El color de las amapas: Batopilas y el Patrón Grande

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Por Ignacio Lagarda Lagarda
En el mes de septiembre de 1880, Alexander Robert Shepherd – quién había sido Gobernador del Distrito de Columbia, USA – acompañado de su esposa Mary, sus hijos May, Isabella, Susan, Grace, Alexander II, Grant y John, dos niñeras, su hermano Jack, el Dr. Ross, el Coronel Morgan, los señores L.M. Hoffman, Limón Larned, el Ingeniero Linsday, cuatro perros y un enorme séquito de ayudantes,  llegó a la Hacienda San Miguel, situada a la orilla del río Batopilas, en las inmediaciones del pueblo minero del mismo nombre, como Director General de su propia  Compañía Minera, ya que le había comprado todos los fundos mineros a la Wells, Fargo & Company, que explotaba las minas de la región, hasta esa época.

En un profundo cañón e la Sierra Tarahumara, Pedro de la Cruz descubre, en 1632 las minas de Batopilas, célebres por sus bonanzas de plata nativa, de tanta pureza que según las crónicas podía llevarse directamente a la casa de moneda para ser acuñada. La región de Batopilas fue sometida por los blancos a partir de 1690, cuando se descubrieron las minas de Urique, primer centro de Autoridades Civiles Españolas en la baja tarahumara. Los primeros mineros en establecerse en la región fueron los señores Antonio Serrano y Cristóbal Rodríguez. La mina fundadora se llamó “Guadalupe” y el Real primitivamente se nombraba San Pedro de Acanasaina, después fue San Pedro de Alburquerque y Deza en honor del Duque de Albuquerque y de Don Antonio de Deza y Ulloa quienes gobernaban en dicha época a la Nueva España y a la Nueva Vizcaya. Para 1711 principió a dársele el nombre de San Pedro de Albuquerque y Batopilas, posteriormente se impuso la denominación de Batopilas que le daban los naturales, palabra indígena que significa “Río Encajonado”.  En 1732, pasó a formar la Alcaldía Mayor de San Pedro Batopilas, comprendiendo los actuales municipios de Guadalupe y Calvo, Batopilas, Urique, Chínipas y Guazapares; en 1788 formó la Subdelegación Real del mismo nombre y en 1812 los pueblos adquirieron los derechos de elegir Ayuntamientos al expedirse la Constitución Española de Cádiz, siendo Batopilas uno de ellos, el cual conserva hasta la fecha su categoría de municipio.  Para 1788, Batopilas contaba ya con 7,874 habitantes.

Batopilas resurgió cuando Alexander Robert Shepherd organizó diez compañías mineras y las agrupó en 1887 en la Compañía Minera de Batopilas. Esta compañía construyó una de las grandes obras de ingeniería minera de la época, un túnel subterráneo que conectó las vetas de las áreas de Roncesvalles y Todos Santos. Además construyó entre muchas otras obras, la hacienda de San Antonio que, en su época, fue una de las más modernas del país.

La operación de esta compañía decayó notoriamente entre 1911 y 1920 con motivo de la suspensión de operaciones que provocó la Revolución. Estos trabajos se reanudaron hacia 1919 pero la ausencia de nuevos descubrimientos mineros obligó a los propietarios a su cierre definitivo en 1925. Hacia la cuarta década del siglo XX con el nacimiento de un nuevo gran proyecto minero en el poblado de La Bufa, cercano a la cabecera se tuvo un auge que perduró hasta 1958, fecha en que The Potosí Minning Co., suspendió sus trabajos aduciendo incosteabilidad. La mina de El Carmen operó a través de intermediarios hasta 1975, fecha en que también se clausuró. Con los trabajos de exploración que la Compañía minera Peñoles ha desarrollado en un yacimiento ubicado en el poblado de Satevó, ha crecido la esperanza de un resurgimiento minero.

Batopilas es la cabecera del municipio del mismo nombre, localizado en el extremo suroeste del Estado de Chihuahua, en el fondo de una barranca, a una  latitud norte de 27º 02’, y  longitud Oeste de 107º 44’ y con una altitud de 501 metros sobre el nivel del mar.




El Patrón Grande

Alexander Robert Shepherd, a los cincuenta años, era un hombre alto y fornido, medía 1.85 metros de estatura  y pesaba 105 kilos. Era un hombre bondadoso y caritativo, virtudes que ejercía a plenitud entre sus trabajadores de sus minas. Llamaba “ángeles”, a todos los vagabundos y pordioseros  que veía, ya que decía, que alguno de ellos podía ser un ángel enviado del cielo, para probar su calidad humana por sorpresa. Esta actitud le ganó un profundo respeto y afecto de todos quienes trabajaban con él.

