Imágenes urbanas: Hombre solo

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Por José Luis Barragán Martínez
José Luis Barragán
Pobre Pancho, a él sí que le ha llovido en su milpita; hace tiempo se divorció de la Esther y se quedó en la calle, sin casa, muebles, carro, todo le quedó a la doña porque según el juzgado ella era la débil, encima le tiene que pasar el 60 por ciento de su sueldo para la manutención de los niños si no “¡A la peni!”, así lo sentenció el juez.

La Esther era una mujer brava, muy posesiva, al grado que el Pancho no tenía autoridad ni para mover el salero de la mesa porque así le iba, le tiraba con él. Cuando el hombre le pidió el divorcio la doña se la sentenció, le dijo que lo dejaría en la calle y así fue, pero al hombre no le importó, “soy capaz de pagar cualquier precio con tal de salir del infierno en que me tienes” le dijo, “me duele por los niños pero más los estamos traumando con nuestros pleitos, a la otra voy a escoger una mujer casi monja para que no me dé problemas”, ante esto doña Esther soltó las carcajadas que se escucharon por toda la ciudad.




Se fue a una invasión de la periferia y previo pago a los líderes le asignaron un lote donde levantó un cuarto de lámina negra  ya que no tenía dinero para más. La gente del rumbo se acostumbró a ver al hombre solo entrar y salir para irse a trabajar de lunes a viernes, lavar su ropa los fines de semana y llegar con bolsas del mandado.

Un día, una de las madres solteras del lugar le sonrió y se pusieron a charlar: “¿No eres enojona, verdad Jovita? Digo, porque se te ven como dos hachazos en medio de los ojos, claro, de hacha curiosita”, “no, qué va, lo del ceño fruncido es por herencia, a mí todo se me resbala”. Y se juntaron en unión libre. Al poco tiempo tuvieron su primer raund, cuando regresó de la chamba en el Ayuntamiento su “casi monja” le había quemado el cuarto y se desapareció como si se la hubiera tragado la tierra.




Con el apoyo de los vecinos volvió a levantar otro jacal. Un día apareció con un triciclo amarillo en el que empezó a vender picos de gallo los fines de semana en un tianguis allí cerca, le empezó a ir muy bien con la venta de la fruta. Un sábado por la noche, para celebrar la entrada de los nuevos ingresos, cosa rara en él fue al expendio por unas cervezas en su trimóvil, ya de regreso unos malandros lo rodearon  y le quitaron todo, hasta los zapatos, no conformes hasta lo acuchillaron: “¡Picaron al Pancho, picaron al Pancho!”, gritó todo mundo, llamaron a la Cruz Roja que rápido se lo llevó al hospital.

Al tiempo se recuperó y empezó de nuevo, a su trabajo de lunes a viernes, lavando ropa los fines de semana y llegando con las bolsas del mandado, a veces piensa que su destino es quedarse solo hasta que muera pero no, sigue esperando, a la mujer casi monja que lo pueda hacer feliz, no pierde la esperanza.




*Por José Luis Barragán Martínez, colaborador


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