El color de las amapas: El barrio San Benito

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Por Ignacio Lagarda Lagarda
Hacia el año 1775, don Fernando Iñigo Ruiz, era propietario de una hacienda localizada al noroeste de la Villa del Pitic llamada Hacienda de San Benito.

La localización y los límites de dicha hacienda hasta ahora son desconocidos y era cruzada por un arroyo que nacía en el parte aguas que se localiza donde hoy es la colonia Country Club, bajaba por enfrente del cruce de las calles Matamoros y Nayarit, bajaba hacia el suroeste hasta os actuales bulevares Navarrete y Luis Encinas, donde se reunía con otro arroyuelo que bajaba desde la calle Heriberto Aja y San Luis Potosí, para juntos ir a dar hasta el canal de El Chanate, actualmente la calle Colosio y Sahuaripa.

El 24 de enero de 1794, Iñigo Ruiz le vendió al capitán del Cuartel del Pitic, don José de Tonna, quien construyó una casona, una parte de ladrillo y otra parte de adobe, al lado norte del arroyo San Benito, en su tramo de la calle General Piña a la calle de la Reforma. Además el capitán Tonna inició el plantío de vid en la Hacienda.

El 21 de agosto de 1805, por problemas económicos, el capitán De Tonna le vendió una parte de la hacienda al señor Ambrosio G. Noriega.

Al inicio de la revolución de independencia de 1810, el capitán De Tonna falleció misteriosamente.




Los vecinos nunca se pusieron de acuerdo para explicar la muerte del hacendado: Unos decían que fue causada por viejas heridas que recibió en los combates contra los indios seris, de las cuales nunca sanó bien. Otros aseguraban que el Dios de los seris hizo que muriera, en venganza, cuando vislumbraba un porvenir de felicidad.

Después de mucho discutirse en los hogares, empezó a rumorearse que el espectro del capitán de De Tonna, montado en un brioso corcel, se aparecía a un lado del arroyo, pues sucedió que el caballo preferido del militar fallecido murió el mismo día que su amo y fue enterrado en el arroyo, por orden de la afligida viuda doña María Rita Mesa y Olivos.




A partir de entonces se difundió la noticia de que el capitán y su caballo eran almas en pena, porque aquél había dejado un tesoro enterrado, convirtiéndose en una leyenda urbana.

A la hora de los difuntos, o sean las doce de la noche –se decía-, el capitán de De Tonna, salía del arroyo montado en el también difunto caballo, vistiendo su uniforme de gala, señalando hacia delante como cuando guiaba a sus tropas contra los seris, o lo pimas, o los yaquis levantiscos.

En una ocasión Juan Tule, pápago converso y mozo de la hacienda, llegó histérico a su casa y con el corazón latiéndole a su máxima velocidad, jurando que acababa de ver a su amo, cuya cabalgadura no hacía ruido con sus pezuñas, ni levantaba polvo al caminar, perdiéndose en el traspatio de la casona.




Varios días Juan estuvo diarreico y a punto de seguir el camino de su amo y su caballo; después todo el cuerpo y la cara se le pusieron de color verde y fue necesario que le asistiera otro indio, curandero, de quien se aseguraba que con sus hierbajos hacía curaciones maravillosas.

En ese tiempo, para trasladarse de la Villa del Pitic a la Hacienda del Torreón,  era necesario pasar por San Benito, los viajantes se abstenían de pasar de noche por allí temerosos de encontrarse frente a frente con el espectro del capitán De Tonna.

En el mes de enero de 1811, doña María Rita Mesa, le vende dos predios de la hacienda a don José María Noriega, pariente de don Ambrosio,  en $200.00 cada uno. Don José María Noriega compró también unos terrenos que comprenden hoy en día la colonia El Choyal, fusionándolos con los de la Hacienda San Benito.




Para 1836, la viuda de Tonna se deshizo del último predio de la hacienda que le quedaba, localizado al oriente del arroyo San Benito, vendiéndoselo al señor José Elías.

Muchos moradores de San Benito creían que al cambiar de dueño la hacienda podrían vivir tranquilos sin tener que santiguarse todas las noches, ni tener que regar con agua bendita en sus hogares, sin embargo, el Capitán de Tonna, continuó espantando a los vecinos y transeúntes.

Doña Rita y sus hijos; Pedro, Félix y la esposa de este último Petra Tonna de Tonna,   se fueron a radicar a Valladolid (hoy Morelia).




Se cuenta que un día del año 1847, en plena intervención armada a nuestro país por los Estados Unidos, pasaba a caballo por San Benito don Francisco Noriega, hijo de doña María Bitonga y de don Ambrosio Noriega, codueño de una huerta de ese lugar, cuando se dio cuenta de que a su lado derecho le acompañaba un militar de gallarda figura que montaba un hermoso corcel. El señor Noriega, hombre de mucho valor, al cerciorarse de que el caballo no hacía ruido al pisar, se enteró de que era el fantasma su acompañante; entonces preguntó: “¿Es usted de este mundo o del otro?” Pero la figura espectral, evidenciando su mala educación de militar formado fuera de las academias, no contestó y desapareció en el trascorral de la casona.

Unos años después, durante la Guerra de Tres Años o Guerra de Reforma y la Intervención francesa, la vieja casona de San Benito fue usada como cuartel, unas veces por los conservadores imperialistas de Gándara y otras por los republicanos de Pesqueira; en la última ocasión allí estuvo acantonada una fracción de la tropa del general Ángel Martínez, el jefe de los “macheteros”.

XXXXX

Después del triunfo de la República, empezó la ruina de la vieja casona del Capitán de Tonna al quedar completamente deshabitada, y fue el comienzo de su completa destrucción cuando los buscadores de tesoros supusieron que  las apariciones del espectro y que éste desaparecía en el traspatio, eran producto del tesoro que había dejado enterrado y se dedicaron a hacer excavaciones frenéticamente.

El 31 de diciembre de 1853, el ex gobernador José Aguilar Escobosa y su primo don Dionisio Aguilar, adquirieron los predios localizados al oeste de la hacienda San Benito, donde construyeron un molino harinero movido por máquinas de vapor, aprovechando las aguas que llevaba de la acequia del común que pasaba al pié del predio. Esos terrenos estaban donde hoy se ubica el Hospital General del Estado.

XXXX

Los últimos predios de 95,000 metros cuadrados pertenecientes a la antigua hacienda San Benito, fueron expropiados a la señorita Esperanza G. Noriega por el gobernador Anselmo Macías Valenzuela, con el propósito de construir en ellos la Universidad de Sonora.

En el Plano de la CIUDAD DE HERMOSILLO, formado según levantamiento general de la Dirección de Catastro y posteriores localizaciones parciales de distintos autores, escala 1:8,000, de 1941, firmado por el gobernador del estado Macías Valenzuela y el presidente municipal Severiano Talamante,  aparece por primera vez el trazo de la Colonia San Benito.

La urbanización del barrio San Benito se inició a finales de los años cuarenta, durante el gobierno del señor Roberto E. Romero (1946-1949).  




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


– PUBLICIDAD –


 

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

One thought on “El color de las amapas: El barrio San Benito

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *