El color de las amapas: La Hacienda de San Francisco de la Costa Rica

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PROYECTAN PERFORAR UNA SERIE DE POZOS EN SIETE CERROS
Los agricultores de la región de la Costa o Siete Cerros, para resolver de una vez por todas el eterno problema del agua, han proyectado abrir una serie de pozos para conjurar de esta manera la frecuente escasez del líquido elemento que trae aparejadas fuertes pérdidas en sus siembras. Extrañará a muchos lectores que exista el proyecto anterior por parte de los mencionados hombres de campo en estos momentos que es toda una realidad la Presa de Hermosillo; pero es que las corrientes que la misma almacenará no llegarán a Siete Cerros. En cambio, irrigarán una vastísima zona en esta misma región de Hermosillo muchas veces mayor a la que dejará de regarse en el mencionado rumbo de Siete Cerros. El primer pozo de que hablamos antes está perforándose en el Rancho del señor Herminio Ciscomani por cuenta de él y de los señores Tomás Ciscomani, Valentín Cecco y Alberto Giotonini. Según datos que tenemos, el encargado de este trabajo es el señor Jorge Morgan, experto en la materia con amplia experiencia en el valle del Yaqui y quien posee un equipo completo de primera clase. El diámetro del primer pozo que se hará por vía de prueba o experimentación será de 18 pulgadas y se perforará hasta 400 pies como profundidad máxima. De dar resultado este primer pozo con las características mencionadas, se perforarán en la misma región 25 más que serán montados con sus correspondientes equipos de bombeo. El presupuesto que se presentó para el primer pozo es de $18,000 pesos con perforación hasta 300 pies; $16,000 pesos es el valor de la bomba con capacidad de 9,000 litros por minuto accionada con un motor diesel de 275 caballos de fuerza con costo este último de $16,000 pesos. Se estima que solamente de esta manera se resolverá en definitiva el grave problema que año por año se presenta a los agricultores abajeños”.
– Periódico El Imparcial, Hermosillo Sonora, Marzo 24 de 1945.

 

Por Ignacio Lagarda Lagarda
La nota anterior con la que iniciamos este capítulo relata un hecho sobresaliente en la historia de Hermosillo. La prensa deja escrita para la posteridad la fecha en que se inició la explotación de una manera extensiva de las aguas subterráneas de la Costa de Hermosillo; este primer pozo en el predio del señor Herminio Ciscomani  iniciaría una nueva era agrícola en un rumbo diferente al que el Gobernador Rodríguez imaginó con la Presa que lleva su nombre. Cuatro años más tarde la cantidad de pozos perforados llegaba a 70 con una extensión de cultivos alrededor de 16,000 hectáreas de las cuales 14,000 estaban destinadas al trigo. El proyecto de la presa de Hermosillo contemplaba 15,000 hectáreas de un riego que nunca pudo sostener. Hoy en día aún existe medio millar de pozos explotando un acuífero de enormes dimensiones capaz de sostener un ritmo de extracciones superior a los 500 millones de metros cúbicos anuales, una cantidad equivalente al doble del volumen de diseño del embalse que lleva el nombre del ilustre Divisionario de San José de Guaymas.

Pero no se crea que estos personajes de origen extranjero fueron los primeros en intentar aprovechar las tierras y aguas nacionales del oeste de Hermosillo. Hubo un par de hermanos de gran visión que lograron desarrollar esta región por primera vez en su historia, creando la maravillosa e increíble Hacienda de San Francisco de la Costa Rica… ¡100 años antes!: Don Pascual y Don Ignacio María Encinas. En su libro “Pioneros de la Costa de Hermosillo”, Don Roberto Thompson relata:

