (campesino que además del cultivo de la tierra complementaba sus ingresos pecuniarios con el corte de pelo, 35 años, 1.75 de estatura, moreno, fuerte, musculoso, de carácter a la Pedro Infante) porque mi papá y mamá habían sido sus padrinos de boda, me sentía el más feliz de los mortales cuando delante de todos me preguntaba: “¿Y mi madrina Andrea cómo está?”.

En aquella peluquería, donde diez cabezas de abajeños equivalían a una cabeza de alteño,  recibí mis primeras clases de sociología, economía, política y religión.




Allí escuché por ejemplo, como si lo hubieran visto en una bola de cristal, la suerte de don Isaac:

– Isaac es de los nuestros, de abajo, pero la ambición lo va a perder, él quiere ser presidente municipal y lo de la peluquiada es puro pretexto para acercarse a los ricos, que son quienes realmente quitan y ponen autoridades-, decía uno.

– Cierto, al rato lo vamos a tener de presidente municipal, pero como nunca ha sentido el poder de seguro no va a entender que es de a mentiritas, se la va a creer, la va a regar y antes que termine su periodo lo van a quitar y por pena al fracaso hasta se va a tener que ir del pueblo-, agregó otro.




Y así ocurrió, al tiempo don Isaac fue presidente, se le subió el poder, los ricos le inventaron un chisme de carácter sexual y hasta se tuvo que ir del terruño.

Cuando terminaba el corte, “Pelaquinientos” acostumbraba frotarse las manos con loción “Siete Machos” y las pasaba por las partes rasuradas del cliente: patillas y parte trasera de la cabeza, me gustaba mucho su aroma, me representaba aquel hermoso mundo de la peluquería.

Una vez le dije: – José, véndeme un poco de ese perfume-, no lo podía creer cuando me dio una botella de a litro y me dijo, – toma, son cinco pesos, me los puedes ir pagando poco a poco.  Nunca como entonces rompí  con tanto gusto el cochinito de barro que me servía de alcancía y le pagué de golpe, la desilusión vino al día siguiente cuando al ir a la escuela (primaria) y que me puse “Siete Machos” por todo el cuerpo, los compañeros en tono burlesco (“bullyng” le llaman ahora), apretándose la nariz, me decían que apestaba a zorrillo.

Gratos recuerdos con el “Siete Machos”, para mí, el mejor de los perfumes.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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