José Carlos Becerra: Poeta de la modernidad

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Por Karla Valenzuela
La ciudad se nos viene encima desde siempre, desde antes de los ochentas, del boom del rock en español, de la decadencia del rock and roll de los Tin Tops y de César Costa, en medio de las películas del Santo y Blue Demon, entre Batman y Superman, en la época en que José Carlos Becerra (Villahermosa, Tabasco, 1936) ya era una leyenda.

Y es que, antes del auge de David Huerta, Gerardo Deniz y Eduardo Lizalde, Becerra ya había sido discípulo de Juan José Arreola, admiración de Gabriel Zaid y del mismísimo Octavio Paz y, también, ya había muerto.

El poeta falleció en 1970, víctima de un accidente automovilístico –tal y como mueren los rebeldes (con causa)- en Brindisi, Italia. Iba a su última parada por tierras europeas: a Grecia, y nunca llegó a su destino. Por lo menos no llegó su cuerpo, pero sí llegó su poesía, que parece tener desde el principio un acomodo privilegiado en el rumbo de las letras mexicanas.

Desde su revelación, cuando fue incluido en Poesía en movimiento, México, 1915-1966 (1966), la lectura de sus composiciones no ha dejado de provocar interés y si no se ha convertido en una lectura obligada, ya no digamos en el gusto popular, sino tampoco entre los lectores constantes de poesía, José Carlos Becerra sí ha devenido una figura de culto en más de un iniciado. No sólo eso. Podríamos decir que aunque muchos lectores de poesía apenas saben de él y aunque su obra no es de fácil acceso, por la dificultad que plantea cierto carácter intrincado de su escritura más que de las imágenes de una sintaxis de frases adentro de frases, y aunque el papel de sus poemas en la poesía mexicana no ha sido aclarado de una manera satisfactoria si nos fijamos bien, con cierta frecuencia escuchamos opiniones de aprecio, pero con sesgos diferentes: unos con reservas, otros con entusiasmo, José Carlos Becerra es un poeta fértil, porque ha dejado una descendencia.

Doscientas diez páginas distribuidas en dos libros publicados en vida (Oscura palabra y Relación de los hechos) y cuatro inéditos a su muerte (La Venta, Fiestas de invierno, Cómo  retrasar la aparición de las hormigas y Fotografía junto a un tulipán, éste último escrito en prosa), conforman su literatura reunida en El otoño recorre las islas por Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco, con todo y que hay evidencia de otros tres libros inéditos antes de Oscura… y antes, incluso, de que comenzara a publicar en diversas revistas importantes de México.

A su historia, habría que sumarle su afición por los comics y la radio, su lucha bien sabida en apoyo a la Revolución Cubana, sus estudios de arquitectura y su gusto por la música. A su obra, hay que advertirle lo pomposo de sus construcciones y, a la vez, lo suntuoso y negro de sus poemas, particularidades que señala el mismo Octavio Paz en “Los dedos en la llama”, prólogo a El otoño…

Y a propósito de esto, de su lenguaje y su forma de decir las cosas tan peculiarmente que se ha convertido en la influencia directa no sólo de poetas que publicaron entre los setentas y ochentas, sino también en los poetas de finales del siglo XX y principios del XXI, este trabajo se basará en el análisis de tres poemas distintos entre sí, pero unidos por la voz de este autor que parecía saber que tendría una vida muy corta y lo dijo todo de una vez por todas, como si ya no tuviera tiempo. Acaso será por eso, como en gran cantidad de la poesía en general, que la muerte rodea sus letras casi en todo momento si no de manera directa, sí a través del tono de sofoco que parece provocar en la voz lírica la conciencia de la gran ciudad.

Blues, parte de su primera obra publicada en revistas; “Épica”, que aparece en uno de los libros centrales del autor, Relación de los hechos; y “Batman”, contenido en La venta son los tres textos que se analizarán para este caso en el que se pretende ver cómo José Carlos Becerra marca una pauta para considerarse un incipiente poeta posmoderno y, además, se constituye como una de las influencias esenciales de los poetas actuales.




