El color de las amapas: Francisco Villa y la matanza en San Pedro de la Cueva, Sonora

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
La población de San Pedro de la Cueva se localiza en el centro – este del estado de Sonora y debe su nombre a una gigantesca cueva de cien metros de profundidad, localizada en un cantil de la sierra La Mojada, donde el 22 de octubre de 1813 nació María Salomé del Rosario, española hija legítima de don Hilario Molina y de María Noriega, quienes junto con otras seis familias de españoles e indígenas, vivían refugiados en aquella cueva, protegiéndose de los ataques de los apaches, yaquis o seris.

El primer bautizo en la iglesia del pueblo de San Pedro de la Cueva, localizado en un estrecho valle al margen del río Moctezuma, al pie de la misma cueva, se realizó el 31 de enero de 1852.

Cuatro grandes tragedias ha padecido el pueblo desde su fundación: La influenza hemorrágica de 1918, cuando murieron alrededor de 150 personas, la epidemia de sarampión en 1920 que ocasionó la muerte de 130 niños en tan solo dos meses y la de meningitis cerebro espinal de los años de 1926-1927, la que también ocasionó algunas muertes.

Pero la tragedia que no se olvida por su crueldad y que desafortunadamente le dio fama más allá de las fronteras nacionales, es la masacre de 85 pobladores realizada por Francisco Villa el 2 de diciembre de 1915.

Luego de ser derrotado por las fuerzas constitucionalistas al mando del general Álvaro Obregón Salido en el bajío mexicano, Villa, con un ejército desmoralizado y él con un carácter extremadamente violento y sanguinario por la sensación de haber sido traicionado por mucha de su gente de confianza, decide regresar a Chihuahua y luego internarse en Sonora en búsqueda del apoyo de su aliado el gobernador José María Maytorena.

Nada de lo planeado le resultó, Maytorena había abandonado el estado y las fuerzas carrancistas al mando del general Plutarco Elías Calles lo derrotaron en Agua prieta y luego, hicieron lo mismo los generales Ángel Flores y Manuel M. Diéguez en la hacienda El Alamito, en los linderos de Hermosillo.




Francisco Villa, totalmente derrotado y herido en su orgullo, con la mayoría de sus antiguos incondicionales muertos, entre ellos Rodolfo Fierro; el más fiel de todos, quien había muerto ahogado en una laguna en Casas Grandes, Chihuahua semanas antes, salió de Hermosillo rodeándolo por el norte, el 25 de noviembre, con la intención de regresar a Chihuahua, territorio que todavía tenía controlado.

Para garantizar el suministro de vituallas durante la larga travesía, Villa dividió su ejército en dos grupos, el primero integrado por cerca de cinco mil hombres y las siete piezas de artillería que le quedaban tomaría por el rumbo de La Colorada, Tecoripa y Tónichi, para de ahí remontar la cordillera serrana hasta llegar a Chihuahua.

El otro grupo, con poco más tres mil hombres, del cual él iba a cargo, tomaría por mazatán, Mátape, San Pedro de la Cueva, Batúc, Tepupa y Suaqui, para luego tomar rumbo a Sahuaripa hasta llegar al estado de Chihuahua, donde se reuniría con el otro contingente.




El día 27, Villa llegó a Mazatán, donde pasó la noche en la casa del señor Manuel Salazar.

Lo acompañaban los generales Eduardo Ocaranza, Madinabeitia, Margarito Orozco, Francisco Urbalejo, Fructuoso Méndez y José I. Prieto.

Muy temprano en la mañana del día 28, el contingente viró hacia el norte pasando por Nácori Grande para, finalmente arribar a Mátape en la noche, donde decidió pasar la noche.

Por aquellos años, el gobierno había perdido totalmente el control del territorio y muchos pueblos habían sido saqueados, tanto por los ejércitos revolucionarios como por bandoleros y desertores. Ante tal circunstancia, los pueblos remotos e indefensos se organizaban con sus propias milicias, armados con pistolas y rifles de caza, para defenderse de los merodeadores y saqueadores.

Los habitantes de San Pedro de la Cueva habían sufrido varios atracos con anterioridad y para enfrentar el problema, formaron una milicia integrada por cincuenta hombres armados con carabinas 30-30 “amarillas” y “ochavadas” y rifles calibre 22 de “salón” que se encargaba de realizar rondines por las afueras del pueblo en prevención de un ataque inesperado.




El día 29 de noviembre en la mañana, Villa y sus hombres salieron de Mátape. Un contingente de 150 hombres de caballería al mando de los coroneles Jesús Verduzco “El Sarco” y Macario Bracamontes iría a la vanguardia y se encargaría de ir explorando el camino en previsión de una contingencia, mientras que el general, con el grueso de la tropa y escoltado por su estado mayor al mando del coronel Juan B. Vargas y el mayor Martín López, los seguiría en la retaguardia.

