El color de las amapas: El acueducto de cal y canto

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El rastro urbano más antiguo de  Hermosillo

 

Por Ignacio Lagarda Lagarda
Son tres los rastros y edificios urbanos más antiguos con que todavía cuenta nuestra ciudad de Hermosillo: El acueducto de cal y canto localizado al pié del Cerrito de la Cruz, la iglesia de San Antonio de Padua en Prados del Centenario  y la capilla del Carmen en la calle Jesús García.

El acueducto de cal y canto es el más antiguo de los tres, ya que fue construido 14 de octubre de 1772,  por el gobernador Pedro de Corbalán.

 

La historia

La instalación del Presidio San Pedro de la Conquista del Pitíc y la asignación de las tierras al capitán Agustín de Vildósola, se puede considerar como el primer intento de las autoridades virreinales encaminado  a poblar lo que hoy conocemos como Hermosillo.

El 23 de junio  de 1769, desde Álamos, Sonora,  José de Gálvez, Visitador General en la Nueva España, dio instrucciones para que se procediera a repartir tierras tanto a españoles, indígenas y las castas de las provincias de Sonora y Sinaloa. La unidad de superficie para el repartimiento de tierras de cultivo sería la suerte de tierra (10.65 hectáreas).

A cada pueblo de indios debería reservársele como propiedad comunal ocho suertes, además de un potrero o ejido para el pastoreo. El resto de las tierras cultivables, en un perímetro de cuatro leguas (28,089. 76 hectáreas) “a los cuatro vientos de cada pueblo”, serían repartidas en parcelas para que fueran trabajadas en forma individual o familiar.

Para tal efecto en junio de 1771 se emitió un documento titulado “Instrucción que ha de observarse para el establecimiento de los indios reducidos de la nación seri en las inmediaciones del Presidio del Pitic”, en el cual  se decía:

“… demostró la experiencia que era en vano  lo practicado si primero no se les costeaba una Cequia y se sacaba por ella el agua del Río de Sonora  para que pudieran regar las citadas Tierras  de siembra señaladas”.




Durante el primer período del gobernador e intendente Pedro de Corbalán (1770 – 1772), ordenó que se abriera un acueducto de cal y canto para regar las tierras de los habitantes de El Pitíc y de los seris, cuyas obras las encomendó al teniente Francisco Blanco. La obra inició en junio de 1771 y la concluyó el teniente Juan Honorato Rivera el 14 de octubre de 1772,  inaugurándola el capitán general Mateo Sastré.

En agosto de 1772, el mismo gobernador Pedro de Corbalán ordenó a Sastré el repartimiento de tierras a los seris en las inmediaciones del cerro de La Conveniencia y el cerrito de La Cruz, para que sembraran trigo, ordenando también  que el Comisionado del Pitíc don Juan Antonio Meabe, les facilitara las herramientas y yuntas de bueyes que habían solicitado.

El 3 de octubre de ese mismo año, fray Benito de Monserrat, administrador único de la Hacienda del Pitic y representante del  Monasterio de Monserrat, a quienes Agustín de Vildósola y Aldecoa, se las había heredado, al enterarse de la posibilidad de que dichas tierras les fueran repartidas a los seris, se negó rotundamente a una posible expropiación, a menos de que se les pagaran a un justo precio.

Ante tal negativa, Mateo Sastré, acompañado del padre fray Juan Crisóstomo Gil Bernabé hizo el repartimiento de tierras entre diecisiete familias de seris apaciguados, junto con setenta indios pimas, ubicándolos aguas abajo, en la banda sur del río, al pié del cerrito conocido como La Conveniencia, a quienes entregó dos aperos de labranza con todo y yunta de bueyes, además de media fanega de trigo.




Siguiendo las instrucciones de José de Gálvez en 1769, las tierras entregadas eran un cuadrángulo de media legua a los cuatro vientos (1,755.61 hectáreas), haciendo punto céntrico en el Cerro de La Conveniencia donde se dedicaron a construir una cerca y una acequia para sacar agua del río y regar su trigo, maíz, frijol, sandías y calabazas.

En el lugar se  construyó una misión provisional con el nombre de San Antonio de Padua del Pitíc, bajo la responsabilidad del misionero fray Matías Gallo, misma que al cabo de unos meses abandonó y se fue a radicar a  la misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Pitíc, localizada desde 1763 junto al Cuartel del Pitíc.

Jacobo de Ugarte y Loyola, Gobernador de la Provincia de Sonora y Comandante de la Compañía Presidial del Pitíc, tratando de allanar la belicosidad de los seris contra los colonos, pensó en el establecimiento del antiguo sistema de “las dos repúblicas”, consistente en combinar la convivencia de ambos grupos dentro del mismo territorio, cada uno con sus propias autoridades, otorgándoles a ambos acceso a las tierras y el agua de la futura nueva villa. Convivirían “juntos pero no revueltos”, ya que los colonos se establecerían al norte del río y los seris al sur.

Años después, en 1780, los seris y pimas se levantaron nuevamente en armas, con el propósito de castigarlos y pacificarlos y la intención de formar en el lugar un pueblo importante, las autoridades virreinales decidieron cambiar el Presidio, que habían localizado en 1748 en San Miguel de Horcacitas, a la Hacienda del Pitíc nuevamente y al que de entonces en adelante se le conoció como Real Presidio del Pitíc, que inició con un contingente de 73 soldados.




Para el año de 1782, en vista de las perspectivas de una vida segura en aquella región fértil, de buenas posibilidades de riego, algunos colonos se habían establecido allí, esperando la formalización de la fundación de una villa.

