Ludibria: Modernidad y democracia

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Por Ramón I. Martínez
Ramón I. Martínez. La ChicharraSe cumplieron 228 años de la Revolución francesa. Un 14 de julio de 1789, en París la turba enardecida se lanza a tomar La Bastilla, edificación que en esos tiempos del rey Luis XIV ya estaba desocupada y era un símbolo: había tenido el nada honroso uso de reclusorio para los presos políticos, personas que incluso por la más nimia muestra de desacuerdo con el régimen de gobierno, iban a dar a las asquerosas celdas del oprobio y la oscura suciedad.

Este acto de sublevación popular que el pasado viernes fue conmemorado se reviste, por ello, de múltiples significaciones, entre otras, la de ser un ataque directo contra la carencia de libertades: políticas, sobre todo. También viene a significar el inicio de una nueva era en la historia de la humanidad: la Edad Moderna, en la cual aún transcurrimos.

Hay quien dice que vivimos no en la modernidad, sino en la posmodernidad. Pero este último término no es sino un esnobismo para decir que somos muy pero muy modernos o que ya hemos rebasado la modernidad, lo cual no deja de ser una falsa pretensión. En cualquiera de las dos acepciones, el término en cuestión no es sino una referencia al término que se pretende eludir: modernidad. Al negar la creencia, se le afirma.

Siguiendo la idea que Octavio Paz desarrolla en La otra voz, pudiera afirmarse que todo lo que ha sido la Edad Moderna es producto de la crítica, entendida ésta como un método de investigación, creación y acción: los conceptos e ideas cardinales de la Edad Moderna —progreso, evolución, revolución, libertad, democracia, ciencia, técnica— nacieron de la crítica. En el siglo XVIII, la razón hizo la crítica del mundo y de sí misma. La razón renuncia a las construcciones grandiosas que la identificaban con el Bien y la Verdad; dejó de ser la Casa de la Idea y se convirtió en un camino: fue un método de exploración, uno entre otros más. Y la razón crítica viene a encarnar en la historia: la Revolución de Independencia de los Estados Unidos, la Revolución francesa y el movimiento de independencia de los dominios americanos de España y Portugal.




Pero nuestra modernidad es incompleta o, más bien, un híbrido histórico. Es un hecho comentado en multiplicidad de estudios históricos y sociológicos: puesto que fuimos colonizados por las naciones europeas más atrasadas, sometidos a la contrarreforma y otros movimientos antimodernos, solo con la independencia pudimos iniciar la actualización de nuestros países. Desde entonces, hubo olas de modernización.

Hay hechos históricos —constatables, por supuesto— suficientes para afirmar que la modernización de México no ha sido completa. El siglo XIX estuvo marcado por una nación dividida, la cual no terminaba de aceptar el proyecto moderno: a muchos conservadores le parecían aberrantes ideas como el laicismo, la separación iglesia-estado, la democracia y la igualdad; el sector conservador de nuestra patria era tan sectarista como su contraparte liberal, y merced a ello el primer siglo de vida independiente de la nación estuvo marcado tanto por las guerras civiles como por la ausencia de un verdadero proyecto de nación. Dicho sectarismo premoderno —salvaje, diría algún exagerado— no ha sido superado del todo por nuestra sociedad. Prevalecen a lo largo del siglo veinte los autoritarismos, por definición cerrados al diálogo y al ejercicio crítico del poder, actitud por demás gráficamente representada en aquella frase célebre: “Ni los veo, ni los escucho. Más bien todo lo contrario y no se hagan bolas”. Perviven, asimismo, junto con la utopía de la democracia y la igualdad, la marginación con respecto a la vida política de parte de las mayorías que ocupan esta casa llamada México. Marginación que nos muestra dos facetas: exclusión de la toma de decisiones, pese a nuestro régimen representativo; desatención a las necesidades de las mayorías, como si las élites del poder se dijeran entre sí: “ya habrá tiempo de ocuparse de la microeconomía, por lo pronto urge la macroeconomía (nuestras chequeras incluidas)”. Paliativos asistencialistas no remedian de fondo esta situación de miseria, y sí eluden la verdadera problemática.




*Ramón I. Martínez (Hermosillo, 1971) Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, profesor a nivel bachillerato en el Distrito Federal. Ha publicado Cuerpo breve (IPN-Fundación RAF, 2009). Cursa el doctorado en Humanidades en la UAM-Iztapalapa.


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