Versado en el blues

La obra con la que se dio a conocer en el Anuario de poesía mexicana (1961) es “Blues” (publicada en El otoño recorre las islas bajo el apartado “Los muelles”, colección de sus primeras obras), que bajo un tono intimista, un tanto sombrío y con un lenguaje apenas instaurado en la modernidad europea, perfila una reiterada tristeza de la voz lírica, que se ve perseguida por la anáfora sólo para recordar cada vez más el “ritmo” de la soledad.

No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel no en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaba luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.

Y después de esos primeros versos, la anáfora continúa y, además, mediante la metáfora, la voz lírica se vuelve sobre sí misma, sobre la memoria repleta de nostalgia y, así, es posible leer construcciones donde se hace uso de anadiplosis para recalcar el sonido y, sobre todo, el sentido de las ideas, como:

El aire es una mano que está hojeando mi frente
Mi frente, donde la luna es una inscripción,
una voz esculpiendo su olvido.

Entonces, el blues (palabra que hace referencia a los “blue devils”, que indican a los ángeles caídos, depresión y tristeza, por eso generalmente se le asocia a un estado de ánimo depresivo), se hace cada vez más fehaciente a medida que transcurre el tiempo del poema.

El olvido, el abandono, la memoria, la referencia al proceso escritural como transformación de la soledad, como catarsis de la melancolía, son motivos centrales, transformando el texto en un lugar mítico, sólo para terminar con esta última combinación de versos, catapulta de la tristeza eternamente:

Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.

Con una incipiente circularidad, el poema termina sencillo, haciendo alusión con estructura y contenido, al infinito universo caótico que propicia la soledad.




El héroe citadino

Si éste fue el comienzo de sus letras publicadas apenas porque su ojo crítico de sí mismo así lo permitió, con “Épica”, publicado en su libro Relación de los hechos (1964-67) hace constar cierta evolución en su manera de estructurar los textos.

Era evidente que desde “Blues” el espacio de su poesía es predominantemente citadino, pero en esta segunda obra a analizar, la ciudad está en cualquiera de los puntos cardinales de la estructura textual:

Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.

La ciudad como personaje del universo lírico, como texto de la cultura que rodea todos los textos de José Carlos Becerra, y tal y como lo entendiera el postestructuralismo, el verso que se convierte en un texto abierto, capaz de recibir todas las connotaciones posibles y de apropiarse de nuevos contextos, es el motor de este poema.

Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.

 En el texto, la voz lírica instala de manera implícita al peta como el héroe citadino, aquel que ha visto derrumbarse y construirse una nueva ciudad, un nuevo pueblo donde los código son otros, pero persisten las ideas, la reflexión del hombre, más allá de las construcciones cosmopolitas.

Es quizás en poemas como éste donde es primordial pensar la literatura de Becerra como producto de una estética de la modernidad europea que para aquellos años hacía de las suyas y recomponía el arte de mediados de siglo. Incluso, hay críticos que aseguran que el autor es una de las figuras centrales de la modernidad hispanoamericana que otros poetas retomarían en una especie de escritura de apariencia sencilla, que toma (tal cual moderno) la razón como norma y la forma novedosamente barroca como parte de su obra.

Para enfatizar la presencia de la razón a cada instante, la voz lírica recurre a la enumeración caótica como recurso estilístico y, a través de ella, construye formalmente la nueva ciudad, ésa que se le viene encima, que desde el principio de su proceso escritural se verá como una obsesión:

Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.

Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.

Es precisamente en este replanteamiento de la modernidad, de la reconstrucción de esa modernidad, donde radica el esbozo de una incipiente posmodernidad que si bien en cierto él no proclama, sí la proclaman los autores posteriores a él, “descendientes” autorales de Becerra. Y luego, tras esta enumeración de una voz lírica intimista, casi delirante, sobresale:

Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros,
mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad.
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.

Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.

Con un lenguaje más estilizado y hasta “clásico”, se acerca a los cimientos de esa ciudad recién construida en el mundo contemporáneo y retorna otra vez al caos y a la oscuridad que siempre se percibe en su poesía. La voz lírica se vuelve, entonces, ese héroe que resurge de entre los muertos de su nostalgia.




Poeta murciélago

En La Venta (1969), sobresalen los textos que para Octavio Paz son los mejores poemas de Becerra. Uno de ellos, y el que compete para este ensayo es “Batman”.

En esas composiciones, el carácter nostálgico y juvenil de su poesía encuentra al fin su objeto, su verdadero tema. No el ‘verde paraíso’ de la infancia, no el trópico y sus prestigios contradictorios (iguanas, ceibas, mayas, olmecas), no la poesía ‘engagée’, sino lo cotidiano maravilloso: la ciudad, su ciudad.

A través de “Batman”, José Carlos Becerra marca su sentido de ciudad y de la vida, su sentido de este nuevo universo mediatizado que, ése sí, se le viene encima, y pone en evidencia no sólo su realidad concreta, sino también la realidad que imagina, que percibe por medio de los otros textos de la sociedad que perviven junto con él en una sociedad ya por demás –y ni qué hacer- enajenada.

Recomenzando siempre el mismo discurso, el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para distraer al silencio;
la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por todos.
Aguardando siempre la misma señal,
el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.
(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto…)”

Por medio de de la representación de una realidad un tanto “simbólica” alienada por uno de los íconos de ayer y de siempre, la voz lírica traslada al oscuro héroe de un cómic, hasta la soledad de una habitación y, entonces, todo el espacio se transforma en una Ciudad Gótica donde por doquiera que uno vea los versos encontrará “señales”, ora de admiración, ora de parodia, ora de la puesta en escena específica de una sociedad que se mueve ya a través de nuevos códigos culturales.

“En la medida en que el individuo quiera conservarse frente a otros individuos, en un estado natural de las cosas, tendrá que utilizar el intelecto, casi siempre, tan sólo para la ficción. Pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por aburrimiento, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz, y conforme a éste, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum ómnium contra omnes”, dice Nietzsche, y en esa conservación básica se basa, a mi manera de ver,  parte del planteamiento de la voz lírica en “Batman”, que no es otra cosa que un instrumento poético para ratificarse como individuo dentro de esta nueva ciudad, de este nuevo entorno en el que, queriéndolo o no, se encuentra inmerso.

Quiero decir
el gran experimento.
buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla faltante,
y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos
porque las luces eternamente se apagan de pronto, mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese corto circuito,
de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que llamamos

[el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.

El yo lírico se hace presente con la fe que otorga la religiosidad y, al mismo tiempo, con la infinita fe que también puede darle la ciencia. Se desdobla, se divide, tal cual Batman, entre la luz y la penumbra, siempre pendiente de dar “señales” de significados, de interpretaciones al lector.

Porque, hay que decirlo, en este texto, se puede reconocer cierta conciencia de que habrá un lector, de que habrá algún receptor a quien también se configura dentro del poema.

Y entretanto miras tu capa,
contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados sobre
    [ la silla, hechos especialmente para ti,
para cuando la luz de ese gran reflector pidiendo tu ayuda, aparezca en el cielo
    [ nocturno,
solicitando tu presencia salvadora en el sitio del amor o en el sitio del crimen. Solicitando tu alimentación triunfante, tus aportaciones al progreso,
requiriendo tu rostro amaestrado por el esfuerzo de parecerse a
alguien
que acaso fuiste tú mismo
o ese pequeño dios, levemente maniático,
que se orina en alguna parte cuando tú te contemplas en el espejo.

