Ludibria: Rumiantes y fieras

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Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraEl más reciente poemario de Antonio Deltoro, Rumiantes y fieras, (ERA, 2017) presenta a lo largo de casi 100 páginas el juego de conciliación de opuestos, entre ser y no ser, entre presas y depredadores, entre rumiantes y fieras (p. 37):

 

Rumiante

En la sequía
masco mis huesos
y en primavera,
ante las fauces,
la yerba fina.

Vivo en peligro.

En la abundancia
y en la sequía,
mascan mis sueños
la yerba fresca,
la yerba fina

y mi esqueleto
la pesadilla.




El poeta juega con las identidades, en este caso es un rumiante que rumia sus propios huesos y sus sueños y pesadillas, alternadamente. El rumiante como un animal de lenta digestión que se detiene en las imágenes y no se apresura más que cuando hay peligro de muerte. Las fieras pueden ser desde una libélula hasta las más variadas formas. Como en el tríptico “Mi gato” (p. 49):

I

Los puntos suspensivos
son los signos
donde duerme,

se despierta
acechando y en sueños,

de pronto,
un salto y un zarpazo…

¿si yo tuviera
el tamaño del pájaro?
Pero no soy un pájaro
ni él es un tigre,
es un gato:

la dosis de felino
que me toca.




La cotidianidad cobra otra perspectiva bajo la mirada de Deltoro, quien sabe encontrar lo extraordinario detrás de lo ordinario del milagro de la vida, del lodo, del vaso, el árbol, la barranca, con una sencillez propia del sabio anacoreta. Predominan en este libro los versos de arte menor, con excepción de “Envío” y “A modo de introducción”, que abren el volumen.

Con un transfondo melancólico, Rumiantes y fieras es un poemario celebratorio de la vida. Y guarda muchos rasgos autobiográficos, desde el principio hasta el final. En “Envío”, por ejemplo, habla de su casa (p. 7):

Cuántas cosas he sacrificado por estar entre estos árboles. De cuánta gente querida he prescindido por esta soledad amueblada por un jardín de flores, un estante con libros y unas pocas líneas tan cortas como éstas. ¿Dios me castigará? ¿Valió la pena? Sólo porque estás tú con los árboles, los libros, las flores y en estas pocas líneas, creo que sí, que quizá Dios y mis amigos me perdonen o que, a lo mejor, vale la pena condenarse en estas soledades, tan bien acompañado.

Hacia el final de “A modo de introducción”, confiesa Deltoro la religiosidad en la que cree: “quisiera fundar una religión de agradecidos y estoicos, de gustadores y valientes”.



*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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