Ludibria: Si pudiera exorcizarme de tu nombre

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Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La Chicharra1 – Curioso es hablar acerca de exorcismo en estos tiempos donde películas como “El exorcista” dan risa en vez de miedo. Pero no falta quien aún crea en la posibilidad de las posesiones satánicas, es decir, en la posibilidad de que Satanás se apodere del alma, cuerpo y voluntad de algún ser incauto, humano o no; ya se ha hablado incluso de casos como el de los muñecos satánicos como “Chucky”, o como el del pastel parlanchín que escupió, maldijo y acuchilló al pequeño cumpleañero que intentó partirlo.

Tanto en el acto de la posesión como en el acto del exorcismo, juega un papel decisivo el nombre. Sí, el nombre, el cual es sinónimo de poder mágico o espiritual. De manera que hay personas que rehuyen a leer o escuchar, no se diga ya a pronunciar, nombres tales como: Lucifer, Satanás, Belzebub… y de igual forma, personas que ante la menor provocación bendicen, exaltan y cantan el nombre de Dios, Jesús, Cristo, María, San Judas abogado de las causas difíciles y desesperadas, San Miguel Arcángel santito qué haces ahí tan quietecito, ¡ay San Andrés de los Cuatrocientas Manos cuántas esperan de ti un solo favorcito!

“Hay un nombre que está sobre todo nombre”, equivale a decir “hay un poder que está sobre todo poder”. ¿Cuál es ese poder? ¿Acaso ese nombre tatuado sobre mi corazón? ¿El poder que ya me olvida a pesar de tanto juramento? Quizás.

Si desde la antigüedad se ha identificado nombre con poder, es debido a que también se ha identificado la cosa nombrada con el nombre, con los sonidos o grafías que forman el nombre en cuestión. De esta manera, los antiguos judíos en el destierro entre los impuros babilónicos, no pronunciaban ninguno de los nombres de Dios para evitar que estos los profanaran con sus impíos labios paganos; por ello hacían un silencio cuando en la lectura pública de la sagrada escritura aparecía escrito el Nombre. Conducta curiosa, pues más grave profanación a la divinidad cometen con su usura y maledicencia: robar a la viudas bajo pretexto de que es ofrenda para el altar.

Lo anterior tiene su correlato en aquella frecuente actitud supersticiosa: Si alguien teme mucho que le ocurra algo, qué sé yo:  enfermarse de cáncer, ser engañado por su esposa “zorra hermosa”, ser recortado en su trabajo o mordido por su perro,… digo, si alguien se obsesiona en el temor de la posibilidad de tales nefastos acontecimientos, a fuerza de invocarlos con sus temores acabarán ocurriendo. Redundando, si usted se obsesiona en el temor de que se le aparezca algún odiado difunto, éste no tardará en jalarle las cobijas en alguna noche invernal para que usted muera de pulmonía. Esto en una especie de voluntarismo inverso: así como al desear algo ardientemente ese algo se consigue,  así al temer un infortunio específico lo invocas y ocurre. Mire usted nada más qué interesante: “No uses condón: nomás no invoques con tus temores a la gonorrea ni al SIDA, y no pasa nada. En serio, ni pasa nada, mijito.”




2 – Pudiera decirse que cada quien vive en dos mundos. Primero, en el de los hechos que conoce por experiencia directa. Segundo, en el de los hechos que conoce a través de la experiencia de los demás: amigos, parientes, conocidos, radio, libros, televisión, etc. El primero es un mundo extraordinariamente reducido, consistente únicamente en el conjunto de cosas que hemos visto, sentido u oído, en el fluir de los hechos cotidianos de nuestro reducido círculo de movimiento. Este mundo de experiencia personal no incluiría a Ures, el Puente Trébol, Nogales, Estación Zamora o la Ciudad de México si no hubiéramos estado ahí. Si nos preguntamos qué es lo que directamente conocemos veremos que es realmente muy poco.

La mayor parte de lo que sabemos, a través de los padres, amigos, escuelas, periódicos, libros, conversaciones, discursos y televisión, lo hemos adquirido verbalmente. Todo nuestro conocimiento de la historia, por ejemplo, nos llega principalmente por palabras. La prueba fundamental que tenemos de la Creación del Mundo son los informes recibidos acerca de ella. Estos se basan en testimonios de testimonios de testimonios de testimonios, que se remontan al testimonio de quienes vieron directamente lo que pasó.

Este mundo conocido a través de experiencias de otros podría ser llamado “mundo verbal”, para ser distinguido del que conocemos o somos capaces de conocer por nosotros mismos, al que pudiéramos llamar “mundo extensional”. El ser humano comienza  a conocer el mundo extensional como cualquier otra criatura, desde la infancia. Pero a diferencia de las demás criaturas, en cuanto aprende a entender, recibe informes de informes de informes, y testimonios de testimonios de testimonios. Recibe además deducciones de ellos, , deducciones de esas deducciones, etc. Claro, siendo así resulta que la inmensa mayoría de nuestros conocimientos son de tercera, cuarta o quinta mano, cuando bien nos va.

De tal forma, todo ese inmenso alud de conocimientos del mundo verbal, los vamos procesando a través de los nombres, formando especies de “mapas” o representaciones mentales que corresponden más o menos con el mundo “extramental”. Si un niño crece envuelto en fantasías avasalladoras, es decir, con mapas mentales totalmente desligados del mundo “real”, lo más probable es que se vuelva un psicópata. O cuando menos, que ese mapa falso –dicho de otro modo: lleno de supersticiones y prejuicios infundados– lo lleve a tropiezos, caminos en círculo, abismos insalvables, esfuerzos infructuosos, en la ya de por sí difícil vida.

Muchas de las idioteces en que incurrimos por mapas mal trazados en nuestra mente son tan comunes y cotidianas, que ya ni nos damos cuenta. Hay quien se cuelgue un cuarzo rosa del cuello para tener suerte en el amor, mientras que otros más ortodoxos prefieren los escapularios. No falta quien se proteja de las envidias con tal o cual yerbajo, o que se haga una limpia con el brujo de Catemaco.  Algunos traen en el bolsillo un trozo de madera para tocarlo cada que les viene a la mente algo que temen les pase. Muchos planean su día e incluso su vida basados en las predicciones astrológicas, frecuentemente trazadas por ebrios consuetudinarios o mitómanos incurables. Habrá quien tome tlanchalagua y soda dietética después de los riquísimos tacos de chicharrón, tripitas y carne asada, siendo que lo único que funciona es la dieta de la luna, dicen algunos. Otros no quieren ocupar el piso 13 de un hotel, lo cual ha sido causa de que hasta los hoteles más suntuosos de capitales populosas de nuestra cultura científica no tengan piso “13”. Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor…

 

3 – John McNaboe, senador por Nueva York, en mayo de 1937 se opuso enérgicamente a un proyecto de ley para controlar la sífilis porque “podría mancillarse la inocencia de los niños si se extendiese el uso de esta palabra… que produce escalofríos a toda buena mujer y a todo hombre decente”. Volvemos a lo mismo, a adjudicar al lenguaje un poder que no tiene, a volver mágicos a los nombres. Además, la inocencia no es cuestión de ignorar al mal como si este no existiera, antes bien, dicha ignorancia equivale a complicidad, negligencia culpable, ¿si no te cuidas quién te cuida? Y si seguimos la misma lógica, ¿los doctores y las enfermeras que atienden la sífilis son más indecentes que los que atienden anginas o almorranas? Y en todo caso, la decencia de qué te cura, o en última instancia, hablar de decencia es más arbitrario que hablar del Espíritu Santo.




*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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