Miras por la ventana
y esperas…
La noche enrojecida asciende por encima de los edificios tras-
    [pasando su propio resplandor rojizo,
dejando atrás las calles y las ventanas todavía encendidas,
dejando atrás los rostros de las muchachas que te gustaron,
dejando atrás la música de un radio encendido en algún sitio
    [y lo que sentías cuando escuchabas la música de un radio encendido en algún sitio.

La radio, la escenificación del héroe oscuro, la implementación del mundo del cómic a una realidad contemporánea, de una ciudad moderna pueden servir de argumento para afirmar que el texto es una parodia de la vida misma, una parodia de la realidad moderna y, a la vez, es simplemente la representación inmediata de la historia de un ciudad naciente en lo entre la moda, entre la rapidez, entre lo superficial que puede ser la recién conocida para los años sesentas, cultura pop.

Pero no, todavía no,
nadie camina por el pasillo hacia tu puerta, nadie tropieza con
    [una silla dentro de ti,
y allí están doblados tu traje de héroe y tus sentimientos de héroe,
listos para cuando entres en acción.
¿Pero por qué no han encendido ese gran reflector?
¿Es sólo el ascenso de la noche lo que deja sus cascarones rotos en el aire?
¿Qué criatura de la oscuridad picotea para que el aire tome forma
    [de cascarón roto, de peldaño dejado atrás?
¿Qué es aquello que detiene de súbito tus paseos por la habitación mientras
    [te dices “Acaso deba esperar otro rato”?

El uso de la anáfora, de la aliteración, de la enumeración constante, es el recurso que se percibe en el texto para reafirmar la idea de delirio, de ficción, pues, dentro de una realidad de la que ya es imposible zafarse. El discurso de Becerra se vuelve cada vez más obsesivo, cada vez más se adopta un lenguaje que parece regodearse en el mismo, en  un tiempo espacio que el lector puede saber como real, pero también lo entiende como mítico: la ciudad.

¿Y ahora,
qué es lo que sientes que se aleja,
como alguien corriendo descalzo por la playa, entre la niebla que la luz va a ocupar?
¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía distinguirse
la señal de un reflector encendido?

Paseos alrededor de una silla donde está un extraño traje doblado,
monólogo alrededor de una silla donde está un simulacro en forma de traje doblado,
mientras el amanecer se deja llevar por su propia marea ascendente,
    [y por el ruido de las barredoras mecánicas y de los primeros camiones urbanos
que aparecen por las calles desiertas.

Y, finalmente, con el amanecer, la voz lírica despierta de su encuentro con el héroe y, entonces sí, el tiempo mítico ha terminado. El día llegó junto a la realidad concreta, junto as camiones urbanos, junto a “mareas de gente”.




Hasta que la posmodernidad nos alcance

Pese a las reconstrucciones de la vida moderna que le tocó vivir, la posmodernidad no alcanza al autor. Becerra es un poeta más perteneciente a la modernidad simbólica que a la posmodernidad absoluta, pero tras su poesía, por lo menos en México, el impulso de posmoderno que va en contra de lo individual, de lo racionalista y de cualquier asomo de compromiso social.

El paso por estos tres poemas pertenecientes a tres momentos muy distintos entre sí de la obra de Becerra, permiten conocerlo y reconocerlo como eslabón importante en la literatura escrita en español.

Me había propuesto hablar de él para reivindicarlo, para dejar su huella en las aulas de enseñanza de la literatura; ahora me doy cuenta que no necesita reivindicarse. José Carlos es ya un ícono de nuestra cultura y parte esencial tanto dentro de la academia, como dentro de lo popular.

Becerra no es posmoderno, es cierto, es acaso moderno, nunca posmoderno, pero en él comienza la posmodernidad entendida, por ejemplo, por autores como Ricardo Castillo, que poco a poco se abre brecha en el árido camino de los que escribimos poesía en esta tierra donde también a veces la ciudad se nos viene encima.




*Karla Valenzuela es escritora y periodista. Es Licenciada en Letras Hispánicas y se ha especializado en Literatura Hispanoamericana. Actualmente, se dedica también a proyectos publicitarios.


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