El miércoles 1 de diciembre, unos kilómetros antes de llegar a San Pedro de la Cueva, en un cerrito llamado El Cajete, los voluntarios de la milicia que hacían labores de vigilancia, advirtieron la presencia del contingente de avanzada y, Rosendo Noriega dando por hecho que era un grupo de facinerosos, dio la orden de disparar.

Los “sampedreños” sorprendieron a los villistas matando a cinco, entre ellos a Manuel Martínez, un sobrino de Villa, mientras que por los lugareños murió Mauricio Noriega, quien herido en una rodilla se desangró en el lugar desde donde disparaba.

Al ver que llegaban refuerzos al enemigo y ya los superaban en número y armas, los combatientes huyeron despavoridos a refugiarse en los cerros cercanos al pueblo.




Cuando el contingente villista entró a San Pedro de la Cueva, los oficiales descontentos, ordenaron la detención y encierro del alcalde Rafael Fuentes y demás autoridades municipales con el fin de investigar el motivo de aquel ataque, mientras daban aviso a Pancho Villa, quien venía kilómetros atrás. 

Los Generales Margarito Orozco y Santiago Bracamonte, sonorense este último originario de San José de Pimas, que  iban al mando del primer contingente, al darse cuenta que aquello había sido una reacción de defensa propia de los pobladores,  les recomendaron a los combatientes huir a esconderse entre los cerros cercanos, ya que conociendo las condiciones del temperamento que aquejaba en aquellos días a Pancho Villa, aunado a la muerte de su sobrino, seguramente tomaría represalias violentas contra ellos.  

Algunos huyeron,  pero la mayoría de los pobladores, considerando que el incidente se arreglaría  simplemente hablando y explicándole al general lo sucedido, hicieron caso omiso a la recomendación. 

Al ser enterado del incidente,  Villa montó en cólera y de inmediato ordenó acelerar la marcha para llegar cuanto antes al pueblo y darle un escarmiento aquella población que se había atrevido a desafiarlo. 




Antes de aclarar el día, el jueves 2 de diciembre Villa llegó a San Pedro de la Cueva ordenando reunir a toda la población, que aquel año rondaba por las 1,200 personas,  frente a la iglesia, sin respetar edades ni sexo; así fue cómo aquella horda de soldados registraron casa por casa tumbando las puertas, sacando a todos los hombres que encontraban angustiados ante el temor de la muerte y trasladaron a más de 300 frente al templo de San Pedro Apóstol.  

Una vez reunida toda la población en la plaza y los hombres formados frente a la iglesia, Villa ordenó que todos fueran fusilados. 

Al escuchar aquella terminante orden las mujeres gritaban, aclamaban a Dios pidiendo misericordia, esperando un milagro que las librara de aquel endemoniado hombre, pero éste, montado en un caballo prieto azabache, les gritaba que se callaran  porque en aquel momento ni Dios podría hacer nada por ellas.  

En esos momentos se le acerca el General Bracamonte y enfrentando a su jefe le dice que  aquella orden descabellada no podía ejecutarse porque de hacerlo, la división del norte sufriría un gran desprestigio.  




Pero Pancho Villa no entendía razones y los dos militares se hicieron de palabras discutiendo por un buen rato frente a frente y cuando la situación estaba a punto de estallar, apareció la humilde figura del caritativo y virtuoso sacerdote del pueblo Andrés Avelino Flores Quesney, nativo de Nuri, Sonora, quien con amable voz y su ejemplar mansedumbre, logra que los generales se entiendan y convence a Villa de que no se molesten a las mujeres ni a los niños.  

En cuanto el sacerdote se retiró empezaron los fusilamientos realizándose de seis en seis cayendo primero tres ciudadanos chinos, Pedro E. Peñuñuri, Ángel Núñez Figueroa y Fermín H. Encinas. Luego continuaron las filas de hombres cayendo en grupos, hasta llegar a casi cincuenta los muertos apilados frente a la iglesia. 

El sacerdote Flores, compadecido de que aquellos hombres estaban muriendo inocentemente, se presentó nuevamente ante Villa suplicándole que los perdonara, pero éste le ordenó que se retirara o de lo contrario también a él lo fusilaría. La matanza continuó.  

El padre Flores, viendo que aquello no podía ser posible vuelve por tercera vez ante Villa y para suplicarle que terminara con aquella carnicería,  se le arrodilló para bendecirlo y creyendo Villa que recibía una burla, enfurecido se le abalanzó dándole de golpes con los puños hasta tirarlo al suelo; y estando tirado e indefenso, desenfundó su pistola y cobardemente se la descargó en la cabeza.  




