El color de las amapas: México necesita una utopía

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
¿Para qué sirve una utopía?
,  le preguntó un estudiante en una reunión universitaria en Montevideo, Uruguay, a Fernando Birri, un cineasta argentino conocido como el padre del Nuevo Cine Latinoamericano.

Birri,  se quedó ensimismado en sus pensamientos por unos instantes y le contestó con parsimonia:

La utopía es como el final del arcoíris, está siempre en el horizonte,  me le acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?

Para eso sirve: para caminar, para avanzar.

Unos meses antes de caer derrocado y asesinado por un golpe militar atroz, Salvador Allende,  el presidente socialista de Chile entre 1971 y 1973, conversando con su amigo y asistente personal le dijo:

La utopía es un horizonte, una ilusión o tal vez un espejismo, como los cantos de sirena que seducen a Ulises. Nos ilusionamos con una utopía para darle sentido a nuestra vida o nuestra vida tiene sentido porque adoptamos una utopía?

Siento que la utopía inspira y orienta a una persona, pero a la vez la engaña y confunde porque en el fondo es inalcanzable.

Quizás a los pobres o a los inmigrantes no nos quedan más que ser idealistas para sobrevivir y adaptamos a una vida que siempre nos rechaza.

Toda utopía muere en cuanto la convierten en cartón y normativa porque asfixia a libertad humana. Las utopías reflejan anhelos humanos superiores, pero no pueden proponerse cancelar el desarrollo infinito de la historia.

No hay nada más triste que un hombre o una mujer sin utopías. No hay ser humano más esclavo y servil de las cosas inmediatas, que uno sin sueños sociales

No, yo no soy un soñador como Tomás Moro. Yo más bien creo en lo que veo, en el bistec jugoso y aromático en el plato, en los zapatos que refulgen bien lustrados, en la masa que entra húmeda al horno de barro y retorna como pan crujiente y perfumado a leña.

Por mi parte, me permito tomar literalmente las palabras al escritor uruguayo Eduardo Galeano, de un documento titulado Derecho al delirio, que al respecto dice lo siguiente:

Ya ha nacido el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2012 de los cristianos es el año 1,390 de los musulmanes, el 5,125 de los mayas y el 5,773 de los judíos.

El nuevo milenio nació un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera.




Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el Papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació.

El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera.

Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio. La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el siglo XXI del segundo milenio

Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno,  todos nosotros somos gente del siglo pasado y, peor todavía, somos gente del pasado milenio.

Aunque no podemos adivinar cómo será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar cómo queremos que sea.

En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar.

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar?

¿Qué tal si deliramos, por un ratito?




Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

En las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o la lavadora;

La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

Los cocineros no creerán que a las langostas les encante que las hiervan vivas;

Los historiadores no creerán que a los países les encante ser invadidos;

Los políticos no creerán que a los pobres les encante comer promesas;

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;




Nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

Una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra lo hará en el Perú;

En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

La Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

La Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

La perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Esta debería ser nuestra  utopía del siglo XXI




 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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