Basura celeste: David Grossman y la zona de catástrofe

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Por Ricardo Solís
Es una convención, más de mercado que literaria, que las reseñas de libros se escriben regularmente cuando el texto en cuestión aparece publicado por vez primera, como una novedad; sin embargo, a veces conviene “encontrar” las ediciones pasado un tiempo, topar con ellas de manera fortuita o bajo la sospecha de un benéfico accidente. Así sucede, creo, con Escribir en la oscuridad (Debolsillo, 2013), un pequeño volumen de ensayos del escritor israelí David Grossman (Jerusalén, 1954), autor de reconocidas novelas entre las que destacan El libro de la gramática interna (1991), La vida entera (2008) o Delirio (2012).

En este sentido, Escribir en la oscuridad reúne seis conferencias que se convierten en ensayos y, por eso mismo, conservan muchos rasgos de necesaria oralidad que los vuelven sumamente digeribles, claros y, en mi opinión, entrañables. Esto último, me parece, porque en su escritura no se abandona un compromiso ineludible con la literatura –a pesar de que el contenido de estos escritos no pierde de vista la política–, a la que juzga como un ejercicio de libertad y, en su caso, vinculado con su historia familiar, la identidad que confiere pertenecer al pueblo judío y vivir en Israel.




En general, este breve libro (apenas 138 páginas) significa una lección de tolerancia y respeto por el otro ante las amenazas evidentes que se ciernen sobre su espacio vital (y las acciones que un Estado toma ante ellas), compartido con aquellos a quienes se mira como “enemigos” pero que, destaca Grossman, no se trata sino de una actitud que condena a Israel a la paralización, como si sus habitantes portaran “una máscara mortuoria interior”.

De esta forma, aunque no desconoce la imagen que de su país se tiene en el extranjero por su inaceptable política de exclusión y exterminio para con el pueblo palestino, no abandona la esperanza de que los líderes actuales puedan, en un futuro siempre incierto, establecer una conexión entre los israelíes y “los aspectos sanos, vivos y fértiles” de su identidad, sin dejar de apreciar “lo peligrosos que son los procesos en los que ya estamos metidos”.

 

Ahora bien, convencido de que los libros “son el único lugar en el mundo donde pueden coexistir las cosas y su pérdida”, la literatura no puede sino convertirse en la piedra angular de sus convicciones y una práctica resultante de cómo su existencia se vio determinada por diferentes libros y autores de la tradición judía del siglo XX, en especial el polaco Bruno Schulz, a quien alude en más de una ocasión no solamente como notable creador de personajes sino, también, como un hombre cuya vida representa lo mismo un ejemplo de capacidad imaginativa que la prueba de un destino desafortunado y trágico.

Finalmente, sospecho que quien lea este libro desde la experiencia de vivir en México no podrá sino identificarse con la idea de Grossman de lo que significa escribir “en una zona de catástrofe”, inmerso en una realidad terrible ante la que se está “constantemente en guardia”, en todo momento “preparado y tenso ante el próximo dolor, ante la futura humillación”.




 

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.


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