El color de las amapas: San Ildefonso De La Cieneguilla, Abundancia de oro en el desierto sonorense

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
En el mes de febrero de 1771, un destacamento de soldados del Presidio de Altar al mando del coronel Domingo Elizondo, unas leguas al sur de dicho Presidio, siguiendo las huellas a una partida de seris alzados, llegaron hasta  un paraje conocido como La Cieneguilla, llamado así, por la existencia de una pequeña laguna o cieneguilla de aguas salobres, que no se secaba aún en época de secas, donde instalaron su campamento. Al retirarse de su grupo para hacer una necesidad fisiológica, uno de los soldados  encontró a ras del suelo, una gran cantidad de pepitas de oro puro, algunas de ellas del tamaño de un garbanzo. Al darles a conocer a sus compañeros la noticia de su hallazgo, la persecución de los seris se dio por terminada y los soldados volvieron a su Presidio a informar a sus superiores de su descubrimiento.

El coronel Elizondo le envió al gobernador de las Provincias Internas de Occidente don Teodoro de Croix, un informe de la expedición y el maravilloso hallazgo, quien a su vez se lo reenvió al virrey don Antonio de Bucarely y Ursua.

La noticia se propagó por todo el territorio y ese mismo mes los buscadores de oro llegaron de todos los rincones de sonora, a esa tierra prodiguiosa, en la que una carga de tierra rendía doce pesos en oro, sin necesidad de excavar en el suelo más de media vara de profundidad. El oro era tan abundante, que  el gobernador Pedro Corbalán la consideró como,  “el mayor descubrimiento de oro que se había hecho hasta entonces en el mundo”. Para el mes de mayo de ese mismo año, es decir, tres meses después de haberse iniciado su explotación, unas dos mil personas poblaban el mineral de La Cieneguilla, que ya había producido una cantidad de ciento treinta mil pesos en oro. Se calculaba que cada individuo recogía, unos cincuenta  gramos diarios del preciado metal.

Ese mismo mes, el gobernador Pedro Corbalán, en compañía de Bernardo de Urrea, capitán del Presidio de Altar, se presentó en el lugar para organizar la formación del pueblo “bajo el pié de calles y casas reales”, nombrar autoridades locales, proteger los intereses fiscales  del reino  y con la anuencia del virrey, nombró a Pedro Tueros como Justicia Mayor del nuevo real de minas.

Para el mes de septiembre de 1771, Corbalán informaba al virrey que en la real caja de Álamos, se habían “quintado” 2,033 marcos de oro y se esperaba hacer lo mismo para finales del año.




Un año después, el padre franciscano José Nicolaz de Mesa, que oficiaba en los pueblos de San francisco de Atí, San Antonio de Oquitoa y Santa Gertrudis de Altar, fue cambiado  al nuevo Real de la Cieneguilla y funda la Iglesia de San Ildefonso de la Cieneguilla.

Ese mismo año, el real, conocido ya como San Ildefonso de la Cieneguilla, contaba con una población de alrededor de cinco mil habitantes, según lo informó el propio Pedro Tueros. Tomando en cuenta que en 1765, Álamos era la población mas grande de Sonora con tres mil cuatrocientos habitantes, aquello era una metrópoli. Para enero de 1773, la población había aumentado a siete mil personas, la mayoría de ellos, indígenas yaquis venidos del sur del estado.

En diciembre de ese año, en La Cieneguilla tuvo lugar una reunión entre el entonces capitán Juan Bautista de Anza, el gobernador de la Provincia de Sonora teniente coronel Don Francisco Antonio Crespo y el capitán don Bernardo de Urrea, con el propósito de ponerse de acuerdo  para la organización de la primera expedición a la Alta California de parte del primero. Estuvieron presentes entonces, el padre franciscano francisco Garcés y el jefe yuma Palma.

El oro se encontraba “a pelo de la tierra”, como se decía, pero había también a profundidades de hasta seis metros, vetas importantes del mineral, que eran explotadas por una excavaciones llamadas “labores”, que eran unos pozos de unos dos metros de diámetro, del fondo de los cuales, partían hacia todos los rumbos, unos túneles llamados “tuques”.




Ante la falta de agua para el beneficio del mineral, el oro se separaba, poniendo una porción de tierra en una batea cónica, y tal y como se hacía para limpiar el trigo, la tierra se aventaba continuamente hacia arriba, con el propósito de quitar, con la fuerza del viento, los materiales mas livianos, hasta que quedaran solamente los pesados granos del oro en el recipiente. Lo demás se hacía a viento de boca, lo que resultaba bastante fatigoso.

Pronto las exploraciones y trabajos se extendieron hacia todos los puntos cardinales: cinco leguas hacia el oriente, se descubrieron los yacimientos “La Yaqui”, “La San Migueleña”, “Cerro Colorado”, “La Teodoreña” (de Teodoro Salazar), “El Boludo”,  “El Tiro”, “La Sierrita”,  y “El Puerto de Camou”. Hacia el poniente de la Cieneguilla se encontraban “Los Placeritos”, “El Manto”, “Los Tonelillos”, “La Pleiteada”, “El Cunier”, “El Hilo Blanco”, “La Tuna”, “La Bonancita”, “La Cueva de Murrieta” y “La Mesa Colorada”.

