Basura celeste: El tren subterráneo o la carne contradictoria del horror

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Por Ricardo Solís
Editada en septiembre en España y desde noviembre en nuestro país, la novela El tren subterráneo (Literatura Random House, 2017), de Colson Whitehead (Nueva York, 1969), viene precedida del prestigio que otorga alzarse con el Premio Pulitzer (2017) y el National Book Award (2016) en los Estados Unidos, pero asimismo por tratarse de una narración en la que la fantasía dialoga con la historia en un tono de naturalidad que permite fluir a los eventos de modo que la percepción no desatiende aquello que nos conmina a seguir las aventuras de la protagonista, una esclava llamada Cora que, siguiendo el ejemplo de su madre, escapa de la plantación de sus dueños, en el sur de la vecina nación durante la primera mitad del siglo XIX.

Ahora, no por lo antes referido se crea que el libro de Whitehead puede emparentarse dócilmente con otros clásicos del mismo cuño –como, tal vez, Las confesiones de Nat Turner (1967), de William Styron–, porque en su caso la prosa se sustenta en los sucesos para exponer los pesados dilemas morales que conlleva abordar un periodo histórico como la esclavitud en los Estados Unidos; de hecho, si una virtud sobresale en El ferrocarril subterráneo es, justamente, que los personajes no son salvados por su condición, sus actos ni sus reflexiones, sino por quedar “expuestos” ante el lector con todas sus facetas, lo mismo que su transformación a lo largo de la novela.




Formalmente, Whitehead apuesta por una estructura temporal cuya linealidad se rompe poco, aunque para insertar las motivaciones de giros situacionales que desvelan misterios o aclaran eventos de relevancia; así, cuando Cora (la protagonista) conoce a Caesar en la plantación se define su futuro porque, a pesar de no querer abandonar su mundo, se ve obligada a aceptar la oferta del artesano para escapar y abordar el legendario “ferrocarril subterráneo” que, para el caso de la novela, es absolutamente real (cuando, históricamente, representaba una red de contactos de que se servían los abolicionistas para dar ayuda y apoyo a los esclavos que huían hacia el norte), un tren de todo a todo, pero igual una representación simbólica por medio de la cual es posible conocer “el verdadero rostro de América” (es decir, de los Estados Unidos), para lo que es preciso, al viajar en él, “mirar hacia afuera”.

Con todo, aunque el autor acierta al brindar un panorama pormenorizado de la sociedad compleja tanto en su diversidad como en su estratificación social, de pronto puede dar la impresión de que cuanto pasa responde a una lógica planeada con excesiva precisión, como si las cosas respondieran a parámetros sociológicos exactos. Nada más lejos de eso. Por fortuna, son los retratos intercalados a la trama lo que redime a la novela y hace brotar la mejor prosa de Whitehead; gracias a las historias del cazador Ridgeway, la abolicionista bienintencionada Ethel Stevens, la pasión por determinados libros de Caesar o el escape de Mabel (la madre de Cora) es que nos adentramos en la carne contradictoria de seres humanos que padecieron un horror difícil de imaginar hoy día.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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