Basura celeste: A los que resisten honestamente

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Por Ricardo Solís
A finales de la década de los treinta, mis abuelos se conocieron gracias a que ambos eran maestros de primaria en una misma comunidad. Con el tiempo, entre sus hijos también hubo quien se dedicó a la enseñanza; así las cosas, mi madre tuvo (a diferencia de sus progenitores) acceso formal a una educación que –en teoría– preparaba para presidir el aula y llevar la luz del conocimiento a tanto infante iletrado de aquellos lares, acabó pagando una enorme cuota de desgaste físico a lo largo de casi 50 años de labor en aulas donde todo se modificaba, desde el material de los pizarrones hasta el olor de los productos de limpieza o la variable actitud de alumnos que enfrentan a la autoridad desde una experiencia que deja de reconocerse de una generación a otra.

Mi madre impartió clases en varias escuelas, envejeció dedicada a una profesión que demandaba de ella compromiso y dedicación, pero que a un tiempo pedía un nivel de resistencia inaudito para lidiar con el fracaso cotidiano y las carencias materiales; eso, claro, sin contar con que llegaba cada día a su hogar para enfrentar una jornada complementaria y extenuante, padeciendo cinco hijos, un marido y diversas casas que generaban gastos y propiciaban deudas (la descripción queda en esto, porque a detalle merece cientos de páginas que no se escribirán con justicia).




Acompañé a mi madre a “sus” aulas antes de pertenecer a las mías; en una era sin guarderías y con una abuela no siempre dispuesta, en muchas ocasiones pasé la mitad de mis días en un banco, a un lado del escritorio desde donde mi mamá explicaba, escribía, contaba, reía, dictaba, emitía un grito o blandía la madera contundente del ejemplo en busca de una justicia que no existe. Por eso, cada que llegué, ahora sí, al salón que me perteneciera, podía gustarme o no pero entendía la dinámica a la que iba a someterme (porque se trata de sometimiento, que no se engañen los ilusos).

Yo mismo, años después, estuve atado a la enseñanza, casi 16 años desperdigados en espacios bien o mal acondicionados, a cargo de estudiantes tan inteligentes como aptos para desilusionar al más pintado. No puedo negarlo, si hoy día hace más de una década que no piso un aula es porque me ha vencido el desencanto, lo que me hace respetar profundamente a quien de manera estoica se sobrepone a la creciente complejidad y desamparo que representa dedicarse a ser “maestro”.




En estos términos, a partir de una convivencia que ha durado una vida y desde la perspectiva de la decepción, si queda en mí el ánimo de felicitar y enviar parabienes a aquellos maestros que conozco y a quienes intervinieron en mi formación de forma efectiva y duradera es tal vez porque todos ellos (comenzando por mi propia madre) son ejemplo de constancia y resistencia. Aclaro, no me refiero a una cursi consideración de un oficio que a veces se califica de “apostolado”, es un llano reconocer que para mantenerse de cara a un grupo y buscar que aprendan lo que sea se requiere de valor, preparación y disposición a toda prueba.

No hay mejor maestro que aquel que no se engaña a sí mismo, dijo una vez un profesor rural que me habría gustado conocer. Le creo, porque ante el ejercicio deleznable de muchos de sus colegas, los maestros no la tienen fácil de cara a la prejuiciosa óptica de una sociedad y una clase política cada vez menos capaces de otorgarles la importancia que debieran. No la tienen ni la tendrán fácil, porque nada cambiará en el futuro cercano, estoy seguro. Por supuesto, la imagen que me queda es la de mi madre cuando echa de menos el aula y, al amparo de una taza humeante de café, repite que ella “no hubiera podido servir para otra cosa”. Felicidades a los que resisten honestamente.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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