“Fue en un día del otoño de mil ochocientos cuarenta y cuatro (1844), cuando una carreta de bueyes cargada de herramientas y víveres hollaba por primera vez en la historia la selva virgen del “KESS QUE – NEX” (“lugar de Tésotas”), situado en medio del territorio Seri; la seguía otra con barriles de agua y por delante de ambas, hombres con hachas y zapapicos abriendo brecha. Hombres armados a caballo formaban la vanguardia a cuyo frente iban dos de porte distinguido: los hermanos Encinas, Don Pascual y Don Ignacio María.
A una indicación de Don Pascual, la caravana hizo alto: -Aquí es-, dijo, -dónde y con el favor de Dios formaremos la hacienda que un día se convertirá en el centro de una región agrícola próspera y de renombre… a nosotros nos tocó pues, dar el primer ‘pujido’… pongámonos en obra-. Pintando en el suelo una cruz a la mitad de un círculo, el líder indicó a los hombres que empezaran a cavar el pozo de la hacienda a la que dio por nombre “SAN FRANCISCO DE LA COSTA RICA”.




Cuando jóvenes, aquellos hermanos en el pueblo de Sahuaripa y en el Valle de Tacupeto se habían dedicado a actividades diversas, pero en busca de más amplios horizontes se trasladaron a Rayón donde emprendieron negocios de ganadería, comercio y agricultura; el sanguinario apache, tras de muchos y muy enconados asaltos, los hizo abandonar sus negocios y con sus familias y semovientes se trasladaron a Hermosillo. En lo que eran entonces terrenos broncos de ‘El Chanate’ levantaron casas, canalizaron, abrieron tierras de labrantío, obras cuyas ruinas aún están de manifiesto; de pie y en servicio aún se encuentran las cercas de piedra que levantaron, mismas que pueden admirarse por encima de los cerros de ‘La Manga’ frente al aeropuerto de Hermosillo.

El ojo perspicaz de Don Pascual en ocasión de ir persiguiendo una partida de burros, se prendó de la bondad de las tierras del Kess-que-nex, y previo acuerdo con su hermano Ignacio María, resolvieron colonizarlas y… ¡ah, ironía de la suerte!… huyendo que venían de la vecindad del indio apache fueron a establecerse a mitad del territorio del indio Seri, tan sanguinario en ese entonces uno como el otro.

Como por obra de magia aquella hacienda creció en su primer decenio, superándose en cada año en calidad y cantidad. En mi humilde concepto no fue la tal magia lo que hizo posible “el sobre puje”, sino la Fe y el tesón con que los dueños y los aparceros daban movimiento al hacha y a los instrumentos de labranza, y a las abundantes gotas de sudor con que aquellos pioneros rociaban a diario los enseres, los surcos y las plantas.




En el segundo, tercero y cuarto decenio siguientes la fama de Costa Rica se extendió por todas partes, y brincó muy lejos por encima de pueblos fronterizos norteamericanos atrayendo nuevos colonos, entre ellos, a un joven alto, delgado y con ojos azules (mi padre, Don Luis K. Thomson), quien era portador de una carta del Consulado en San Diego California donde se le acreditaba como hombre honrado y experto agricultor; la carta venía dirigida a don Pascual, y como le gustaron tanto la tierra como las proposiciones, y además traía consigo equipo, firmó contrato; en el mismo día se puso a trabajar.

Difícil explicarse cómo sin entender la lengua, y estando dedicado diariamente de sol a sol a sus labores agrícolas, pudo el nuevo aparcero darse cuenta de que las señoritas Encinas y otras muchachas dedicaban diariamente parte de la tarde al arreglo de la capilla para el rezo de la noche, y hasta ahí se apareció de improviso el joven Thomson y dirigiéndose a Concha, una de las hijas de don Ignacio María, le dijo en su media lengua: -¡Oh!… mí quiere llamarme también Concho … y a mí piensa usted por mí en muy próximamente tiempo-; aquellas jóvenes por respeto al lugar y porque nunca se habían encontrado en situación semejante, corrían de un lado a otro haciendo como que hacían, y él por emoción o quizás por travesura se iba comiendo una a una las frutitas de quábari con que estaba adornado el altar … salieron fuera … brotaron risas … se rompió el hielo … nació una amistad, y no salió aventurada la profecía del pretendiente porque Concepción Encinas y Luis K. Thomson se unieron en matrimonio un día de 1878.