Debido a que la mayoría de los recolectores del oro eran indígenas yaquis, pobres y hambrientos, los españoles eran quienes se encargaban de la comercialización del mineral. Para eso, había en el real siete comerciantes que abastecían a los recolectores de bastimentos para subsistir, mismos que les vendían a precios altísimos y que les eran pagados con oro, mismo que recibían a un precio mucho más bajo que el que tenía en el mercado exterior. Así, los comerciantes hacían un doble negocio: vender las mercancías caras y comprar el oro barato. El Bachiller don Manuel Gil Samaniego de Álamos, le informó al visitador de Sonora don José de Gálvez, que en mayo de 1771, había unos comerciantes en La Cieneguilla apellidado Bringas y Maitorena, que habían acumulado diez y media arrobas de oro (117 kilos).




A partir de 1773, La Cieneguilla empezó a presentar los primeros síntomas de decadencia ya que los placeres empezaron a  agotarse y los recolectores se fueron al recién descubierto Real de San Marcial, al oeste de Guaymas.

Para enero de 1774, el oro de placer se había agotado, no así el oro de las vetas profundas, que ya para entonces se encontraban a diez metros de profundidad, lo que obligaba a un mayor trabajo de minado, mas costoso y por lo tanto necesario de financiamiento. Ese mes la producción era de unos sesenta marcos semanales; unos 7,500 pesos. El agotamiento del oro de placer y la necesidad de mayor esfuerzo para extraer el de las vetas, marcó el inicio de la decadencia del real de San Ildefonso.

La decadencia del mineral ya no se detuvo, y para enfrentar el problema del financiamiento de las labores de minado, a instancias de Pedro Tueros, los comerciantes se organizaron formando una compañía entre todos, para lo cual reunieron 3,500 pesos, pero corrieron con mala suerte; casi no lograron obtener oro y decidieron desasociarse.




El descubrimiento en 1775, en el paraje de Palo Encebado, unas ocho leguas de La Cieneguilla, de ricos y abundantes placeres, agudizó más la debacle del mineral, los pobladores se trasladaron de inmediato hasta el nuevo mineral llamado Santa Rosa de Buenavista.

El padre franciscano Pedro Font, capellán del segundo viaje a California del Teniente Coronel Juan Bautista de Anza, el 26 de mayo de 1776, en su viaje de regreso llegaron al mineral y Font en su diario lo describe así: “Domingo de Pascua de Espíritu Santo. Salimos del Bamuri a las cinco y cuarto de la mañana y a las ocho y cuarto llegamos al Real de La Cieneguilla, haviendo caminado cinco leguas, con rumbo sursudeste. Luego que llegamos vinieron a darnos la bienvenida el Sr. Theniente Dn. Pedro Tueros, que nos asignó casa en que hospedarnos, y los demás señores mercaderes de este Real… A la tarde fui a ver los placeres, combidado de Dn. Francisco de guizarnotegui, que me acompañó, y vi como los Yndios sacan el oro: distan del Real una legua, y volvimos al anochecer”, sigue diciendo Font “ Observé la altura de esse Real, y lo hallé, sin corrección , en 30°.9´.1/2, y con corrección en 30°.14´.1/2.” .

Para el año de 1777, se informaba que en La Cieneguilla, “la saca de oro era muy escasa” y para 1778 había en el mineral tan solo setecientos setenta y cinco pobladores, que acosados por los ataques de los indios apaches,  pimas y seris, quienes aprovechaban la escasa población del lugar para hacer sus tropelías, tuvieron que abandonar el lugar.

 




Para 1783,   los oficiales reales de la provincia, daban informes al marqués Teodoro de Croix, Comandante de la Provincia de Sonora,  de la completa ruina del mineral.

De 1884 a 1894 hubo otra fiebre de oro en el mineral de La Cieneguilla, en la que diez mil indígenas yaquis explotaron con el método de “lavado en seco”, los antiguos placeres de oro.

Desde 1860, el real de San Ildefonso de La Cieneguilla, cambió al simple nombre de La Ciénega y pasó a formar parte de una de las comisarías del municipio de Pitiquito, del que se localiza a 60 kilómetros al sur, al pipe de la sierra del Rajón.

Durante el proceso de la revolución mexicana, La Ciénega tocó fondo, pero en la década de los años treinta logró tener otro importante auge, cayendo de nuevo hasta casi desaparecer.

A finales de los cuarenta el norteamericano J.M. Hall compró todos los jales de La Ciénega quien los explotó por un tiempo.

Actualmente, en La Ciénega viven unas quince familias, algunos dedicados al “gambusineo”, obteniendo unos tres gramos diarios, que venden en Pitiquito y otros a la pequeña ganadería, no cuenta con servicios de salud, agua potable, ni electricidad. La autoridad es un comisario de policía que utiliza un radio de pilas para comunicarse a Pitiquito.

 

FUENTES
Jomier Jackes, 1998. Para conocer EL ISLAM. Editorial Verbo Divino. Av. De Pamplona 41. Navarra, España.
Enciclopedia Encarta. 2000. Microsoft
El Corán, 1982. Editorial Epoca. Traducción de Joaquín García Barroso




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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