martes, mayo 28, 2024
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Ludibria: Como si fuera verdad, Álex Ramírez-Arballo

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Ocurre que la realidad es superior a los sueños.
En vez de decir “déjame soñar”, se debería decir:
“déjame mirar”. Juega uno a vivir.
Jaime Sabines

 

Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraCon este epígrafe se abre el libro Cómo si fuera verdad de Álex Ramírez-Arballo, ganador del Concurso del Libro Sonorense en la categoría de crónica, en el año 2015. El autor nos advierte desde un principio de sus intenciones con este epígrafe: jugar a vivir. El juego no es sancionar la verdad como si ésta fuera única e irrepetible, aunque ésta se jure inmutable y eterna. El juego se trata de ponernos delante de los acontecimientos, dejándonos mirar, como si nosotros estuviéramos ahí, donde ocurren los hechos.

Dice Ramírez-Arballo en sus “palabras preliminares”: “Villoro dice que la crónica es un ornitorrinco, yo me decanto por otras posibilidades zoológicas: la crónica es un camaleón que simula con maestría los colores del entorno, que busca un efecto de invisible presencia, que juega y que nos sorprende siempre con el poder de su constante transmutación.” (p.11)




Cómo si fuera verdad logra este propósito con creces pues a lo largo de las cinco crónicas que lo integran el cronista se vuelve invisible, transmutándose con el ambiente para que seamos, en efecto, nosotros sus lectores los que somos conmovidos por el entorno descrito. Y esto lo logra a través de múltiples recursos de varia invención.

Por ejemplo, la crónica que abre el volumen (“El día que no debió ser jamás”) abre cediendo la voz a Julio César Márquez Ortiz, quien nos narra en primera persona su biografía, siendo el preámbulo de una desgarradora (pero sobria) remembranza del día que aún clama justicia al cielo por la sangre de los inocentes 49 niños cuyas vidas les fueron arrebatadas en un incendio por la avaricia y falta de medidas preventivas de la guardería ABC, que estallaron en la desgracia un día que, precisamente, “no debió ser jamás”. Cierra esta crónica una reveladora declaración del propio Julio César, padre de Yeyé (quien pereció aquel infausto 5 de junio de 2009), “Soy Julio César Márquez y a pesar de todo lo vivido puedo declarar, mirándote a los ojos, que no tengo odio en mi corazón”.(p. 38) El incendio en la guadería ABC es una herida abierta que no cerrará jamás. Y desafortunadamente la precariedad de las medidas preventivas para evitar que se repita una tragedia semejante es la dominante en todo nuestro país.

La segunda crónica del libro (“Miguel Méndez no existe”) habla de una experiencia (a veces en primera persona), de cómo conoció al famoso escritor sonorense que da título al relato. “Miguel es un hombre que parece tener la serena fuerza de un árbol” (p. 39), nos dice el cronista, y en efecto es la sensación que trasmina toda esta crónica-retrato, que echa raíces y da un tupido follaje. “Tiene el talante recio, el cuerpo endurecido por el trabajo físico y en el rostro una perpetua mueca muy próxima a la burla. Siempre anda bien peinado y con la ropa limpia.”(p. 40) Miguel es un hombre limpio, entregado a su oficio de escritor. “En Miguel Méndez hay imaginación, memoria e historia. No hay fronteras claras entre lo que se dice y lo que se escribe: todo vale. Bien puede decirse que la escritura va delimitando una geografía, un territorio apropiado por las historias que se van contando.” (p. 41) Otro tanto pudiera decirse de las crónicas de Ramírez-Arballo: Va delimitando en el desierto o en el bosque o en otro paisaje el lugar propicio para que sus personajes palpiten, respiren, miren y caminen. Es también un lugar habitable para sus lectores, una casa propicia para convertirse en hogar. Una gran fiesta donde la vida reina. Una celebración del amor y la amistad propias de una creatura del desierto como es el autor de este libro. De hecho, en alguna ocasión Ramírez-Arballo declaró que el desierto es su única patria. Condición que lo hermana con Miguel Méndez, escritor también de hondas raíces sonorenses. O tal vez no: “Miguel Méndez no existe, consiste, y así es que habrá de perdurar en su patria de palabras purísimas” (p. 62)

Un tercio más de crónicas cierran el volumen, a saber: “Chuy, juega como Makéléle”, “El arroz del emperador”, “Aquí no ha pasado nada”. Quisiera quedarme con las palabras finales del libro: “Respiro y me acuesto: la alfombra vegetal está fresca y entonces me doy cuenta, bañado por la tibia luz del medio día, de que fue una muy buena idea haber nacido.” (p. 128)

 




*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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