El 24 de febrero de 1783, el Comandante General, Teodoro de Croix, envió una carta al Visitador General en la Nueva España, José de Gálvez, con la que le remite un documento aprobado por la Corona titulado Plan de Pitíc, ideado por su capaz y letrado asesor Pedro Galindo Navarro, en el que se establecían las normas y lineamientos para fundar una nueva población y la recomendación de disminuir paulatinamente los privilegios fiscales concedidos a los Seris, la cual era una mala política para “comprar la paz”, ya que creaba un mal precedente con las demás “naciones” de indígenas. Además el documento recomendaba que la Corona insistiera en obtener préstamos entre los comerciantes y los otros colonos de la Provincia, para poder  lograr el establecimiento de la nueva población.

El documento anexaba también, una copia de las instrucciones giradas por el Comandante General al Gobernador Pedro de Corbalán para que, personalmente o mediante un Comisionado de su elección, proceda a fundar, finalmente, la Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc y los planos elaborados por el ingeniero Manuel Agustín Mascaró.




De Croix, instruye también que, en vista de que ya se había construido la capilla provisional ya se había construido, la iglesia definitiva podría esperar, ya que el fomento de la población era más importante, y en vista de que la acequia de cal y canto  en el río, y su sistema de canales ya habían sido construidos, el riego de tierras ya podía comenzar, los 5,100 pesos que la Corona había asignado para construir la iglesia, podían ser utilizados para construir las habitaciones de los oficiales de la Compañía Presidial, construir un almacén y ayudar a los más pobres a empezar el cultivo de sus tierras. Finalmente para terminar de construir la iglesia definitiva, el Intendente podría imponer una modesta cantidad anual a los pobladores o su trabajo personal.

Para atraer a los interesados en establecerse en la Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc, el Intendente debería de publicar por bando de “auxilios y gracias”, a los que los pobladores de la nueva villa tendrían derecho.

En julio de ese mismo año, don Teodoro de Croix, solicitó que la Hacienda del Pitíc recibiera el título de Villa, mismo que le fue concedido por real orden el 29 de agosto de 1783, denominándola Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc.

El ingeniero Manuel Agustín Mascaró, se hizo cargo de la proyección de la nueva villa, construyendo además, con un costo de tres mil pesos, una acequia de cal y canto llamada De la Comuna, localizada al norte de la población, hoy en día se encuentra sepultada entre las avenidas serdán y no reelección, con el propósito de canalizar las aguas del río Sonora y usarlas para el suministro urbano de la nueva villa.




En 1784, acosados por el hambre, los seris  en paz regresan de nuevo a la Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc y se establecen en la banda sur del río Sonora donde se les proveyó de semilla de trigo para que la cultivaran, de cuyo acopio se encargó don Santiago Domínguez de Escobosa y fue el padre capellán del Presidio quien la distribuyó.

El apaciguamiento de los seris, trajo consigo el primer repartimiento de tierras, ya que para entonces eran muchas las familias españolas asentadas en la región.

Un año después, en 1785, se llevó a cabo el primer reparto de tierras a la gran cantidad de familias españolas que habían acudido a asentarse en la Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc, atraídas por los tiempos de paz que en ella se vivían y a los indios pimas y seris que aceptaron asentarse en sus alrededores, el cual fue hecho por el Comisionado Roque Guizarnotegui.




A los habitantes de la Villa de San Pedro de la Conquista del Pitíc, se les asignaron ocho suertes de tierra de cuatrocientas varas de largo por doscientas de ancho (5.61 hectáreas), medidas por el ingeniero Gerónimo de la Rocha, tirando treinta y dos cordeles de longitud y ocho de longitud, de a cincuenta varas cada uno.

La parte norte del río, fue repartida a los españoles, a los indios pimas se les repartieron veinticinco suertes de tierra; veinte en particular y cinco para el común, que entre todas formaron cincuenta cordeles de largo por dieciséis de ancho, localizadas al oriente del Cerro de La Campana.

A los indios seris se les asignaron  en la banda sur del río, hacia el sur desde una línea imaginaria entre el cerrito de la cruz y el de la conveniencia, veintiséis suertes de tierra, cinco para comunidad y veintiuna para particulares.




El acueducto de cal y canto

El acueducto esta hecho de argamasa de cal y rocas de diferentes tamaños, tiene un ancho de 40 centímetros en el cuerpo interno, una altura de 1.30 metros  y una longitud de unos cuatro kilómetros.

Nacía en una “saca de agua” localizada en las inmediaciones de la cueva de Santa Marta al pié de la sierra del mismo nombre, actualmente estaría a espaldas de los edificios de la Unión de Crédito de la Cámara de la Construcción, y terminaba al poniente, al pié del cerro de la Conveniencia.

El acueducto fue utilizado por más de cien años, hasta que fue sustituido por otras obras hidráulicas.

La obra es el vestigio más antiguo que tenemos en la ciudad y en la actualidad se encuentra completamente azolvado por basura, tierra y piedras. Algunos tramos han sido destruidos por los derrumbes de rocas del cerrito de la Cruz.

Es una obra que los hermosillenses debemos valorar y cuidar. Bien podría dársele una rehabilitada, protegerlo con una malla metálica y convertirlo en un lugar de veneración de nuestro pasado, sobre todo en éstos tiempos que tanta falta nos hacen los valores éticos y sociales.

Ojalá y las autoridades competentes y los propietarios del predio hagan algo al respecto.  Pero sobre todo los ciudadanos que todo lo podemos, defendamos a capa y espada el poco patrimonio histórico con que contamos.




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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