A esas fechas, don Ignacio María había muerto, y don Pascual no obstante su avanzada edad, siguió adelante con los planes: abrió nuevas tierras, formó una cadena de ranchos donde en sus herraderos se contaban por miles los becerros y abundaban los potrillos y los muletos; terminó y puso en producción un molino de harina movido por agua, y reforzado en potencia por un ingenio de vapor modernísimo; construyó caleras en el desierto para que los indios fabricaran cal y se la vendieran a él mismo; explotó salinas junto al mar y en determinada época del año hacía que se recogiera semilla de jojoba para tener ocupados a los naturales. De la semilla de la higuerilla sacaba un finísimo aceite; cultivaba el tabaco y curtía pieles para los menesteres de la hacienda y en vía de experimento, cultivó un arbusto que producía granos de café redondos y negros que suplían al importado. En su tren de carros acarreaba a Tucson Arizona frijol, harina, maíz y pieles en sal; de regreso traía ropa, especies y herramientas.

Don Pascual, antes de conocer personalmente a los Seris los conocía por referencias y buscaba la oportunidad de hacerlos amigos y brindarles protección y evitar conflictos; por eso fue que junto con el pozo, la capilla, la tienda de raya, etc, se levantaron las paredes de la escuela Seri. Conocí las ruinas de dicho plantel antes de que las borraran por completo las crecientes de 1911 y 1914; conocí también parte de los muebles de madera de pino pintados de café desteñido, la mesa del maestro tenía gabinete y cerradura de chapa, los pupitres, uno para cada dos alumnos, también tenían gabinete pero sin llave y al frente por encima de la cubierta, a todo lo ancho, tenían una canal de media-caña para colocar allí los lápices, los casquillos, los borradores y los pizarrines; en el centro y sobre la misma canal, una perforación hasta media madera para colocar el tintero cuando tomaban dictados con tinta los más aventajados. Los pupitres de los principiantes en lugar del agujero para el tintero tenían a cada lado un ganchito donde colocar las esponjas para limpiar las pizarras; cuando el maestro dictaba, los alumnos todos atentos a la regla empapaban la pluma y en la siguiente señal empapaban de nuevo, y los que escribían en pizarra el mismo dictado atentos al mandato de la regla y no queriendo ser menos, atascaban el pizarrín en el tintero imaginario. Debe haber venido desde muchos años atrás esa costumbre, porque las maderas eran taladradas en parte a pizarrinazos.




Los deportes y los juegos eran la natación, cuando tenía agua el río, carreras de a pie y a caballo, gome, palillo, la gallina ciega, la cebollita, el látigo, la momita y sin faltar por supuesto la bebe leche, el introite y los enanitos. Don Pascual, en las emergencias, echaba mano de cuantas personas hábiles encontraba a su paso y en casos extremos hasta de mujeres y de niños, pero sin tocar para nada a los alumnos en horas de clases, ni cuando preparaban sus lecciones; pero como los años 74 y 75 fueron escasos de lluvias y el 76 trajo de repente el río un gran volumen de agua encontrándose resecas las tierras, los bordos y las defensas; la creciente hizo tambalear al postizo en el primer golpe, amenazando con ocasionar grandes daños a la comunidad de Costa Rica. Advertido el peligro el patrón acudió con toda la gente disponible para hacer frente a la emergencia y viendo que las aguas aumentaban su nivel y que el peligro que amenazaba al poblado crecía, don Pascual a caballo y cayendo y levantando entre los lodazales, se dirigió al caserío desde donde regresó apresuradamente trayendo a los alumnos de la escuela y al personal docente asignándoles la tarea de tapar los huecos por donde el agua iba debilitando el dique; mientras, las mujeres acarreaban ramas y palos para improvisar tapones y los hombres hacían frente a lo más duro de las maniobras. Allí pasaron día y noche los alumnos de la escuela y toda la gente grande hasta que llegó la claridad del nuevo día y las aguas comenzaron a aminorar; no hubo reposo para nadie ni preocupación por las picaduras de alacranes y tarántulas a los que las aguas sacaron de las hendiduras de la tierra.

