Porfirio Barba Jacob y “La dama de los cabellos ardientes”

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Su vida fue un inútil irse de todas partes para invariablemente regresar luego, como un fantasma pueblerino que vuelve a desandar sus pasos.
– Fernando Vallejo

Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraPorfirio Barba Jacob (1883-1942), poeta y periodista colombiano, errante perpetuo, fue un gran solitario entre la multitud: un hombre de infinitos desiertos interiores. Y cambió constantemente no sólo de residencia (inmenso nómada) sino también de nombres, es decir, de personalidad o de personaje –pero perviviendo siempre el poeta. Fue bautizado en su natal santa Rosa de Osos el tres de agosto de 1883, con el nombre de Miguel Ángel Osorio Benítez; había nacido cinco días antes bajo el signo de Leo.

Posteriormente habría de ser conocido como Ricardo Arenales (desde 1906, con un apellido que sugiere las vastas arenas del desierto con que se identifica), para luego convertirse en Porfirio Barba Jacob (desde 1922): “Dice la leyenda (alimentada por él) que se hubo de trasmutar al borde del fusilamiento (en Guatemala), cuando confundido con el licenciado Alejandro Arenales, director del Diario Nuevo y defensor de los reos procesados por los levantamientos contra Orellana (presidente del país), fue detenido por orden del Consejo de Guerra (…) Y que a un paso del otro mundo se aclaró la confusión: que no era a “Ricardo” al que buscaban sino a “Alejandro”. Esto no quita el uso de otros pseudónimos menos frecuentes, como “Maín Ximénez” o como “Califax”. Huyendo de sí mismo, huyendo siempre.




Aunque tuvo algunos amoríos con mujeres durante su juventud, y aunque después prefirió la carne de puerco para la cena y la carne de hombre para la cama, siempre fue amante fiel de su eterna compañera, la dama de cabellos ardientes. Fernando Vallejo, en su inigualable y documentadísima obra El mensaje: una biografía de Porfirio Barba Jacob, nos narra las nupcias del poeta con su dama:

Les puedo decir con precisión la fecha: el veintinueve de agosto de 1909 en la noche, cuando se desató la tromba que desbordó el río Santa Catarina que inundó la ciudad. Esa noche Ricardo Arenales fumó marihuana por primera vez. Y le voy a decir cómo lo supe: él mismo lo escribió, en esas páginas autobiográficas que con el pomposo título de “La Divina Tragedia” le publicó, sin su consentimiento, Arévalo Martínez en Guatemala: “Yo celebré mis nupcias con la Dama de Cabellos Ardientes. Fue una noche de tormenta horrísona cuando la ciudad se había inundado hacia los barrios obreros y seis mil cadáveres pregonaban la inocencia de la catástrofe. Y la obscuridad se entenebreció.” (37).

Tan importantes nupcias ameritaban un marco cósmico, apocalíptico, en la memoria. Esta, en consecuencia y muy probablemente, trasladó a un contexto majestuoso y devastador al acontecimiento que tal vez se dio en circunstancias bastante más prosaicas: durante la leva en Colombia, entre la tropa de los conservadores, ahí aprendió tanto a degustar la mota y el alcohol, como a robar puercos y gallinas para los aprovisionamientos de quienes lo reclutaron pero no obligaron a disparar ni un tiro.

“La dama de los cabellos ardientes” es el nombre de uno de los poemas más célebres de Barba Jacob, dedicado (como es de esperarse) a la Dama de quien venimos hablando, la omnipresente musa, solícita amante, pródiga en transformaciones y metamorfosis, maestra que enseña al mundo con una mirada nueva. De los 146 versos del poema cito los siguientes:

Decíame cantando mi niñera
que a mi madrina lo embrujó la Luna;
y una Dama de ardiente cabellera
veló mi sueño en torno de la cuna.
Su cabello –cauda sombría-
ondeando al viento, ondeando al viento,
ardía, ardía. (vv. 11-17).

La Dama de cabellos encendidos
transmutó para mí todas las cosas,
y amé la soledad, los prohibidos
huertos y las hazañas vergonzosas.
Qué intenso el fruto
de las tinieblas!
Qué grato el beso
de un labio en llamas! (vv. 48-55)

Mistagoga, guía mística de la infancia cuando aún no la conocía, da sentido a la existencia y a la vida como constante transgresión. Recuérdese que el huerto es tradicionalmente un locus amoenus: lugar propicio para el amor –en este caso, prohibido. Nótese el tópico de las tinieblas- culto luciferino: el diablo como símbolo de rebeldía: el ángel caído de la modernidad. El poeta como un maldito, el dejado de la mano de dios, el marginado de una sociedad que lo expulsa porque no hay lugar para los inconformes y para quienes no siguen con seriedad la moral burguesa.

Barba –Jacob, el poeta, sabe todo esto; es un cínico en el sentido prístino del término. A semejanza de Diógenes de Sinope, buscaba al hombre: aquel que vive de acuerdo con su esencia más auténtica; aquel que, a despecho de convenciones sociales y los caprichos de la diosa fortuna, sabe encontrar su genuina naturaleza y vivir de acuerdo a ella para saber ser feliz. Cabe aquí apuntar aquella curiosa frase del poeta: “No tengo más principios morales que aquellos indispensables para sobrevivir.” Es decir, se propone la tarea de ser feliz a condición de aprovechar los fáciles medios de vida dándose cuenta de cuáles son las exigencias reales de su naturaleza.




*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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