Espejo desenterrado: Los libros y la inteligencia

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Por Karla Valenzuela
La memoria histórica ha dejado ver que el avance de las ciencias y el desarrollo tecnológico se imponen siempre a los escrúpulos de los individuos. Hemos visto cómo, de manera dolorosa, en el planeta han ido desapareciendo de manera irreversible numerosas especies de animales a las que hemos desplazado en nuestro afán por conquistar más tierras. Devastar bosques y contaminar ríos no sólo han traído como resultado la desaparición de varias especies, también ha ido dañando a nuestro hogar común, a la Tierra, atrofiando los ciclos climatológicos, provocando mutaciones en algunos animales y desarticulando nuestro aparato inmunológico de manera lenta pero firme.

Es claro que a pesar de tanto avance científico, sigue prevaleciendo la ignorancia, sobre todo en el tema fundamental del respeto a la vida de todas las especies, a su derecho de permanecer.




Mientras hace unos 10 años, vivíamos en la era de las especialidades y el precio que debíamos pagar entonces era vivir en la ignorancia de lo que nuestra especialidad no abarcaba, hoy en día estamos en la era de la “sabiduría colectiva”, esa donde todos creemos saber de todo tan sólo porque lo publicamos en redes sociales.

Hace unos 50 años, el británico Charles Percy Snow, en su ensayo “Las dos culturas y la revolución científica”, expuso la tesis de que la cultura occidental estaba dividida en dos bandos que se ignoraban mutuamente: los humanistas y los científicos. Ahí dejó asentado de manera clara lo ignorante que pueden ser tanto los hombres de artes en cuestiones de ciencia como los hombres de ciencia en cuestiones artísticas, sin perder el prestigio en sus respectivos campos. Ese es un cisma que desde hace medio siglo se trata de subsanar, y contrario a lo que pudiera pensarse, la brecha se ahonda y separa más.

Hoy resulta que ya ni siquiera existen esas separaciones. En la era de la “sabiduría colectiva” todos sabemos un poco de cualquier cosa, podemos afirmarlo con tal seguridad que cualquier persona que nos lee lo puede creer aunque no sea cierto. Antes, eso se hacía a través de documentos apócrifos, ahora es a través de Facebook, Twitter, Instagram o cualquier plataforma en la que se puede mentir con facilidad sin que nadie cuestione nuestras “verdades”.




Sin embargo, estaremos de acuerdo que no se trata de llegar al grado de humanismo alcanzado por Leonardo de Vinci. Se trata tal vez de sólo ser hombres cultos en su mejor acepción, de darnos cuenta que la cultura no es una especialidad, sino el camino que hace más habitable el mundo y que nos ayuda a entendernos, un camino que hacemos y que nos hace, tanto en lo personal como en lo colectivo.

Y aquí es donde los libros juegan un papel fundamental en el desarrollo de la conciencia de los pueblos porque forman parte del proceso educativo. Sabemos que la educación constituye el medio fundamental para hacer posible el desarrollo integral de las sociedades, y permite estar alerta y preparado para los grandes cambios que día con día experimentamos en los múltiples campos de la vida humana: en el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, en el acceso y la distribución de la información, en las formas de organización de las economías de los países, en las dinámicas sociales y en la geopolítica mundial.

La educación sigue siendo la preocupación central de toda sociedad, y hemos avanzado hacia el concepto de que se aprende durante toda la vida. Pero además debemos compartir que no se aprende sólo en la escuela: se aprende en la casa, en el trabajo, en la convivencia cotidiana y, sobre todo, leyendo. Leyendo, sí, porque es quizá la más fácil y la más barata de todas las herramientas que el sistema educativo pone a nuestra disposición.




En la era de las redes sociales, la lectura ha tomado nuevas acepciones que, lejos de aproximarnos a lo humanista, nos acercan más a la tecnología, pero también a la ignorancia funcional. Hoy en día, para muchos, cualquiera que no tenga un “blogo” (como dicen los intelectuales), o que no utilice las redes sociales, es arcaico en el menor de los casos, porque la cibercultura está ahí a nuestro alcance para la mayor difusión de las expresiones del pensamiento y simplemente no se aprovecha como es debido, dicen; pero ¿acaso a más divulgación habrá menos ignorancia?

Por ejemplo, el uso indebido de las palabras, la exacerbada necesidad de hacer verbo de cuanto sustantivo se nos atraviesa, el utilizar muletillas y volver castellanos algunos conceptos que se usan en inglés, son un lastre que nos han dejado las redes sociales, y lo han aumentado personas –políticos, periodistas, comunicadores- que se supone que sí leen, pero leen también redes sociales, textos, al fin, producto de un mundo globalizado que quién sabe si exista.




Desde hoy, hablaremos seguido de esas palabras que no deberían estar, pero se usan, y de otras que ya se han perdido.

Y es que el asunto no es nomás tener el buen hábito de la lectura, sino también saber qué leer y aprender tanto de lo bueno como de lo malo y quedarnos con los textos que mejor convengan a nuestra inteligencia.

Está claro que lo que no aprendamos en los libros, difícilmente lo aprenderemos en otros rincones que la vida dispone para nuestro gozo. Porque eso, al fin de cuentas, es la lectura: un gozo total. Los libros son el instrumento con el que debemos arar la tierra que nos han dado.




*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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