Todos, absolutamente todos los habitantes de Costa Rica se habían portado a la altura de su deber, y entre los que más se distinguieron había un matrimonio yaqui de oficio chivero que no obstante su edad avanzada y los achaques propios de los años, nadaron y corrieron llevando comida a los trabajadores, ánimo, medicinas, tabaco y teas encendidas para que se alumbraran; sus nombres propios no los recogió la historia. Ella era corta de cuerpo, ya entrada en años y muy vivaracha por la agilidad con que maniobraba en el agua; los Seris que participaron en el salvamento la bautizaron : “Shiesh-cam” (pescado). Su marido era alto, delgado, picado de viruelas y arrastraba un pie al andar, por lo que le decían “El Rengo”. Lástima grande que no conocemos los nombres de los niños que con tanto valor ayudaron en el salvamento; tampoco conocemos los nombres de muchos de los maestros de la Escuela Seri que desde su fundación se fueron sucediendo.




Don Pedro Encinas, hijo del Patriarca, fue uno de los maestros cuando sus múltiples ocupaciones se lo permitían; el mismo don Pascual en ocasiones empuñó la regla del maestro y ¡Ah!, cuando esto sucedía y él pasaba la mirada por encima de la clase, bien podía escucharse el vuelo de una mosca de un extremo al otro del salón. Disciplina y cumplimiento eran el lema de aquel maestro cortado a la antigua. El Seri Juan Astorga, que junto con otros de pequeño cayó cautivo del Gobierno del Estado, y éste lo educó esmeradamente, fue también un digno maestro de la Hacienda.

El Seri Fernando Kolosio residente de Hermosillo, en sus cortas visitas oficiales que hacía a Costa Rica como intérprete del Gobierno ante la Tribu Seri daba cátedra en la escuela en su propia lengua y en castellano. El Seri Juan Antonio (Juan Antonio a secas) fue enviado por cuenta del Patriarca Encinas a estudiar a Hermosillo desde chico y concurrió tanto a escuelas oficiales como a particulares y religiosas, y a la vez que la hacía de sacristán en la capilla de la hacienda, cantó en el coro por largo tiempo y con beneplácito de todos tuvo a su cargo la escuela del lugar. Pero una vez que acompañado de sus discípulos se tomaba unas vacaciones, fue arrastrado al Golfo por las corrientes del Canal del Infiernillo mientras se dedicaba a recoger almejas gigantes en un banco de arena; los muchachos con grandes esfuerzos lograron sacarlo con vida a la orilla, pero tan extenuado quedó que le era imposible moverse y durante las once leguas que los separaban del rancho Santa Ana lo transportaron sobre una rastra de ramas; otras cinco leguas de allí a Costa Rica y en la misma lona en una carreta con tres mulas se hizo rápido traslado a Hermosillo. Su afán era llegar a casa cural para reconciliarse con Dios y morir en Gracia; no lo consiguió del todo: en las goteras de la ciudad, con el rosario en las manos él mismo ayudándose a bien morir, exhaló su último aliento el ejemplar maestro Juan Antonio.




Vive en Hermosillo Sara Villalobos, quien asistió a clases hasta la edad de nueve años en la escuela de Costa Rica. En la casa de su padre, don Martín Villalobos, se hospedaba Juan Antonio. En mucho contribuyó la muerte de aquel mentor para sellar para siempre la historia de la “Escuela Seri de Costa Rica”, además de años de resequedad y años de sangrienta lucha, de cruda y despiadada guerra con los Seris que por tantos años consecutivos ensangrentó la región.

Mi padre en 1893 llevó a la Exposición de Chicago la representación de Costa Rica, donde obtuvieron algunos premios los productos exhibidos entre ellos una medalla de oro. Mi padre, en 1898 perforó el primer pozo de tubos en el Valle de Hermosillo en Costa Rica por cuenta de don Pascual y estuvo en servicio por cuatro décadas.
Mientras el patriarca tuvo vida jamás procuró descanso; es fama que de niño se incorporaba un día con los hatajos de su padre, otro con los peones en las milpas o ayudando a los dependientes en la tienda de raya. Convivió don Pascual cuatro años con las gentes del siglo XVIII, cien años con las del siglo XIX y otras tres con las del siglo XX. Cuando la noticia del glorioso grito de Dolores llegó al pueblo de Sahuaripa, el adolescente Pascual Encinas, por ser el más fuerte o el más listo, juntó del suelo dieciocho reales que los simpatizadores de la causa aventaban de júbilo al aire; en aquellos tiempos una verdadera fortuna.