Durante las poco más de dos décadas que trabajó las minas de Batopilas, Shepherd, dedicó todas sus energías para levantar una empresa que llegó a tener mil quinientos trabajadores, a los cuales les pagaba un salario mínimo de 1.5 dólares diarios, por cualquier labor que desarrollaran y los protegió de cualquier eventualidad que pudiera ocurrirles en sus necesidades cotidianas, dándoles servicio médico, construyendo un moderno hospital en las instalaciones de la mina y con esfuerzo, tenacidad y cariño hacia sus semejantes, estableció una comunidad feliz, donde llegaron a habitar seis mil almas. Por todas esas razones, fue conocido en toda la región como “El Patrón Grande”.

Exactamente 22 años de su llegada a Batopilas, “El Patrón Grande” dejó de existir, a finales del verano de 1902. Su viuda y sus hijos decidieron trasladar su cuerpo hasta Washington, lugar donde había nacido y como dijimos antes, llegó a ser Gobernador.

Sólo había una manera de sacar el ataúd de Batopilas y conducirlo doscientos noventa kilómetros hasta el Rancho El Álamo en Carichíc, por las escarpadas y difíciles veredas de la Sierra Madre: construir una parihuela y al lomo de ocho hombres, conducirla todo el trayecto. De Carichíc, el cuerpo sería llevado en carreta hasta San Antonio de los Arenales (Ciudad Cuauhtémoc) y de ahí en un vagón especial de tren hasta Chihuahua y luego hasta la capital de USA.

La estrategia consistía en formar cinco grupos de ocho hombres cada uno, quienes coordinando sus movimientos como uno solo, caminaran tan cerca uno del otro, como fuera posible. Se había procurado que los hombres que formaban un turno, tuvieran , mas o menos, la misma complexión física, para que el peso estuviera nivelado y los grupos se turnaban cada media hora. No habría forma de perder tiempo, por lo que , los cambios se hacían de uno en uno, y en el momento que uno se salía, el otro metía su hombro inmediatamente. El ataúd era colocado en el suelo, solamente una vez al día, al terminar la jornada del día y cuando era necesario hacer una parada para la comida del día. El tiempo de recorrido debería hacerse en cinco días, el mismo tiempo que hacía la conducta con las barras de plata.




Esta no es una tarea que cualquiera acepte fácilmente, ni aún con el señuelo de una buena paga. No es fácil convencer a alguien de recorrer cincuenta y seis kilómetros diarios, llevando entre angostas y peligrosas veredas, el cuerpo inerte de un hombre pesado dentro de un ataúd colocado sobre una parihuela. Pero en este caso, no fue difícil lograrlo, pronto se puso de manifiesto el afecto y respeto que le tenían los trabajadores, al hombre que dedicó la mitad de su vida a ayudarlos y protegerlos. Todos los trabajadores se ofrecieron a realizar la faena, aún a sabiendas de que la cantidad de hombres necesarios para lograrlo, ya se había completado y  muchos se presentaron a pedir una oportunidad de conducir el féretro, diciendo “no queremos que se nos pague por el viaje, solamente queremos manifestar nuestro cariño y respeto por “El Patrón Grande”, que tanto hizo por nuestras familias.”

Bajo otras circunstancias, realizar ese viaje hubiera sido imposible, pero la actitud  agradecida de aquella gente humilde, hizo posible que se realizara sin contratiempos.

Delante de la gente de la piragua, iba una conducta con camas y alimentos, que se adelantaba hasta la estación programada del día, y los esperaba con la cena y los aposentos listos. Más adelante iba la viuda de Shepeherd, cargada en una silla de manos, construida especialmente para el viaje y evitarle así, la fatiga de montar, además de la moral, que ya llevaba en su alma. La viuda era informada todos los días del avance del cuerpo, por un mensajero que llegaba a media noche a su campamento, para entregarle un informe enviado por sus hijos, que leía cada mañana del siguiente día.

A su paso por Chihuahua, los familiares de Shepherd, recibieron las condolencias de personajes como Don Luis Terrazas, Don Enrique Creel, Don Antonio Prieto y Don Juan Creel.

Los restos de “El Patrón grande” fueron depositados en Washington, D.C., en el Templo de Rock Creek, donde descansan hasta la fecha, junto a los de su esposa, que fueron depositados después.




Fuentes consultadas

  1. Almada R. Francisco. Diccionario de Historia, geografía y Biografía Chihuahuenses. Universidad de Chihuahua. 1995.
  2. Almada R. Francisco. Apuntes históricos de la Región de Chínipas. Sin datos del editor.
  3. Secretaría de Gobernación. Gobierno del Estado de Chihuahua. Centro Nacional de Estudios municipales . Centro Estatal de Estudios municipales de Chihuahua. Los Municipios de Chihuahua. Colección: Enciclopedia de Los Municipios de México., D.F., 1988. www.elocal.gob.mx/work/templates/enciclo/chihuahua/Mpios/08008a.htm
  4. Shepherd Grant. Batopilas. Programa Editorial del Ayuntamiento de Chihuahua. 1995.

 

*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


– PUBLICIDAD –


 

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *