La Perinola: Madre, madre

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Por Álex Ramírez-Arballo
Quiero permitirme hoy, aunque sea por un momento, el lujo noble de la cursilería. Es que voy a hablar de las madres porque es su día y porque son ellas, custodios de la vida, las que merecen el cuidado, la admiración y el elogio siempre.

Cuando era niño, lo recuerdo bien, ante una situación que me causara pánico o angustia, corría a las faldas de mi madre; ahí operaba un milagro: todo recuperaba nuevamente su color natural, los temores se disipaban y la angustia abría paso a un estado de tranquilidad que no he vuelto a sentir jamás. No es casualidad que muchos moribundos, sobre todo los que mueren en condiciones trágicas, pronuncien el nombre de sus madres como últimas palabras. Yo mismo, que soy un adulto, muchas veces, en la noche, un poco antes de dormir, le pregunto a mi madre cosas, la consulto imaginariamente sobre decisiones que debo de tomar. Creo que de cara a una madre, todos, sin importar la edad que tengamos, volvemos a ser niños siempre.




Las madres son fundadoras de la sociedad, lo han sido siempre, desde que abandonamos la caverna. Pero no lo son en un sentido estrictamente mítico, qué va; lo son de una manera concreta y cotidiana. Cada vez que voy a México me maravillo de una cosa: la enorme laboriosidad de las madres mexicanas. Van y vienen de un lado a otro, divididas entre el hogar y sus trabajos, animadas y resistentes, sin lamentarse apenas, como sus contrapartes masculinas, tan proclives a la queja y el lloriqueo. Lo repito, es asombroso y creo que son ellas las que han impedido, en algunos momentos de la historia, que el país entero colapse.

Con todo esto no quiero incurrir en el pecado tramposo de elogiar para desarmar, más bien todo lo contrario. Siento en mis carnes el peso de una deuda histórica que los miembros de mi generación y los más jóvenes tenemos que saldar por un altísimo deber moral. Es una cuestión de lógica elemental. Las madres, que son mujeres, necesitan como cualquier persona las condiciones básicas de justicia que permitan su desarrollo y crecimiento, lo que no siempre sucede. No se trata de conceder, sino de reconocer lo que es evidente en sí mismo: todos los seres humanos merecen un trato justo.

Como siempre, es necesario comenzar en el entorno inmediato, en el mundo doméstico. Hagámonos esta pregunta: ¿estamos de verdad siendo justos en el trato a las mujeres con las que convivimos? No anticipemos una respuesta, hagamos una reflexión seria, comprometida, y solo después de haber resuelto esta cuestión personal salgamos a la plaza pública para hablar con la voz completa sobre temas de igualdad, dignidad y respeto.




 

Álex Ramírez-Arballo. Doctor en literaturas hispánicas. Profesor de lengua y literatura en la Penn State University. Escritor, mentor y conferenciante. Amante del documental y de todas las formas de la no ficción. Blogger, vlogger y podcaster. www.alexramirezblog.com


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