Basura celeste: Esnobismo ochentero y felicidad

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Por Ricardo Solís
Como bien dice un amigo mío, la nostalgia es una trampa emotiva que no pocas veces nos conduce a la ridiculez. Por supuesto, sin ella la memoria no podría conducirse por lo que construye como “pasado” y aspirar a entretenerse un poco, a gozar de un chispazo de felicidad en el ánimo. Así, ante la muy difundida costumbre de festejar aniversarios, mi esnobismo habitual busca no enlodarse ahora en sus vanas pretensiones sino, mejor, volver a un momento en el que la dicha fue clara y rotunda.

Por todo lo anterior, lejos de fijarme en que la muy mentada secuela de la emblemática película Blade Runner (Ridley Scott, 1984) remite al cumpleaños 35 de la cinta original, elijo sonzamente hablar de The Princess Bride (Rob Reiner, 1987), largometraje que llega de manera muy vital a sus primeras tres décadas, tras su estreno un 9 de octubre.




En este sentido, para mi generación la cinta representa hoy día una comedia legendaria aunque, debe recordarse, se trató de un proyecto que por muchos años promovió el propio autor del libro (y del guión), William Goldman, y que una vez concertado pasó por diferentes cambios de director y compañía productora. Con todo, quiso la fortuna que se modificara el tono narrativo de la historia –se quiso inicialmente que fuera cercano al drama– y derivó en una especie de “cuento de hadas” paródico al que ayudó un casting que, con el tiempo, probó ser acertado.

Así, The Princess Bride significó el debut de Robin Wright, un papel protagónico para Cary Elwes y un sitial legendario para la triada de simpáticos malhechores integrada por Wallace Shawn, Mandy Patinkin y André El Gigante, sin olvidar las participaciones de Peter Falk, Fred Savage, Peter Cook, Carol Kane y Billy Crystal.

El libro ya era un éxito de ventas y eso influyó para que no se desestimara filmar la historia aunque, justo es decir, representaba un riesgo que pocos ejecutivos deseaban correr y, además, estaban lejos de imaginar el fenómeno cultural en que acabaría convertida la película, al grado que muchas de las frases de sus personajes permanecen en el imaginario cultural gringo (y el de mucho old-geek que creció en los ochenta)… ¿Quién no recuerda al más habilidoso espadachín del mundo decir “My name is Iñigo Montoya, you killed my father, prepare to die”, la frase preparada desde su niñez para el momento de encontrar al hombre de seis dedos?

Y lo mismo sucede con la constante confirmación amorosa del joven Westley cuando responde a los reclamos de la princesa con un meloso “As you wish”; las rimas y el acento irreconocible de André El Gigante; un astuto Vizzini cuya extrañeza hace exclamar “¡Inconcebible!” a la menor provocación; la imposible e hilarante pronunciación del obispo que oficia el intento de boda entre la princesa y el mamonsísimo príncipe Humperdinck (Chris Sarandon) o la sorpresiva aparición de los “roedores de inusual tamaño”.

Finalmente, para mí (y otros de mi generación), The Princess Bride es una cinta que, a pesar del tiempo transcurrido y su factura, se ha vuelto de culto y no por las razones que esgrimirían quienes hoy adoran a Denis Villeneuve y olvidan a discretos artesanos como Rob Reiner o, si se quiere otro ejemplo, John Landis. Algo de bueno tuvo ser joven en los ochenta.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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