Entre los años 1870 y 1880 lo asaltaron al camino los apaches; mató al que le había arrebatado las riendas del caballo, metió espuelas y salió ileso del percance. Los últimos cuatro años de su vida los pasó medio ciego por la vejez, medio sordo por lo mismo, y medio recluido porque un toro bronco al atropellarlo le quebró el cuadril cuando en compañía de los vaqueros se empeñaba en apartarlo del resto del ganado en el corral. ¡Medio recluido dijimos? Sí, tan sólo medio, porque a ratos se les escapaba a los enfermeros dizque para irse; a veces decía con desesperación -siquiera la otra vez que me quebré estaba joven-; y sus setenta y un años cumplidos tenía en la ocasión a que hacía referencia”. Hasta aquí la reseña de Don Roberto Thompson.

Este año se cumple un siglo de la muerte de Don Pascual Encinas, acumulando a la fecha de su fallecimiento la impresionante cifra de 107 años en 1903. Hermosillo puede sentirse orgulloso de contar entre sus hombres ilustres a Don Pascual y a Don Ignacio María Encinas, quienes calladamente vencieron durante medio siglo la difícil región de la Costa y a los rebeldes de una tribu Seri que se resistía a la pacificación. Después de la revolución mexicana de 1910 y de 1913, de la industrialización que lentamente ganó terreno en la primera mitad del siglo XX, una enorme avanzada de nuevos empresarios agricultores mexicanos y extranjeros dieron cuerpo al proyecto de un “Imperio Agrícola del Noroeste” diseñado bajo la mirada del Presidente Miguel Alemán.




Un hijo de Don Ignacio María, el profesor graduado en California, EU, Luis Encinas Contreras (fallecido en un trágico accidente en abril de 1875), dejó en la orfandad al niño Luis Encinas Robles quien a su vez procreó a Luis Encinas Johnson, brillante Gobernador del Estado de Sonora durante los años de 1961 a 1967 (ya fallecido), y que también desempeñó el cargo de Rector de la Universidad de Sonora. Al respecto de la Costa, creo apropiado concluir esta parte de la Historia de nuestra capital con las palabras que a manera de prólogo escribió el mismo exgobernador Encinas Johnson en el libro “Pioneros de la Costa de Hermosillo” de Don Roberto Thompson:

“Después de que Don Pascual y Don Ignacio María Encinas abrieron las primeras tierras de labor en la entonces inhóspita y peligrosa región de la Costa de Hermosillo (por los ataques de los indios Seris principalmente), fueron llegando otros hombres también valientes, también con ambiciones, también tesoneros, que fueron abriendo otras tierras a la agricultura o creando ranchos ganaderos a lo largo y ancho de la vasta región. Nos gustaría que algún investigador de nuestro pasado, con tiempo suficiente y amor al terruño, intentara reconstruir el lento pero firme desarrollo que se fue logrando después de la fundación de la Hacienda de San Francisco de la Costa Rica.

Seguramente saldrían del olvido muchos nombres como el de Don Alfredo Noriega, el de Mr. Morgan que dio origen a una propiedad agrícola conocida como “El Pozo de Morgan”, y cuántos más que con sudor y a veces con sangre contribuyeron a hacer productivas esas tierras.




