El color de las amapas: Mis encuentros con la muerte

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Por Ignacio Lagarda Lagarda
El recuerdo más remoto que tengo de la muerte es de cuando mi infancia en San Bernardo, el pueblo de la sierra de Sonora donde nací. Tendría algunos seis años cuando un vecino que vivía en la otra banda del arroyo murió de una razón que nunca supe.

El muerto era un indígena guarijío que vivía en Los Jacales, la comunidad indígena que se formó como un sector marginal de la población separada por el arroyo e incomunicada socialmente con la población mestiza predominante del pueblo.

Murió a media tarde y la noticia se esparció por la comunidad en cuestión de minutos. Yo me enteré del suceso por mi madre y porque desde mi casa, que estaba en el borde del cajón del cauce del arroyo, podía divisar desde la ventana de la cocina el movimiento inusual de los vecinos y el llanto  de los familiares que llegaba hasta mí como un eco que regresa el viento.

Esa noche me acosté con el temor inexplicable que en ese entonces le tenía a la muerte, y le sigo teniendo,  y no pude dormir en toda la noche escuchando el tétrico sonar del serrucho y el martillo de Roberto Brenan, el carpintero del pueblo, que como siempre, tuvo que fabricar el ataúd de última hora, como era la costumbre, ya que en San Bernardo la gente no se moría todos los días,  por lo que había que esperar a que sucediera, para que Roberto se pusiera a fabricar el ataúd a la medida y a las circunstancias y no económicas, porque todos los ataúdes los hacía idénticos, con lo único que contaba: madera de pino y clavos.

 

El siguiente día se me fue observando desde mi casa el ir y venir de la gente  visitando a la familia del muerto y al muerto mismo. El ataúd, que alcanzaba a ver desde mi casa, estaba puesto en el portal de la casa del fallecido, una casa de adobe y vara blanca con techo de tierra y morillos de amapa, como son las típicas casas de los indígenas guarijíos.

La siguiente noche también la pasé en vela escuchando el permanente  rezo y el llanto plañidero de las mujeres del muerto durante el eterno tiempo del velorio.

Otro día muy temprano, atento todavía a los sucesos, vi cómo los familiares bajaron en fila hasta el arroyo siguiendo la procesión encabezada por seis hombres que cargaban el ataúd, con una mano se lo sostenían al hombro, mientras que en la otra llevaban el sombrero.

Todos los hombres llevaban un paliacate rojo en el cuello y las mujeres vestidos negros y la cabeza cubierta por un rebozo oscuro.

Cruzaron el arroyo en silencio seguidos por una fila de unas cincuenta personas, subieron de nuevo el borde del arroyo, llegaron a la parte central del pueblo, cruzaron por la plaza principal y se encaminaron en silencio hacia el norte, rumbo al río mayo, donde se encontraba el camposanto de la comunidad.

Los vi alejarse con curiosidad y temor desde el portal de la tienda de Manuel “Paloma” Esquer sin sufrir el dolor causado por la muerte, ya que en mis seis años de vida, nadie de mi familia se había muerto.




Mi siguiente encuentro con la muerte fue una tarde de julio del verano del año 1967.

Eran días de fiesta porque habían llegado a San Bernardo los “húngaros”, como llamábamos a los gitanos, con sus juegos mecánicos y sus artilugios de magia y predicción.

Empezaba a caer la tarde y mientras rondaba por las atracciones mecánicas, literalmente mecánicas,  porque cómo  aún no llegaba el prodigio de la electricidad al pueblo, los juegos se movían por la fuerza de los fornidos brazos de los gitanos trashumantes, llegó corriendo mi hermano Octavio para avisarme que por alguna razón hasta entonces inexplicable mi madre estaba llorando en casa y me llamaba a cuentas.

Me fui corriendo a casa y encontré a mi  madre planchando cuando los últimos rayos del sol entraban casi horizontales por las ventanas del lado poniente de la casa. 

La vi de pié planchando sin rumbo mientras lloraba en silencio, con Saúl, mi hermano menor a sus pies,  que jugaba ausente en el suelo a sus tres años de edad.

Le pregunté qué pasaba y me dijo con toda formalidad: tu primo Jorge se ahogó ayer  en una alberca en Navojoa.

Lo primero que no entendí fue qué era una alberca porque hasta entonces no había escuchado nunca esa palabra y le pedí más detalles. Hice muchos esfuerzos por entender la explicación que mi madre me dio sobre una alberca y su uso porque, para bañarme,  yo solo conocía los “tanques”  del arroyo, particularmente el de “La Chuna”, que estaba enfrente de mi casa.

Mi primo Jorge Figueroa Lagarda lo era  por mi segundo apellido Lagarda e hijo de mi tía Lola, la hermana de mi madre,  que vivía en Navojoa desde que se había casado con mi tío Cristóbal Figueroa. 

