Basura celeste: Larga vida a La feria de Arreola

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Por Ricardo Solís
La conmemoración del centenario de Juan José Arreola (Zapotlán el Grande –hoy Ciudad Guzmán–, 1918-2001) coincide con el aniversario 55 de su novela La feria (1963), un libro que le hizo merecedor del Premio Xavier Villaurrutia y que, hoy día, puede considerarse como una obra singular en el panorama narrativo mexicano del pasado siglo, no solo por su estructura fragmentaria sino por la calidad y diversidad de su lenguaje (que, se ha dicho mucho, debe no poco a la tradición oral), así como a su potente efectividad como una historia que se construye a partir de numerosos relatos que conforman un tapiz impresionante, lleno de humor y vivacidad.

Para justificar lo anterior bastaría con aludir a la gran cantidad de ensayos y trabajos académicos que la obra del jalisciense ha inspirado y producido, aunque queda por abordar hasta qué punto esta novela “permanece” en al gusto de los lectores a estas alturas, es decir, cómo este retrato polifónico y multireferencial del pueblo en que Arreola nació (Zapotlán el Grande, en el sur de Jalisco) puede ser percibido más allá de sus virtudes constructivas y demás rasgos que se han referido ya.




Lo ideal, desde mi punto de vista, es no centrarse en un universo evocativo que podría mostrar algunos signos de envejecimiento para nuevas generaciones de adictos a la literatura sino en la manera en que el autor dispone de sus breves piezas narrativas en una secuencia que, de forma admirable, logra brindar una impresión de “unidad” –de novela, pues– al libro; si bien el personaje central es el pueblo (con todos sus elementos), otros tantos nos permiten “armar” el modelo panorámico resultante.

Por otra parte, no deja de sorprender la descomunal capacidad imaginativa de Arreola (probada ya en sus libros anteriores) para hacer coincidir sencillos dramas humanos con un lenguaje que nos deja asomarnos a las profundidades de muchos de sus protagonistas, lo mismo que sus actitudes y resoluciones ante problemáticas de dimensiones claramente sociales (justo por referir las siempre complicadas consecuencias de las disposiciones de gobierno en torno al reparto agrario o la intrincada red de problemas que se desencadena al querer sembrar de maíz una milpa).




Ahora, si bien es cierto que las alusiones de orden histórico condicionan el relato a una época determinada (lo que se aprecia en la descripción de oficios, costumbres, dinámicas sociales, modas, rituales, lucha de clases, el papel de las instituciones y un largo etcétera) pero no breve del siglo XX, la frescura se sostiene en los ingeniosos giros verbales y un registro anecdótico tan amplio que, por fuerza, genera vínculos de empatía con sus lectores.

Así, creo, a La feria le queda una larga vida como un libro capaz de “tocar” sensiblemente a quien se acerque a sus historias que funcionan como piezas de un rompecabezas donde prima una fiesta popular que, durante su organización, exhibe el rostro múltiple de una población cuyas maravillas y desastres podemos compartir porque, a querer y no, se nos presentan como un reflejo de lo que somos o podemos ser.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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