No cabe duda de que, como antecedente directo del desarrollo actual de la Costa de Hermosillo, el esfuerzo más amplio y más significativo se llevó a cabo ya entrado este siglo a partir de los años 19 y 20, con la participación de un grupo de italianos -entre ellos los Ciscomani, los Clerici, los Baranzini, los Cecco, los Prandini, los Giottonini, etcétera- que trabajaron de manera ejemplar y se arraigaron aquí para siempre formando familias mexicanas. Desde los tiempos de Don Pascual y Don Ignacio María Encinas hasta los años Cuarentas de este siglo, la agricultura de la Costa se concentró principalmente en el área de Siete Cerros, dependiendo de las aguas que llevaba en sus crecientes el río Sonora y que eran captadas y conducidas a través de canales, bordos, etcétera; las tierras eran regadas por el sistema de bolseo. Cuando el gobernador Abelardo L. Rodríguez entre otras cosas muy buenas que hizo para Sonora construyó en las inmediaciones de Hermosillo la presa que lleva su nombre, los agricultores de la Costa se dieron cuenta de que ya no contarían con agua para regar sus propiedades, pues la nueva presa las captaría sin beneficiarlos a ellos por la gran distancia que separaba sus campos de la nueva obra hidráulica.

Entonces surgió vigorosa la nueva opción: perforar pozos para buscar agua subterránea. La opción resultó afortunada y a partir de ese entonces comenzó el desarrollo espectacular de la Costa de Hermosillo, que se convirtió en poco tiempo en gran productora de trigo y algodón. Pero surgieron también problemas, porque se abrieron tantos pozos y creció tanto la zona agrícola que comenzó a presentarse amenazador el abatimiento de muchos de ellos y la intrusión de agua del mar en algunas áreas, lo que obligó a implementar programas para racionar y utilizar adecuadamente el agua y preservar esa gran riqueza. La necesidad de economizar agua en los riegos obligó a que el trigo y el algodón se fueran abandonando, hecho que provoca que la Costa de Hermosillo se esté convirtiendo en importante zona frutícola generándose mucho más empleos que con los cultivos anteriores; por supuesto, se gana más dinero.




Ojalá que el programa establecido por Recursos Hidráulicos para reducir año por año la extracción de aguas del subsuelo y preservar el acuífero se lleve hasta sus últimas consecuencias con firmeza y honestidad por parte de los agentes del gobierno, y con comprensión y buena voluntad por parte de los usuarios -llámense agricultores, colonos o ejidatarios- porque es en beneficio de ellos el que el programa tenga éxito. Esto que decimos para la Costa de Hermosillo es válido también para las zonas de Caborca y Guaymas, donde existe el mismo peligro de agotar los acuíferos y convertir otra vez en yermos lo que con tanto esfuerzo ha llegado a desarrollarse. El agua y los recursos naturales en general no son propiedad de unas cuantas personas y ni siquiera de unas cuantas generaciones. Son de México y México deber ser eterno y lo será si lo cuidamos con amor y con eficiencia”. Un gran mensaje de un sonorense muy distinguido.

Sirva este artículo para ofrecer un sencillo homenaje a la obra de Pascual e Ignacio María Encinas, precursores del desarrollo agrícola y ganadero de una región que ha dado empleo, sustento y fortuna a no pocas familias de la capital de Sonora: la tradicional Costa de Hermosillo.




COSTA RICA
(Por Roberto Thompson)

Cuantas razones tengo yo para quererte,
para recordarte con emoción;
mis abuelos te dieron el ser,
mis padres se vieron allí por vez primera.

Tantos de mis amigos vinieron al mundo
y envejecieron a tu sombra bienhechora,
cuántas gotas de sudor con la semilla dejé en las
sementeras,
y cuántas más con el polvo de la criba rodaron
cuando todos los míos fueron también tus aparceros.
¡Si supieran cuántos bienes y cuántas horas de bienestar a todos regalaste!

De tu grandeza sólo las ruinas quedan,
y pronto el polvo y la maleza las cubrirán del todo…
¡Qué ingratos son los hombres…!
¿Por qué se olvidan de que fuiste tú quien dio el “primer pujido”
para convertir en un emporio agrícola a una región hasta entonces agreste y desconocida?
Costa Rica… aún viven muchos de los que te extrañan y recuerdan,
entre ellos alguien que camina sobre tu huella en contra,
recogiendo las reliquias y fragmentos que dejaste diseminadas en tu marcha triunfal…

¡Yo no te dejaré morir!




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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