Mis primos Figueroa habían nacido y crecido en Navojoa,  por lo que casi no los había visto ya que hasta entonces yo nunca había salido de San Bernardo y  solo recordaba a Aída, Irma, Carmelita, Genoveva y Salvador, porque eran los mayores, aunque la navidad de dos años antes, todos los nietos de mi abuela Genoveva  la habíamos pasado juntos en mi pueblo.




A Jorge lo recordaba porque dos meses antes,  a inicios del verano, ya muy entrada la noche desperté sobresaltado en mi catre al escuchar una intensa conversación de mis padres con una persona desconocida. Recuerdo que observe a la distancia que conversaban con un adolescente vestido totalmente de blanco  que,  parado en la cabecera del catre de mi madre,  les hablaba de su familia de quienes les traía saludos,  y así como llegó, se fue entre las sombras de la noche, llevándose también saludos de mis padres para aquellos familiares remotos.

Al siguiente día mi madre me explicó que aquel jovencito era mi primo Jorge que había llegado a media noche a San Bernardo en un troque fletero, que solo pasó a saludarlos y se regresó en el mismo carro esa misma madrugada.

Era todo lo que sabía de Jorge, pero al ver a mi madre se derrumbada por el sufrimiento de su hermana, me desgarró también en mi interior.

Mi madre me explicó que desde niño,  Jorge había sido muy atrevido y un  día antes, el 28 de julio, sin permiso de su madre se había ido a la alberca municipal de Navojoa a bañarse con sus amigos. Nunca volvió a casa y lo mis tíos alertados lo buscaron toda la noche en casa de sus amigos hasta que el siguiente día en la mañana la policía lo había encontrado muerto en el fondo de la alberca municipal acostado en posición fetal.

Me explicó también que la muerte de un hijo era un dolor indescriptible e insuperable y que su hermana estaría sufriendo lo impensable, por lo que a primera hora del día siguiente se iría a Navojoa en el camión del amanecer,  llevándose con ella a “La Niña”, como  llamábamos a mi hermana Carmen Elisa, la única hembra entre seis hombres.

Mientras mi madre me explicaba lo sucedido, por la ventana se colaba el sonido adormecedor de la música que los húngaros tenían puesta en su feria como una medida promocional de su espectáculo: era Lucha Villa que cantaba su éxito discográfico “A medias de la noche”.




Ahogado en el dolor que mi madre me había transmitido y buscando un poco de alivio me regresé a la plaza a buscar a mis amigos que ya se divertían en los juegos mecánicos. Al llegar, la canción de Lucha Villa seguía interminable en el tocadiscos de la feria  y no pude consolarme, me regresé a casa a ahogar mis lágrimas de dolor por un primo que no conocía y que solo había visto una noche de verano vestido de blanco,  de pié en la cabecera del catre de mis padres.

Mi madre y “La Niña” volvieron cuatro días después de Navojoa y, después de reponerse de la fatiga del viaje, mi madre me contó la reseña de aquellos días de dolor y sufrimiento.

Me contó que al llegar al medio día a la estación de camiones en Navojoa, no encontró un taxi que las llevara a casa de mi tía Lola y cargando su maleta y llevando a la niña de cinco años tomada de la mano, tomó la calle Guerrero rumbo al poniente, siguiendo las instrucciones que un empleado de la estación le dio al pedirle referencia del domicilio de su hermana que llevaba anotado en un trozo de papel estraza. 

Lo terrible de eso no fue la caminata – me dijo, reviviendo su dolor- sino que detrás de ellas y como si fuera a propósito, iba un carro de perifoneo del periódico local, pregonando  a los cuatro vientos con  sus bocinas,  la trágica noticia de la muerte de un jovencito en las traicioneras aguas de la alberca municipal.

Al llegar al domicilio de su hermana se encontró con un cuadro desgarrador, mi tía Lola estaba deshecha de dolor, mis primas mayores lloraban sin consuelo y nadie, ninguna autoridad había podido dar hasta entonces una explicación de cómo era que Jorge, que se había bañado toda la tarde en la alberca con sus amigos, según los testigos, y nadie lo había visto quedarse solo allí, incluso el velador de las instalaciones,  declaró no haber visto a nadie bañándose al caer la noche. Mi madre apuntó que todo se inclinaba hacia un asesinato.

Los funerales fueron un océano de dolor y llanto y mi madre, sin despegarse en ningún momento de la niña de cinco años, quien sin entender lo que pasaba, sufría más por las incomodidades del evento y la expectación de ver aquel mundo desconocido hasta entonces para ella.

Jamás se supo el porqué de la muerte de Jorge en el fondo de la alberca y estoy seguro que mi madre nunca pudo superar la muerte de su sobrino, como yo tampoco he podido superarla desde entonces y que al ver a alguien planchar cuando está cayendo el sol o escuchar la canción “A medias de la noche” con Lucha Villa, me recuerden a la muerte y me ahogue la  tristeza y,  para superarlas, no me queda otro remedio que pedirle a Jorge que me ayude a abandonarlas. 




*Ignacio Lagarda Lagarda. Geólogo, maestro en ingeniería y en administración púbica. Historiador y escritor aficionado, ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia.


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