Cuando el sacerdote estaba muerto con en su sotana negra cubierta de sangre, Villa no conforme, ordena a sus dorados, que lo pisoteen con sus caballos hasta hacerlo pedazos y lo cubrieran con estiércol.  

Consumado el sacrificio del Padre Flores, el General Santiago Bracamonte regresa ante su superior y enfrentándolo llevando su mano a la pistola le pide que detenga aquella carnicería. 

Los dos militares desenfundaron sus armas y se quedaron frente a frente durante un momento, pero ninguno se atrevió a jalarle al gatillo.  

Francisco Villa volteó su mirada hacia la fila de ocho adultos y diez jovencitos  que esperaban ser fusilados diciéndoles que terminaban los fusilamientos pero que a ellos se los llevaría prisioneros para que realizaran los trabajos más duros y sucios entre sus tropas y al mismo tiempo ordenándole a Bracamonte  que antes de retirarse, les diera el tiro de gracia a los fusilados e incendiara el pueblo.  

Villa abandonó la población continuando en su viaje a Chihuahua, tomado camino rumbo el sur, hacia los pueblos de Batúc, Tepupa y Suaqui, todos localizados a orillas del río Moctezuma. 




Al retirarse y para que Villa observara el humo desde lejos, Bracamonte ordenó incendiar algunos pastizales y casas de las orillas del pueblo, haciéndole creer que había cumplido sus infaustas órdenes, mientras que el general Margarito Orozco simulaba darles el tiro de gracia a los supuestos muertos disparando hacia el suelo.  

Cuando Pancho Villa, llegó al pueblo de Batúc, lo estaban esperando algunos lugareños encabezados por  el Presidente Municipal Ramón Othón portando una bandera blanca para invitarlo a comer a su casa. 

Mientras comían, una señora de Batúc identificó a los prisioneros de San Pedro, ya que en ese lugar tenían parientes cercanos, y le preguntó a Villa que haría con ellos. 

Villa le contestó que ni él mismo sabía, pero que si le pagaban un rescate se los entregaría. 

La señora se movilizó por todo el pueblo y solo consiguió dinero para rescatar a tres y eso fue porque también ofreció unas monedas de oro macizo que tenía guardadas en su casa.  




Enseguida, Pancho Villa y su gente hicieron su retirada rumbo a Suaqui y cuando iban pasando por el pueblo, uno de sus soldados, al ir haciendo jugarretas corriendo con su caballo, le salió al paso el señor José “El Pichón” Castillo, que era conocido de Villa y lo estaba esperando para saludarlo, lo atropelló recibiendo un duro golpe en la cabeza de tal mala suerte que murió instantáneamente. Al ver esto, Villa ordenó que se fusilara de inmediato al responsable.  

Al salir de Suaqui y abandonar para siempre  la región rumbo a su destino, Pancho Villa dejó libres a los prisioneros,  dejando atrás una estela de muerte y dolor que nunca le sería perdonada en los registros de la historia de Sonora. 

San Pedro de la Cueva quedó totalmente destrozado, ya que además de la muerte de sus 84 hombres, los villistas también les mataron las vacas, cerdos y gallinas y les robaron toda clase de provisión alimenticia, dejando a 60 viudas y muchos huérfanos desconsolados.  

Un poco de consuelo les llegó tres años después, cuando el General Plutarco Elías Calles, siendo gobernador del Estado, visitó San Pedro de la Cueva y les otorgó una pensión de $15.00 mensuales a cada viuda. 

Desde 1963, en la plaza principal del pueblo, frente al templo, se levantó un Hemiciclo, que guarda la memoria con los nombres de los muertos en una placa de mármol y cada 2 de diciembre de cada año, el pueblo les ofrece una  misa en póstumo recuerdo. 




