Ludibria: Algo sobre la muerte del poeta mayor Sabines

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Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraNunca ha habido un poeta capaz de colmar Bellas Artes a tal punto de que se requirieran pantallas gigantes para los cientos de amantes de su poesía que se quedaron fuera del máximo recinto de nuestra cultura nacional. Nunca un poeta tan famoso en un país como el nuestro, donde cunde la opinión (¿dogma?) de que casi nadie lee. Tal fue Jaime Sabines. “La fama es una forma de morir”, dijo alguna vez Jorge Luis Borges y lo explica en su célebre “Borges y yo”. Los extremos se tocan, y en estas palabras del porteño se ve reflejada la muerte del vate mexicano más celebrado y famoso de la pasada centuria.

Se trata de un hombre cuya muerte se ve superada por su fama. Consciente quizá de ello, dejó expresas instrucciones de que su sepelio estuviera deprovisto de las multitudes que lo amaron y de homenaje de cuerpo presente en Bellas Artes (pese a la voluntad del entonces presidente Zedillo). Él que tanto cantó a la muerte se vio alcanzado por ella hace ya dieciocho años, una semana antes de cumplir los seteinta y tres años, encontrándose en plenitud de su deliciosa palabra y su característica insolencia ante la moral dominante: “canonícemos a las putas, oh puta, redentora del mundo”, insolente demonio que en la poesía quemó sus máscaras surgiendo siempre perfectamente él mismo en su alegría y su dolor continuos.




Un día me dijo mi amigo Alejandro Ramírez “cuando quiero que se me desgarren las entrañas, leo a Sabines”. Esto expresa con precisión la predominancia gozosa de lo dionisiaco (ebriedad, trance divino) sobre lo apolíneo (contención y medida) en nuestro poeta, su desenfado ante la así llamada “Poesía Pura”, manifestado en alguna ocasión del siguiente modo: “no existe la poesía pura, así como no existe el alcohol puro; lo más, el alcohol de 96 grados”. Su vida y su obra, de cualquier modo, son de una total pureza, no de exquisitez, sino de vitalidad avasallante dotada de ironía, rudeza, crueldad y ternura luminosas.

En este tenor, al par de su celéberrimo poema “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, propio de un poeta maldito de nuestros tiempos (que lanza plegarias al par que blasfemias), vale la pena recordar su “Tía Chofi”. Al hablar de la muerte de sus cercanos, nos habla de la suya propia. Cito un fragmento:

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,/ pero esa tarde me fui al cine e hice el amor. /Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta /con tus setenta años de virgen definitiva, /tendida sobre un catre, estúpidamente muerta. /Hiciste bien en morirte, tía Chofi, porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso, /porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste, /ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba /que querías morirte y te aguantabas. /¡Hiciste bien! /Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos, /porque te quise a tu hora, en el lugar preciso, /y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple, /pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste./ (…)¿pero qué quieres que haga /si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?

Como su tía, tampoco aspiro a un velorio suntuoso colmado de arrepentidos; es fuerte el contraste de los dos primeros versos: la vida sigue, con o sin nosotros. La muerte no es una maldición, sino una necesidad, un último auxilio que nos da la vida. “La muerte nos sonríe a todos: justo es que le regresemos la sonrisa”, diría el filósofo estoico Marco Aurelio. Sin duda, Sabines no es un estoico, la muerte le revuelve las entrañas, lo hace aullar de dolor, desear remover con las uñas la tierra que cubre la tumba de su padre, con viril desesperación. ¿Presentimos la muerte? Indudablemente, pero duele más la ajena que la propia; incluso, duele más la vida que la muerte. Por eso, la fiesta, la embriaguez y la fornicación seguirán, como nos dice nuestro poeta en otros de sus versos: “Sube en el remolino la casa y el tiempo sube /como la harina agria. ¡Henos aquí a todos, fermentados, /brotándonos por todo el cuerpo el alma!”




*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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