LOS MUERTOS

  1. Abelardo N. Noriega
  2. Abelardo N. Quijada
  3. Agapito Silvas (Alcalde 1881 -1885)
  4. Alejandro Posada
  5. Anastasio P. Noriega
  6. Andrés Avelino Flores Quesney
  7. Andrés N. Núñez
  8. Ángel N. Duarte
  9. Ángel F. Núñez
  10. Abencio N. Noriega
  11. Basilio Romero
  12. Carmen Carrillo
  13. Carmen Moreno
  14. Conrado P. Monge
  15. Cruz A. Noriega
  16. Cruz Moreno
  17. David E. Calles
  18. Demetrio E. Noriega (Alcalde 1911-1913)
  19. Donaciano E. Núñez
  20. Eduardo F. Silvas
  21. Eduwiges D. Noriega
  22. Eleazar Rojas
  23. Eleuterio Vásquez
  24. Esteban E. Córdova
  25. Esteban R. Córdova
  26. Fermín H. Encinas
  27. Florencio E. Calles
  28. Florencio N. Calles
  29. Florencio M. Núñez
  30. Francisco C. Rivera
  31. Francisco Rivera (hijo)
  32. Francisco E. Básaca
  33. Francisco N. Ibarra
  34. Francisco P. Molina
  35. Francisco R. Encinas
  36. Francisco S. Andrade
  37. Gonzalo E. Noriega
  38. Gregorio E. Vásquez
  39. Guadalupe E. Básaca
  40. Heriberto Encinas
  41. Higinio Moreno
  42. Inocente Ochoa
  43. Jesús María Noriega
  44. Jesús O. Noriega
  45. Jesús P. Noriega
  46. Jesús R. Noriega
  47. Joaquin Castillo
  48. José F. Silvas
  49. José G. Encinas
  50. José Juan S. Rodríguez
  51. José María Noriega
  52. José María Silva
  53. José N. Calles
  54. Juan E. Básaca
  55. Juan C. Básaca
  56. Juan E. Vásquez
  57. Manuel  Soto
  58. Marcial Rodríguez
  59. Mariano C. Noriega
  60. Mauricio P. Noriega
  61. Maximiliano R. Aguestas
  62. Miguel Calles
  63. Miguel E. Calles
  64. Nicasio A. Noriega
  65. Pablo R. Encinas
  66. Pascual M. Noriega
  67. Pedro E. Peñúñuri
  68. Pedro Gracia
  69. Prizco Espinoza
  70. Refugio C. Noriega
  71. Refugio E. Encinas (Alcalde 1905-1907)
  72. Rómulo F. Moreno
  73. Tomás E. Noriega
  74. Vicente Romero

Además de seis ciudadanos chinos y cinco fuereños que estaban de visita en el pueblo.




Los que se salvaron

Idelfonso Encinas que también estaba formado, pero al darse cuenta Villa que tan solo contaba con 13 años de edad le ordenó irse a su casa.

Lázaro Encinas le gritó a Villa que él había luchado con sus tropas en Chihuahua, pero que al enfermar su madre se había venido a San Pedro y para su fortuna, lo dejó salir del grupo, además de pedirle que sacara a todos sus parientes, entre ellos su hermano Gabriel.

 

Los diez jóvenes perdonados del fusilamiento:

Aurelio Mendoza Moreno, Rafael Silvas Rodríguez, Manuel Noriega Peralta, José María Carrillo Romero, Esteban Monge Posada Peralta, José Rivera, Ramón Cortés Noriega, Roque Silvas Noriega, Apolinar Silvas Rodríguez.

 

Los ocho hombres mayores perdonados del fusilamiento:

José Antonio Figueroa, Fernando Figueroa Encinas, Joaquin Castillo (hijo), Lázaro Encinas, Gabriel Encinas, Refugio Munguía, Jesús Romero Soqui y Leonicio Encinas.




Los favorecidos por los generales Margarito Orozco y Santiago Bracamonte ya que eran conocidos de ellos:

José Noriega Peralta y Juan Martínez Noriega.

 

Los que se levantaron de entre los fusilados, algunos con dos o tres balazos, otros solamente con rosones de balas:

Francisco Flores (padre del sacerdote asesinado), Arcadio Rodríguez, Ventura Mendoza, Maximiliano Moreno, Juan “Huachinera” Castillo (sin ninguna herida a pesar de que le dispararon “el tiro de gracia”), Francisco Romero, Francisco Gámez y Eusebio Rodríguez (recibió ocho disparos), Carmen Moreno, Ventura Mendoza.

 

Los que se escondieron:

Enrique Duarte, Ismael Duarte, Manuel Encinas, Francisco Molina Fuentes se escondieron en un subterráneo de la casa de Ángel N. Duarte.

Manuel Córdova se afeito muy bien el bigote, se puso una pañoleta muy apretada en la cabeza y le pidió prestado un niño recién nacido a su vecina, cuando llegaron los villistas a su casa buscando hombres, se encontraron con una señora recién parida.

Carlos Calles, uno de los que se enfrentó a los villistas, urdió que lo enterraran en un montículo de ceniza que había en el corral de Benito Encinas y le cubrieron la cabeza con un “huari” para que respirara, los soldados pasaron a un lado de él y no lo vieron.

Cruz Moreno, iba saliendo de la iglesia recién casado con Francisca Monge cuando llegaron los villistas, corrió y como pudo se subió y escondió en una chimenea.

 

Los rescatados en Batúc son:

Joaquín Castillo (hijo), Fernando Figueroa Encinas y José Antonio Figueroa.




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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